El Telégrafo
Ecuador / Jueves, 28 de Agosto de 2025

Hacer algo que no se sabe exactamente qué es ni cómo se desarrolla, y peor aún, cómo va a terminar ha sido el trabajo del peruano Javier Corcuera, quien ha dedicado su vida al cine documental. “Cuando uno lo hace, no queda claro de lo que está hablando con la gente, con el productor o con el guionista”, musita resignado Corcuera, quien estuvo en Quito hace una semana dictando el taller El proceso de creación de una película documental, en el marco de la XIII edición del Festival Encuentros del Otro Cine.

Pero más que desconocer qué es el cine documental, el problema se ubica en un punto mayor: cada uno tiene su propio concepto. Algunos creen que es un reportaje televisivo de largo aliento, otros un trabajo periodístico como los de National Geographic; y hay quienes lo defienden como una obra audiovisual exclusivamente artística. Si bien esta dispersión representa un problema a la hora de encontrar financiamiento con un productor (por citar solo un ejemplo de los inconvenientes que se generan), también permite aproximarnos a ese cine desde diferentes sensibilidades. “No es tan fácil hacer algo que todo el mundo entiende de manera distinta”, dice Corcuera.

A pesar de ello, el director de La espalda del mundo, película que obtuvo el premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cine de San Sebastián y el premio OCIC del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana, plantea una certeza: el documental, necesariamente, se construye con fragmentos de la realidad, es algo que no se le puede quitar, porque si no, sería otra cosa. Pero con esa certeza, también surge una nueva incertidumbre para Corcuera: el método de trabajo de un documental consiste en reconocer que no se sabe cómo va a ser o cómo va a concluir la película. “Cuanto más conoces del filme que realizarás, cuanto más estructurado tienes el guion, cuanto más vislumbras cómo será su final, más te acercas a las formas de trabajo del cine de ficción. Y eso no quiere decir que esté mal, es solo que el documental consiste en probar”.

Quizás, por eso, el terreno donde se mueve el cine documental es más incierto (y complejo, aunque no lo parecería) que el del resto de géneros fílmicos. Es un trabajo que se hace sobre la marcha, en el que la improvisación, muchas veces, pesa más que la planificación, sin desconocer que un buen documental se sostiene en una buena investigación también. Sin embargo, ¿quién financiaría una película que carga tantas vacilaciones? En general, los productores juegan al ganar-ganar y, por lo tanto, demandan el libreto completo de un filme para decidir si apuestan por él o no: quieren conocer el guion, los personajes, las locaciones y el desenlace, y así no funciona el cine documental.

Consciente de esta realidad, Corcuera ha sabido negociar su trabajo. Sabe que el proceso para hacer un documental debe partir de una mentira colectiva. Es la única forma para que el proyecto avance. Desarrollar un documental es fingir que todos conocen la trama.

“Si todos entendieran la manera de hacer un documental no existirían tantos problemas. No tendríamos que hacer ese ejercicio de fingir: el productor finge que la película que tú le entregas escrita será rodada tal y como está planteada en el texto. Luego nada de lo que propusiste pasa, pero todos lo saben y se ponen muy serios, y también tienes que fingir que es verdad esa seriedad”, dice entre bromas el cineasta peruano, y añade: “El paso inmediato para tranquilizar a todos es  la entrega de un guion, ya que así se consiguen ayudas y la gente se calma. Soy un defensor del guion, no porque sirva para tranquilizar, sino porque es una herramienta útil de trabajo”.

 

En medio de toda esta tormenta de contradicciones, Corcuera tuvo suerte. En su camino se cruzó con alguien que sí entendía lo que él hacía. Era el español Elías Querejeta, considerado como uno de los más importantes productores de cine documental y de ficción. Él fue quien produjo la trilogía de Javier Corcuera (La espalda del mundo, Condenados en el corredor, Invierno en Bagdad) y con quien no tuvo que fingir tanto. “Yo he apostado por proyectos, más que por nombres, y he tratado de sacarlos adelante. Para mí, todas son películas. El documental no es un reportaje, sino una película, y debe tener su narrativa y su estructura. El documental requiere el mismo rigor que cualquier ficción”, decía Querejeta, quien falleció en 2013.

