Hablar de Javier Vásconez (Quito, 1946) —no solo en nuestro país sino a escala internacional— es mencionar a uno de nuestros escritores vivos más importantes. Su obra ha sido ampliamente editada en otros países de habla hispana y sus textos, cuentos y novelas, han sido traducidos a varias lenguas como el yiddish, japonés, inglés y turco.
Pero Javier Vásconez no solo se ha destacado como escritor, sino también como editor —pulcro, exigente y casi maniático, para quienes lo conocemos en los ámbitos profesional y personal—, y como un lector riguroso, un hombre que puede recomendarle a cada quien una lectura justa, desde los clásicos hasta lo más vanguardista o recién salido de la imprenta. A Javier le atraen las novedades, además de la lectura de sus favoritos, y procura mantenerse al tanto de lo que ocurre en el panorama editorial mundial. Cuando encuentra a un escritor que le interesa, lo sigue hasta leer todo lo que de este provenga.
Por todos estos méritos, este año Vásconez participó como jurado en el Premio Rómulo Gallegos, con sede en Venezuela, uno de los más importantes de la literatura en nuestro idioma, galardón al que han accedido escritores como Mario Vargas Llosa (quien ganó la primera edición del premio), Gabriel García Márquez (con Cien años de soledad), Carlos Fuentes, Javier Marías y Roberto Bolaño, Elena Poniatowska, Mempo Giardinelli y Fernando Vallejo, entre otros. De hecho, Vásconez fue finalista del Premio dos veces, en 2001 y 2011, con sus novelas La sombra del apostador y Jardín Capelo.
Después de 4 meses de lectura ardua —llegaron 162 novelas a las manos de los jurados, de toda América Latina y España— un ganador fue proclamado por los tres jurados: el colombiano Pablo Montoya, con su novela Tríptico de la infamia.
Iniciamos este diálogo con el escritor Javier Vásconez para indagar sobre el proceso de selección de las obras y para conocer, según su perspectiva, el estado actual de la novela latinoamericana.
¿Cómo fue el mecanismo de conversación entre los jurados? ¿Estuvieron en contacto antes de llegar a Caracas?
Como sabes, somos tres jurados: Mariana Suárez, crítica venezolana; Eduardo Rodríguez, el escritor que ganó el Premio Rómulo Gallegos el año anterior, y yo.
Con Mariana estuve en contacto desde el principio, aunque intermitentemente, pues ella estaba muy ocupada, y con Eduardo Rodríguez (quien estaba en una etapa de viajes, me dijo que lograba leer en aeropuertos, hoteles y aviones) también me comunicaba por correo electrónico. Cada vez que leíamos unos cinco o seis libros, nos enviábamos algo así como un informe, un comentario de dos líneas de cada libro.
Cuando llegamos a Venezuela, ya teníamos una idea más que aproximada de cuáles eran los libros que podían considerarse como finalistas. Los teníamos en la cabeza para cuando hicimos la primera lista.
¿En esas conversaciones previas había aparecido Montoya ya como un candidato?
Sí, ya había aparecido, pero no fui yo quien lo descubrió. Fue Eduardo Rodríguez quien me dijo que estaba leyendo una excelente novela. A los pocos días, Mariana me escribió que estaba entusiasmada con ese mismo libro. Yo terminé la obra que estaba leyendo en ese tiempo, una novela extensísima, Las cenizas del cóndor (basada en el plan político del mismo nombre), del periodista uruguayo Fernando Buttazzoni, y comencé con la lectura de la novela de Pablo Montoya.
Yo descubrí el libro de Cortés y de él di aviso a los otros jurados. Con el libro de Piedad Bonnet me pasó algo: a pesar de que fue bastante comentado y leído aquí en Quito el año pasado, yo no lo había leído, y cuando lo hice, me conmovió y me perturbó muchísimo; se lo comuniqué a los otros jurados y ellos me contaron que ya lo habían leído antes del concurso. Más o menos lo mismo me pasó con La oculta, de Abad Faciolince, que comencé a leerlo cuando aquí empezaba a ser comentado.
¿Cómo se dio el proceso de selección después de las listas previas que llevaron los jurados al certamen?
