Un hielero aprovecha el calor para vender su producto en las calles

- 05 de mayo de 2018 - 00:00
Justo Magallanes tiene 14 años dedicado a la venta de hielo. Su jornada diaria empieza a las 04:00 y se puede extender hasta la tarde.

El reloj marca las 03:00 y Justo Magallanes, vendedor de marquetas de hielo, se alista para su jornada laboral. Aún ningún gallo canta,  las calles están vacías, todos duermen, todos sueñan y Justo simplemente agarra fuerzas para trabajar.

Desde la entrada de la 8, lugar en donde vive, empieza su actividad que se inicia a las 04:30 y culmina a las 12:00, con la venta del hielo.

En la vereda de las calles Clemente Ballén y García Moreno se ubica este vendedor de hielo. Él tiene ocho años vendiendo su producto en este sector céntrico.

Lleva gorra amarilla y una   franela roja en sus manos.

Justo se sienta en su banca a la espera del camión que lo dota de las marquetas y luego aguarda a sus clientes.

“A las 04:00 las vienen a dejar. Me las traen desde el km 6,5 de la vía a Daule, de una compañía que se dedica a elaborar este producto”.

El hielo lo ubica en cuatro tablas y lo cubre con un plástico de color negro.

Cuenta que por lo costoso del alquiler de un local tiene que trabajar en la vereda.

Magallanes asegura que cuando era joven quería terminar el bachillerato e ingresar a la universidad.

“No lo logré por eso me dediqué a este oficio y con él he sacado adelante a mi familia”.

Sus principales clientes son los comerciantes que preparan jugos. La actividad deja ganancias durante los meses que van desde diciembre hasta junio. El resto del año el clima se torna frío y con ello las ventas decaen.

Magallanes emigró desde su natal Pedro Carbo hasta Guayaquil  con la  esperanza de una vida digna y feliz.

Emprendió este negocio hace 14 años. Primero fue despachador de hielo, pero su antiguo jefe falleció y él tomó las riendas.

Al día invierte $ 40 en las marquetas de un metro. Su ganancia es de $ 20. Con ese dinero alimenta a sus dos nietas de 8 y 5 años.

Su jornada de trabajo es de entre ocho y diez horas. Cuando termina de vender se va a su casa. Es momento de recuperar ese sueño trunco de la madrugada.

En las calles los vendedores lo reconocen como uno de los pocos proveedores de hielo que quedan. (I) 

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