El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

Las revelaciones hechas por Edward Snowden respecto al programa de vigilancia telefónica y de internet implementado por los organismos de seguridad de los Estados Unidos han reabierto un polémico debate sobre los abusos y excesos que la política y la publicidad pueden hacer de los medios para controlar y direccionar la vida de los ciudadanos.

Más allá de las insospechadas consecuencias ético-políticas que traerá consigo la divulgación de este espionaje estatal y la obvia afección a la vida privada de las personas, hay serios y profundos quebrantamientos de los soportes simbólicos que nutren nuestra comprensión de la socialidad. Un par de apuntes en ese sentido.

La red digital ha penetrado los intersticios más hondos de la psiquis humanaSegún Jürgen Habermas, la esfera privada se constituye como tal cuando se inaugura -con la modernidad- la diferencia entre lo público y lo político. Los requerimientos expansivos del mercado y del control estatal impulsaron la invasión y conquista creciente de las racionalidades sistémicas sobre las esferas de lo público y lo privado. Tan fuerte fue esa expansión que los sujetos para mantener su mismidad tuvieron que refugiarse en la estrecha esfera de lo íntimo. El reducto de la intimidad fue creado por las personas precisamente en su huida desesperada del control del Estado y del mercado.

Con las revelaciones de Snowden se evidencia -algo que sabíamos-: la extrema vulnerabilidad a la que está sometida la ya tenue esfera de la intimidad. Si la radio y la televisión lograron incrustar el mercado y la administración en el mundo de lo íntimo, el internet lo conquistó definitivamente. Si seguimos la metáfora habermasiana diremos que el dormitorio moderno simbolizó el espacio de lo íntimo, pero fueron la radio y la televisión las que franquearon su seguridad para dejar que la laptop, la tablet y el smartphone, ahora, no solo formatearan nuestros supuestos, sino que extrajeran trozos de nuestra intimidad para retroalimentar los sistemas del mercado y la administración estatal, aniquilando con esto toda posibilidad de propiedad. Ya no son solo los troyanos los que nos roban momentos de intimidad, es la misma intimidad, reducida hoy a fragmentos, la que queda para siempre a disposición del poder.

Paradójicamente, lo íntimo, lo que está más adentro según su etimología, ahora se halla en la exterioridad, expuesto a la avidez de quien requiera saberlo y utilizarlo. La red digital ha penetrado los intersticios más hondos de la psiquis humana -el mundo del deseo y las pasiones- para extraer de ahí información esencial que permita el control económico y administrativo de los seres gobernados. Se ha minado, quizá, el último resquicio de la intimidad: la volición y la fantasía. ¿Nos queda aún algo por proteger?