Cada uno nos habíamos enviado una lista previa, general, que no tuvo mayor trascendencia, en realidad, al final. Ya instalados en la biblioteca del Rómulo Gallegos, hicimos una lista grande, entre todos, la primera en la que entraron unos 30 o 35 libros. Ahí descartamos a muchos que nunca iban a ganar. Después hicimos una segunda lista que se aproximaba a la definitiva, en la que, en una primera instancia, estuvo como único ecuatoriano Juan Pablo Castro, con su novela Los pasos perdidos; fue el único ecuatoriano mencionado durante el proceso de selección. Luego hicimos la lista de los finalistas y de ahí salió el ganador.
¿Por qué eligieron como ganador a Pablo Montoya? ¿Cuáles son las virtudes de su novela?
La decisión de Pablo Montoya como ganador fue unánime. Si bien este libro estuvo en mi lista de novelas finalistas, sin embargo mi novela preferida era la de Carlos Cortés, Larga noche hacia mi madre.
Los dos libros son excelentes. Pero al final nos inclinamos por la novela de Montoya. Su autor es un escritor joven, secreto, muy trabajador, que vive en Medellín. La novela trata de la historia del Caribe, contada por tres pintores protestantes, una historia muy compleja y renovadora.
Lo interesante en este concurso en realidad fue la avalancha de participantes colombianos. Como puedes haber advertido, salieron como finalistas colombianos La oculta, de Héctor Abad Faciolince; Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonet; Tierra Quemada, de Óscar Collazos; de Costa Rica, Larga noche hacia mi madre, de Carlos Cortés; de México, Amor, cuídame de ti, de Dante Medina (muy buena novela); de Chile, Fuerzas especiales, de Diamela Eltit.
Si tuviera que hacer una localización en el continente, ¿dónde cree que estuvo la fuerza de escritura en esta edición del premio?
Bueno, la presencia colombiana fue avasalladora, por su variedad temática. Había novelas de todo tipo, policiacas, históricas, novelas sicológicas, novelas negras, otras que se aproximan a la crónica, y también novelas intimistas... En fin, un despliegue notable de escritores colombianos con obras de muy buena calidad.
Luego hubo algunos españoles, unos veinte más o menos, y en algún momento dado quise incorporar a un par como candidatos, pero no prosperó la propuesta. Hubo también una buena participación de chilenos. Lo que me sorprendió fue la pobreza de los participantes argentinos. Ecuatorianos había siete.
¿Qué tipo de temáticas encontraron los jurados en esta muestra de escritores hispanoparlantes?
Definitivamente, la novela latinoamericana está instalada en la ciudad. Es una novela urbana, salvo el caso de La oculta, de Héctor Abad Faciolince. Es una novela especial, pues toda la trama está relacionada con una vieja finca, de esas a las que estamos acostumbrados en América Latina —es como una síntesis de Colombia, de todo el continente, en realidad—, y así se da la historia de una familia de origen judío que habita esta quinta, además de los personajes que por ella pasan, paramilitares, narcotraficantes, etc.
Salvo esta novela, el conjunto de los otros textos conforma una literatura urbana, cuyos temas están centrados en asuntos de pareja, violencia familiar, es más, descomposición familiar; hay mucha influencia de la novela negra, del periodismo... Hay algunos buenos thrillers políticos también. Y lo que pude notar es que hay una fuerte dosis de violencia en estas obras, que muestra la violencia de Latinoamérica.
Esto es lo que pude percibir de manera general. Mira que de 162 novelas es difícil sintetizar.
En cuanto al manejo del lenguaje, ¿qué otras obras sobresalieron aparte de la ganadora?
La de Carlos Cortés (me llamó la atención por su exigencia lingüística), la de Piedad Bonnet, una de José Ovejero, otra de un escritor español, de Olmos.
Pero hay que decir que hay una tendencia a un estilo funcional, bastante instrumental del lenguaje. Son novelas bien escritas. En América Latina ya se escribe bien, se escribe con fluidez, pero no diría que hay estilos que se caractericen por algo muy personal o peculiar. Son más bien estilos bastante instrumentales, con el uso de la lengua más cercano a la crónica, al periodismo. No veo mayor elaboración en el terreno de la sintaxis, de la adjetivación, salvo en estas que acabo de mencionar y en algunas otras que no alcanzo a recordar.
Con respecto al libro de Piedad Bonnet, que ha tenido buena crítica y que Ud. mencionó ya un par de veces, ¿por qué no fue elegido?
