Un paseo por el Cementerio Patrimonial

27 de noviembre de 2012 - 00:00

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Hay lugares de memoria que permanecen “escondidos” pero están allí, a la vista y para disfrute de todos. Uno de esos lugares que atesoran fragmentos de nuestra historia es el Cementerio General de Guayaquil, declarado “Cementerio Patrimonial” en el año 2003 y actualmente revalorado por los recorridos “patrimoniales” que se organizan bajo el liderazgo del Ministerio Coordinador de Patrimonio, con la colaboración del INPC y la Junta de Beneficencia de Guayaquil, entidad que regenta el camposanto más antiguo de la urbe.

La construcción del Cementerio Católico de Guayaquil se remonta a 1822, luego de la anexión a Colombia, cuando el Cabildo porteño solicita al Libertador Simón Bolívar la construcción de un panteón, por el abarrotamiento de los espacios donde se enterraban a los difuntos, es decir, las iglesias de la ciudad. Bolívar accede al pedido y destina fondos para su ejecución. El cementerio se emplaza en un terreno cercado con estacas que había elegido el Cabildo en 1815, en la franja meridional del Cerro de la Cruz (hoy Cerro del Carmen), muy cerca del nacimiento de un brazo del río Guayas que solía anegarse en invierno cuando sus aguas se mezclaban con el Estero Salado. Quizá por esta razón, la cimentación del sitio duró dos años, de modo que en 1825 ya había 20 nichos construidos.  No obstante, por falta de fondos, la obra se paralizó por cuatro años; pero en 1829 se hizo cargo el Jefe Político, Vicente Ramón Roca, quien proyectó la edificación de una Capilla, donde se celebraban misas los domingos y el día de “fieles difuntos”.

El Cementerio Católico mantuvo durante el siglo XIX una extensión de dos manzanas grandes, destacándose la obra construida del mausoleo más antiguo: el de la familia Icaza Gaínza, en 1856. Con el desarrollo de la economía agroexportadora en la región y el ascenso de una burguesía comercial, los signos de distinción se hicieron presentes en la construcción de grandes mausoleos: Nicolás Morla (1876), Familia Coronel (1877), Ildefonso Coronel (1884), Familia Rendón González (1892), Familia Luque Plata (1893), entre otros.

Con el paso de los años se racionalizó la administración del Cementerio Católico que estuvo a cargo del Municipio de Guayaquil, hasta 1888, cuando lo asumió la Junta de Beneficencia. Una resolución del Concejo Cantonal, en 1868, establecía que el mayordomo del Cementerio debía tener sueldo fijo “para no exponerlo a cometer los excesos que anteriormente se han experimentado, de robarse los vestidos, galones, ataúdes, etcétera de los cadáveres”.

En 1887, un año antes de la creación de la Junta de Beneficencia, se le pidió al científico alemán Teodoro Wolf que elabore un informe sobre el estado del Cementerio Católico. Wolf diseñó un plano y recomendó no vender terrenos del camposanto a particulares, adecuar el área principal para la construcción de mausoleos, extenderse hacia el noroeste siguiendo la curvatura del cerro, adecuar bóvedas detrás de la capilla, mantener cubiertos los osarios comunes y sembrar una avenida de palmas a la entrada del cementerio. En otras palabras, Wolf fue el proyectista del cementerio “moderno”, tal como aún se lo conoce, en la medida en que diseñó una especie de ciudad con sus peculiares “avenidas”, “paseos”, “edificaciones”, “monumentos”.

En la década de 1890  llegó a Guayaquil el escultor italiano Augusto Faggioni, contratado por la Municipalidad para que realice obras artísticas en el panteón. De su autoría son algunos mausoleos recubiertos de mármol, entre los que destaca el de Pedro Carbo. Junto a él, otros italianos destacaron como constructores de mausoleos, como Enrico Pacciani, Pietro Capurro y Emilio Soro. La demanda de este tipo de trabajos revela el gusto por los modelos clásicos, en una época en que los terratenientes y grandes comerciantes guayaquileños viajaban constantemente a Europa.

Pero más allá de la aplicación de cánones clásicos, el Cementerio General o Patrimonial es un libro abierto donde se puede leer, por ejemplo, fragmentos  de la poesía romántica que predominaba a finales del siglo XIX. Pieza destacable es, por ejemplo, el epitafio-poema grabado en el mausoleo de Carmen García de Caamaño (sector de la puerta 3), que le dedicara su esposo: “A la región de Dios en dulce calma,/ tu vuelo encaminaste, esposa mía,/ para obtener la inmarcesible palma/ que tu ejemplar virtud ganado había:/ allá vives feliz, mitad, de mi alma;/ mas yo, que apuro un cáliz de agonía/ y guardo en nuestros hijos un tesoro,/ sin tregua y sin cesar tu ausencia lloro  […] Falleció el 14 de marzo de 1880”.

Otro aspecto importante es el uso de la fotografía que perenniza el recuerdo y simboliza la presencia de la persona más allá de la muerte. En el siglo XIX existía un peculiar “culto” a la imagen mortuoria. El ejemplo más representativo es el conjunto de fotografías que el quiteño Rafael Pérez realizó, el 6 de agosto de 1875, al cuerpo yacente de Gabriel García Moreno, imagen que se difundió como souvenir en formato de postal.  En el Cementerio Patrimonial de Guayaquil también constatamos la presencia de esta práctica, cuando observamos fotografías en tumbas que datan de 1900, donde aparece el rostro del personaje (vivo o muerto), en un conmovedor gesto de amor y esperanza más allá de la muerte.

También son dignos de mencionar los misteriosos sepulcros del cerro que han despertado curiosidad entre muchos, como la “tumba del brujo”, la “tumba de la calavera” y la “tumba del soldado”, donde se tejen historias de nigromancias.

Finalmente, más allá de los consabidos recorridos por las tumbas de los personajes célebres de la historia, las rutas turísticas se enriquecerían si se concibe al cementerio como un microespacio donde se reproducen las dinámicas de estratificación social que imperan en la ciudad de los vivos. Habría que recuperar, entonces, esas “pequeñas historias” de otros actores sociales que también han contribuido a hacer de Guayaquil lo que es hoy, visitando las tumbas o pabellones de las sociedades, gremios, sindicatos y recuperando su memoria, como en el caso de una fosa común ubicada en el cerro donde echaron los cuerpos de muchos trabajadores asesinados el 15 de noviembre de 1922.

Lo mismo podemos decir de aquellas tumbas con leyendas inscritas en otros idiomas, así como los pabellones de extranjeros, como los de la Sociedad Unión Libanesa, Sociedad Italiana Garibaldi, Sociedad Española de Beneficencia y el enigmático “Cementerio de los Judíos”, con sus piedras como ofrendas, en vez de flores, símbolo que recuerda el humano sueño de la eternidad.

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