El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

Grandes plumas: Remigio Crespo Toral

Fue uno de los escritores más importantes de la literatura ecuatoriana. Remigio Crespo Toral nació en Cuenca el 4 de agosto de 1860. Estudió en el colegio Seminario San Luis. Él y Honorato Vázquez crearon el periódico El Correo del Azuay. Allí publicó artículos sobre la política y el gobierno de Ignacio de Veintimilla. Fue diputado provincial y rector de la Universidad de Cuenca. Murió el 8 de julio de 1939.

Su vida literaria y pública

→ En 1917 fue nombrado poeta nacional por el manejo de la lengua y de los versos. Él transitó entre el romanticismo y el modernismo. Fue crítico literario y de arte.

→ En 1883 ganó el primer premio Palma de Oro con su composición ‘Últimos pensamientos de Bolívar’, que fue  presentada en Quito al celebrarse el primer centenario del nacimiento del Libertador.

→ El escritor fue miembro de instituciones culturales, como la Academia de la Lengua,  presidente del Centro de Estudios Históricos de Cuenca y socio de las Academias de Historia de Quito y Cuenca.

→ El poeta  fue Director de Estudios del Azuay, Senador y Diputado del Congreso Nacional, Rector de la Universidad de Cuenca y Concejal de Cuenca, e integrante del Tribunal Internacional de La Haya.

→ Con Alfonso Moreno fundó la Fiesta de la Lira, un concurso literario en Cuenca. Murió a los 80 años, en 1939. (I)

Hacia el mar

Es el febril primer anhelo del que ansía el total conocimiento del planeta.

Los hijos de la cordillera, que se dan cuenta de la amplitud del mundo y de la existencia del mar, lo contemplan en el cuadro de la adivinación. En los Andes, cuyo dorso gigantesco se extiende a lo largo del grande océano, sentimos cercana su simpatía seductora y nos parece escuchar, en el silencio de la contemplación, la sinfonía de las olas…

Intensos dolores del alma, en la que la víbora humana derramó ponzoña, envenenaron mis floridos años. La respiración iba tornándose angustiosa y los pulmones, como cuerdas  en tensión, parecían arrancarse. La entraña cordial oscilaba en ritmo desconcertante... ¿Se insinuaba la muerte?...

Se pensó en la cura del clima, como último recurso. La dolencia moral requería el abandono del teatro de íntima tragedia, casi solitaria. Era preciso huir de la casa, de la calle conocida, de la ciudad natal, en demanda de soledad, de aire diáfano y purismo, de olvido, de agua profunda en que pudiera arrojarme de cabeza. Perdoné, pero no pude olvidar: el perdón sin el olvido degenera en tormento, en crucifixión del espíritu...

Remigio Crespo Toral