El islote es considerado un destino turístico natural de guayaquil

Puná celebra 182 años de parroquialización rescatando su memoria ancestral

- 14 de octubre de 2017 - 00:00
El jueves,las autoridades e isleños participaron en el acto de develizamiento del busto en honor al cacique Tumbalá.
Foto: Lylibeth Coloma / EL TELÉGRAFO

Las autoridades de la localidad festejaron sus fiestas con actividades lúdicas y la inauguración del busto en honor al Cacique Tumbalá, icóno de la cultura puneña y símbolo de la resistencia indígena.

La isla Puná, una de las cinco parroquias rurales perteneciente al cantón Guayaquil, cumplió el pasado 13 de octubre 182 años de parroquialización. Ubicada en el Golfo de Guayaquil, a 61 kilómetros del territorio continental, la única forma de llegar es navegando el río Guayas.

El viaje  inicia en el muelle municipal, ubicado en el mercado de la Caraguay, al sur de la ciudad. Desde aquí salen a diario lanchas, que por un costo de entre $3 y $5 trasladan a los turistas hasta el lugar.

La travesía dura algo más de una hora y ofrece las más pintorescas postales de la ruta fluvial del río Guayas. Los mangles, que ocupan gran parte del perfil costero, son hogar de decenas de especies de aves que -con un poco de suerte y con la venia de un buen clima- se dejan contemplar en su estado más silvestre.

Al llegar a tierra firme, lo primero en notarse es cómo los pescadores artesanales mantienen abarrotado el malecón y es aquí, apenas salen del mar, donde empiezan a ofrecer los frutos de su faena.

“¿Cuánto por el atado de (seis) cangrejos?”, pregunta un turista. $10 responde una niña de no más de ocho años. Pero el hombre lanza su contraoferta: “te doy $ 8”.

“Lleve”, contesta la menor. “¿Y las ostra?”, continúa el visitante. “$10 por las cinco pero se las dejo a $8 para que lleve”, dice otro marinero ubicado a menos de un metro. Así se hace negocio en Puná.

Las casas que se encuentran al pie del mar se han convertido en paraderos gastronómicos, donde se pueden degustar los más variados mariscos, siempre frescos, recién salidos del mar.

Al adentrarse en la Isla, sus calles reflejan la realidad de una comunidad que reclama -con insistencia- que la modernidad atraque en sus muelles. La falta de alcantarillado sanitario y servicio eléctrico son las mayores quejas de un pueblo que aspira a vivir también del turismo.

Hasta que los servicios básicos estén normalizados, el comercio es la mejor apuesta  de subsistencia de los puneños. Así, en una esquina se encuntra al vendedor de calzado ofreciendo las mejores marcas, y unos pasos más adelante al matarife exhibe los más suculentos cortes de res y cerdo.

El pasado jueves 12 se realizó uno de los actos principales de las fiestas: la develación del busto del Cacique Tumbalá.

Según las historias del folclor local, Tumbalá fue un gallardo jefe tribal que defendió con fiereza a su pueblo de intentos invasores del imperio incaico, de los piratas y  los colonizadores españoles.

Puná se esfuerza por rescatar su memoria ancestral

Joffre Barreto, presidente de la Junta Parroquial, expresó también su intención de solicitar al Ministerio de Cultura que la denominada Piedra de los Sacrifico sea devuelta a la comunidad.

“Así como en algún momento el monumento de San Biritute fue devuelto a la comuna Sacachún (provincia de Santa Elena) nosotros queremos de vuelta la Piedra de los Sacriuficios”, dijo.

La Piedra de los Sacrificios es una roca marina de 4 toneladas, tallada por los indígenas punaes de la cultura Manteño-Huancavilca que se ultilizaba para rituales de sacrificio en las épocas del dominio Inca. (I)

Los habitantes de la comuna embellecieron las calles por motivo de las fiestas de parroquialización. Foto: Lylibeth Coloma / EL TELÉGRAFO

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