No prosperó demasiado este libro, porque no es realmente una novela. Está más cerca de las memorias. En este, ella, con extraordinario talento y gran delicadeza, toca un tema complejo como el suicidio de un hijo, y lo hace sin sentimentalismos y sin caer en los errores que podrían esperarse en estos casos. A ese nivel, es un excelente libro. Es muy interesante cómo están tratados los temas —la soledad, la depresión en todos los miembros de la familia— en esta obra. Es un libro pionero en este sentido.
¿Y el de Cortés?
El libro de Carlos Cortés también entra en el terreno del intimismo, más que de la novela histórica o negra. Es un libro duro, complejo, intenso, arriesgado en muchos aspectos y que fluye de una manera vertiginosa, con un tema intocable, una institución, en nuestro continente: la madre —como la virgen—. Es una apuesta valiente.
Pero de alguna manera, esta obra de Cortés se coloca en un extremo opuesto a la novela ganadora, que es más tradicional, histórica, con un manejo exquisito y bien trabajado de la escritura. Sé que el autor investigó mucho para escribir la novela.
Te podría decir que en América Latina todavía hay mucho peso con lo que respecta a la novela histórica, desde Alejo Carpentier y otros escritores, frente a la propuesta de la novela intimista.
Más allá de la calidad de los textos, ¿hay algo que recalcar acerca de las ediciones? ¿De las editoriales independientes?
Bueno, al premio se puede enviar libros de cualquier editorial. Y también llegaron algunos manuscritos publicados de forma digital anteriormente. Había de todo.
Casualmente, las novelas finalistas están pubicadas en sellos grandes como Penguin Random House, en el caso de Montoya; Alfaguara, en el caso de Piedad Bonnet, Carlos Cortés y Héctor Abad Faciolince; Mondadori, en el caso de Óscar Collazos; Diamela Eltit está en Planeta. La novela de Dante Medina, otro finalista, sin embargo, está publicada en una editorial pequeña de México.
Muchísimas editoriales pequeñas —mexicanas, chilenas, algunas españolas y argentinas— enviaron sus libros.
Los escritores ecuatorianos que participaron en su mayoría han publicado en Alfaguara: Juan Pablo Castro, Óscar Vela, Francisco Proaño Arandi, Carlos Arcos. Miguel Antonio Chávez publicó en Penguin Random House, y Marcelo Lalama en Editorial Eskeletra.
¿Algún libro que merezca mención aparte de los finalistas? ¿Alguno que lo haya divertido especialmente?
Habré leído en 4 meses 162 novelas, a veces me levantaba a las cinco de la mañana a leer —y aunque algunos crean que no se leen los libros en los concursos, yo me tomé muy en serio este papel de jurado, pues considero que el Rómulo Gallegos es el único gran premio literario en lengua española; hay otros premios que son más comerciales, pero en este caso, es un premio estrictamente literario, pues no hubo ningún tipo de influencia en el veredicto—, así que al final terminé embotado.
Había, sin embargo, libros que seguramente fueron enviados con la certeza de que no iban a ganar, pues eran cortos, eran más relatos largos que novelas en sí mismos, pero había de estos algunos muy bonitos.
Ha dicho que este tren de lectura fue agotador. En esa época, usted recibió algunas sugerencias del editor que probablemente va a publicar su nueva novela, Hoteles del silencio, ya finalizada en meses anteriores. ¿Cómo logró conjugar el trabajo exhaustivo de lecturas y el de corrección de su propio trabajo?
En realidad, mi trabajo de corrección fue muy específico, no había grandes cambios de fondo en Hoteles del silencio —no más que los indicados por el editor—. Lo que sí hice fue releer rigurosamente la novela. Eso lo hacía muy temprano en la mañana.
¿Estableció una rutina de lectura, un método para leer y clasificar los libros?
Como te consta, salí poco. Pero fue muy interesante por el ejercicio, pues pude percatarme del panorama de lo que se está escribiendo en América Latina. Si bien no participaron todos los países, se puede sentir una temperatura.
¿Hubo un rango de edad de los participantes?
No. Había escritores desde muy jóvenes hasta de 60 y tantos años. Recuerdo a un par de españoles jovencísimos, y los de Ecuador en su mayoría jóvenes, en realidad.