Rutas y matices de un puerto entretenido

24 de julio de 2011 - 00:00

El merengue retumba en las paredes, en los asientos, en los oídos. La voz de Olga Tañon revienta y se junta con los ritmos de la trompeta. Suena: “muchacho, muchacho, muchacho malo”. La gente está emocionada, más aún cuando el disckjockey interrumpe por unos segundos la música, para decir con voz de locutor: “Esta noche de rumba, está de cumpleaños Sarita. ¡Felicidades!”. Sarita y sus amigas festejan y sus gritos se funden en el ambiente dentro de “Shannys”. 

“Perdóname / yo no te quiero / pues mi corazón es de otra”. Decenas de parejas bailan abrazadas en la pista. Algunos, al percatarse de la presencia de un fotógrafo en la parte superior, esconden sus rostros en el hombro de su pareja, dan rápidamente una vuelta de baile o utilizan su cabello como escudo, como máscara.

24-07-11-ruta2-gye“Déjeme preguntarle a la gente si pueden tomar fotos. A veces a los clientes no les gusta porque muchos acá no vienen con sus parejas oficiales”, es la recomendación de Silvia Rosales, propietaria de la discoteca, un negocio que  inició hace aproximadamente 22 años, con su esposo, Stalin Cedeño, y que se ha mantenido en pie durante todo este tiempo.

Y es que los rincones de “Shannys”, así como las luces de los láser junto con el humo perfumado y la pared de pequeños espejos, transforman el ambiente en algo propicio para lo escondido, para lo clandestino. En las mesas pequeñas, debajo de las escaleras y en el mezanine, hay parejas besándose. Parecería no importarles mucho lo que pasa fuera de sus bocas y de sus manos.

En medio de ese conjunto de abrazos a oscuras, una pareja ríe libre y se mueve en su asiento al son de la música. Sobre la mesa, una botella de whisky consumida por debajo de la mitad. 

“Aunque usted no lo crea, entre los dos no la tomamos toda”, dice Miriam de Cárdenas, casada con Julio desde hace 36 años, con quien tiene tres hijos, “todos son ingenieros en la actualidad”, explica con dificultad, por el alto volumen de la música.

La cadencia frenética de los ritmos disco de los 80 es interrumpida por un grupo de policías que ingresan al local a pedir documentos y a inspeccionar que la jornada farrera se desarrolle en orden, sin armas dentro del local ni con menores de edad. En ese momento, solo se escuchan murmullos, las canciones callan y las luces se encienden.

“Hay algunos que salen luego de esto y ya no vuelven. Hay épocas en las que los policías llegan unas dos o tres veces a la semana. No digo que no revisen, pero a veces esto perjudica al negocio, porque interrumpe a los clientes”, se queja Cedeño.

Este es el ambiente en el que transcurre parte de la noche en una de las discotecas de la ciudad, ubicada en las calles Rumichaca entre Junín y Víctor Manuel Rendón.

24-07-11-ruta3-gyeLa diversión nocturna en sectores del centro y sur de Guayaquil es una de las tantas caras del entretenimiento de una ciudad con circuitos de diversión y de turismo considerados “oficiales” -recurrentemente mencionados por las autoridades- y otros que corresponden quizás a una más íntima identidad porteña. 

En las calles Olmedo y Malecón, Carlos Ferrín parquea con precaución el bus de turismo escénico “Guayaquil Visión”, que conduce desde hace aproximadamente tres años. Se baja y comienza la limpieza. “Este tipo de eventos son los que más se realizan en este mes”, explica. Hasta donde está se acerca Vanessa Villavicencio, una madre de familia y profesora de Educación Física, habitante del Guasmo, en el sur de la ciudad, interesada en hacer el paseo con sus hijos. “Son 6 dólares para los adultos”, le explica Carlos a Viviana. Ella se retira.

Poco antes de arrancar el recorrido de las 16:00, vuelve junto con su familia. Los niños corren apurados a arrodillarse en los asientos para poder disfrutar de la vista panorámica.

“Bienvenidos al recorrido en Guayaquil Visión”, dice un audio de fondo, una voz que acompañará a los usuarios de este bus durante las 2 horas que durará el paseo por las principales calles y puntos turísticos de la ciudad y que hará las veces de un guía, contando detalles sobre cada sitio visitado.

Danny y Francis son los sobrinos de Vanessa. Dos niños de entre 7 y 10 años, que se muestran sorprendidos con todo lo que ven. Toman fotos y se ríen. “Esta es la primera vez que nos subimos en este carro, siempre habíamos querido venir”, dice Vanessa. El recorrido comienza al ritmo de reggaeton y otro tipo de música movida, música para bailar.    

Y si bien en algunas discotecas reina el ambiente de fiesta, también hay lugares ideados para otro tipo de momentos, más relajados, como la peña “Shannys”, ubicada junto a la discoteca del mismo nombre.