 

Investigar vs. Improvisar

Para Javier Corcuera es importante investigar. Ese es su método ideal, y con el que se siente más seguro, a la hora de rodar una película. Así está filmado La espalda del mundo, que narra 3 historias, en diferentes lugares, sobre 3 derechos negados: el derecho a ser niño, a la palabra y a la vida.

Este trabajo fue realizado con motivo del 50º aniversario de la Carta de Derechos Humanos de la ONU y, para ser su primer largometraje, Corcuera es bastante meticuloso y respetuoso con la realidad que está mostrando. Eso se nota en la comodidad que tienen sus personajes cuando están contando su historia. “El proceso de investigación puede ser el más largo y delicado, porque es ahí donde se define la película y se seleccionan a los personajes, y si en algo no te puedes equivocar es en los personajes. Si fallas ahí fallas en todo. En definitiva, la investigación es donde se determina el 99% de la película. A su vez, sucede que de tanto investigar para hacer la película quemas la historia. Preguntas tanto  que terminas haciendo el documental en la investigación, y cuando empiezas a rodar ya no tienes nada que contar, porque todo suena a repetición”.

Pero así como hay películas que se prestan para la investigación, hay otras que están condicionadas a la realidad y que se tienen que ir pensando sobre el camino, como Invierno en Bagdad, que resultó ganadora en la novena edición del Festival de Documental Latino en Los Angeles y que cuenta, en palabras de Corcuera, “las pequeñas historias de resistencia del ciudadano iraquí común, la lucha de la población civil para recuperar la dignidad. Intenté retratar las pequeñas batallas ganadas de esa población, que comenzó a construir su vida después de la tragedia”.

Corcuera no pensó que este documental sería como terminó siendo, pues tuvo que imaginarlo en el poco tiempo que estuvo en Bagdad, además de que ese proyecto se sobrepuso a otro. “Muchas veces las películas se me cruzan por el camino. Estaba haciendo un documental de la música afroperuana, comenzó la guerra en Irak y acabé haciendo Invierno en Bagdad”. En todo caso, todos los caminos conducen al documental.

 

Una frontera delicada: ficción vs realidad

Si hay un elemento fundamental que diferencia al  cine de ficción del documental, a más de no saber en qué mismo va a terminar, es el guion. Para Corcuera nunca se deja escribirlo: se lo hace en la investigación, a la hora de filmar e incluso en el montaje del corte final de la película. En la ficción es diferente: se realiza primero el guion, y ese mismo trabajo va al rodaje y luego al montaje. “Puede variar en algo, pero, por ejemplo, no va a desaparecer el protagonista, que en el documental sí puede hacerlo y convertirse en algo distinto”.

En cuanto a los personajes, la diferencia es clara: el documental trabaja con seres reales, por ello, según Corcuera, todo debe pasar por una relación personal, incluso, de amistad, que es algo que no necesariamente existe en la ficción. “Ahí tú inventas al personaje y escoges un actor para representarlo, y eso pasa a ser una relación contractual, mientras que el protagonista  del  documental hace la película porque es tu amigo, porque tú te has hecho su amigo. Hay un nivel de confianza  absoluta para que dedique dos meses de su vida a rodar contigo, no hay una relación contractual, lo que hay es un interés común de narrar algo. Esto significa que no estoy haciendo una película sobre alguien, sino que estoy haciendo una película con alguien”.

Para un documentalista siempre habrá algo que contar. En las personas ve temas, y en los temas ve películas que vale la pena problematizar. Eso ha hecho Javier Corcuera: presentar una realidad compuesta de historias mínimas que se desarrollan en medio de grandes relatos nacionales,  como la guerra o la búsqueda de la identidad, como lo hace en su última película, Sigo siendo (Kackkaniraqmi), que está inspirada en una frase de José María Arguedas que de alguna manera  también define el trabajo del cineasta peruano: “Existe en el quechua chanka, un término sumamente expresivo y muy común; cuando un individuo quiere expresar que a pesar de todo aún es, que existe todavía, dice: ¡Kachkaniraqmi!”.

El cine de Corcuera es, porque es real.