Las noches veraniegas guayaquileñas son, este año,  más frescas que de costumbre. Al ingresar, el ambiente a media luz brinda una sensación de calidez. En medio de las mesas de madera, que tienen cabida para unas cuatro personas cada una, canta una morena.

Mónica Barzola usa unos leggings negros y una blusa roja que contrasta con su vestimenta, en su mayoría oscura. Con su voz, con sus manos, con los ojos cerrados y con sus movimientos felinos dice: “...que soy yo quien te espera/que soy yo quien te llora/que soy yo quien te anhela/los minutos y horas”. Ella y las mujeres del lugar hacen suya la canción.

24-07-11-ruta4-gye“Cuando canto, lo hago con pasión, me meto en el personaje. Lo que pasa es que el artista tiene que vivir lo que canta. Si no, no lo transmite al público”, explica esta madre de cuatro, quien durante sus presentaciones cada viernes y sábado en diferentes eventos, peñas y sitios de diversión nocturna, interpreta canciones de Ana Gabriel, Paulina Rubio, Thalia, Shakira, entre otras.

En la peña, al igual que en la discoteca, no hay valor para  la entrada, y únicamente se cobran $6 por consumo mínimo, un valor que incluye tres cervezas y la posibilidad de bailar y disfrutar toda la noche... o hasta que los horarios de atención lo permitan.

Stalin Cedeño, dueño de la discoteca y de la peña, sostiene que por su ubicación céntrica, a ambos locales acuden personas de todos los estratos sociales y que sin duda, se trata de un negocio sacrificado pero fructífero y entretenido, que en fin de semana recibe un promedio de 300  personas por ambos locales.

Shirley Macías, de 25 años, también opina que su trabajo es entretenido. Es una de las asistentes que trabaja en los buses de Guayaquil Visión, desde hace dos años y medio. Parte de sus funciones son atender a los usuarios y servir las bebidas en los recorridos nocturnos. “Ya nos ha pasado que el carro frena y las cervezas se nos caen encima”, cuenta, mientras destaca que gracias a su trabajo ha conocido mucha gente de Norte y Sudamérica. “En las noches ellos nos sacan a bailar en las fiestas que hay aquí en el bus. Es muy entretenido”. 

En tanto, el recorrido del bus avanza a lo largo de la Avenida Malecón. Hace paradas por cortos lapsos en la Torre Morisca, el Hemiciclo de la Rotonda. Yaleiker, el hijo de Vanessa, apoya el trípode de su cámara fotográfica en un asiento del bus, cuando este se detiene  al pie del Cerro Santa Ana. Se colocan de frente. La cámara dispara. 

Inspirado en este icónico punto de la ciudad, Freddy Girón creó el bar “Guayaquil de la Culata”, ubicado en las calles Córdova y Mendiburo, un sitio que -según su propietario-  es el lugar de encuentro de pintores, poetas y bohemios de la ciudad. 

“Averiguamos un poco la historia de la ciudad y supimos que cuando era muy pequeña, esta zona era algo así como el suburbio, lo último, lo más lejano, ubicado al lado del antes llamado Cerrito Verde. Decidimos denominarlo así: la culata”, explica Girón, que inició el negocio hace dos años, junto con su esposa Miriam Herrera.

Los pisos y  techos están construidos con madera y hay expresiones de arte en varios rincones, como los burros del artista Jorge Jaén.

Pero esta noche no hay artistas. “Un grupo de pintores y fotógrafos justo se acaba de ir”, dice el propietario, quien tiene amplia experiencia en el manejo de bares de este estilo. “Trabajé en El Gran Cacao, Barricaña y luego surgió la idea de un negocio propio”, explica.

Girón cuenta que aquí hay música diferente a la de otros bares, como Silvio Rodríguez y Charles Aznavour. Esa noche suena la salsa de El Gran Combo. En una mesa está Mario Rodríguez, 24 años, con su grupo de amigos, todos asiduos visitantes de este lugar. “Me gusta porque es chévere para conversar y no es tan conocido por lo que tenemos privacidad y espacio para divertirnos”, afirma.

Buscando diversión y pasar un tiempo agradable, Emiliano Passatto y Mateo Galárraga, de 11 años, llegaron a Guayaquil. En el caso de Emiliano, es la primera vez que recorre la ciudad. Nunca antes había venido. Están en sus vacaciones del colegio y hablan y bromean sin parar. Ellos subieron al bus de Guayaquil Visión en una de las paradas, en Plaza del Sol, en el norte de la ciudad.

“Quito es una linda ciudad, pero de Guayaquil me ha gustado mucho el calorcito”, dice Emiliano, quien tiene las mejillas rojas y toma fotos, una tras otra.

De día o de noche, al ritmo de la música o recibiendo el viento veraniego en la cara; quizás mientras se disfruta de la intimidad de un pequeño local que es un “secreto bien guardado”, hay muchas formas de redescubrir la ciudad, el puerto de los varios rostros para la diversión.

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