Guayaquil: fundación, realidad y utopía

- 17 de julio de 2012 - 00:00

La ciudad española de Santiago se trasladó muchas veces, pero existió una sola fundación. Sin embargo, la historia de Guayaquil parece la sucesión de comienzos y finales, de fracasos y nuevas fundaciones. El puerto siempre miró al futuro, por eso algunos de sus mitos están relacionados con destrucciones y reconstrucciones, con piratas, fuego y pestes.

Guayaquil siempre se levantó de sus infortunios y cual “ave fénix” se reinventó con el trabajo de sus hijos. El testimonio de ese esfuerzo y sacrificio no ha quedado únicamente plasmado en los libros ni en las leyendas heroicas del pasado. Está presente en la cotidianidad de quienes salen a la calle para ganarse el sustento: millones de ciudadanos y ciudadanas que, al final de la jornada, sueñan con un mejor futuro.

Guayaquil es tierra de promisión, especialmente para los migrantes que entrevieron su destino en medio de la prodigalidad tropical, enamorándose de la calidez de su gente, de la anchurosa ría y los amplios horizontes, del encebollado y el arroz con menestra, de Barcelona y Emelec, de la experiencia vital de una urbe mestiza, mulata, negra, chola, montubia y porteña.

Mezcla de tradición y modernidad, aquí se recrean dinámicas mercantiles que se revelan ancestrales: aunque lo cultural no es resultado de lo económico, la experiencia histórica nos demuestra que las relaciones sociales vinculadas al mercado ordenan un modo de vida que incide en la presencia de culturas abiertas y permeables a las influencias externas. Así lo observaron científicos europeos del siglo XVIII como Jorge Juan y Antonio de Ulloa cuando escribieron que en la ciudad de Guayaquil, “el comercio la tiene siempre llena de gente forastera, y ésta aumenta mucho la de su vecindario”.

Viajeros, cronistas y escritores de los siglos XVIII y XIX hablaban constantemente de los cruces e intercambios de expresiones nativas o “criollas” y extranjeras. Por ejemplo, en la música, los bailes y las diversiones públicas, se percibe el denso mestizaje y mulataje que atraviesa las diferentes formas culturales de la cotidianidad guayaquileña.

Esta cotidianidad se muestra en la articulación de prácticas, saberes y tradiciones que confluyen en un híbrido paisaje cultural. Por ello, no podemos hablar de una “esencia” de la guayaquileñidad –que está bien para temas cívicos como el pasacalle Guayaquileño (aquello de “guayaquileño madera de guerrero”)-, sino de la convivencia de las diversas identidades que inciden en las innumerables formas de ser, pensar y vivir en Guayaquil.

Si bien los grupos dominantes intentan ordenar la totalidad de la vida social, política, económica y cultural de los pueblos, ciudades y naciones, elaborando discursos e imaginarios que pugnan por volverse hegemónicos, la cultura popular rebasa cualquier intento de homogeneización, pues impone reglas, códigos y rituales que emanan del mundo de la vida, allí donde las estrategias políticas y las razones tecnocráticas no cuentan, pues la cotidianidad se explica y sostiene en los estratos más profundos de las relaciones interpersonales, lo que garantiza la reproducción social.

Cuando pensamos en el Guayaquil popular, subalterno y marginal que ha sido históricamente desacreditado y hasta invisibilizado por las élites, acariciamos la idea de un cambio sustancial en el ámbito de las ideologías, que supere la dinámica de una sociedad conservadora, arribista y consumista, hoy dominante. Esa nueva sociedad surgirá en la medida en que logre generar nuevas demandas y respuestas a sus propias contingencias, entre los hábitos antiguos y las nuevas expectativas.

Quizá el camino más viable para construir un Guayaquil más democrático, incluyente y ciudadano sea la educación. Para ello, no queda más que reinventarnos: en medio del inevitable proceso de globalización, urge la aplicación de un nuevo modelo de desarrollo que sea ecológico, sustentable y participativo, basado en la civilidad.

En el largo plazo se cosechan los mejores frutos. Por eso, Guayaquil es todavía un proyecto histórico que requerirá de nuevas fundaciones, una utopía de valores en permanente construcción.

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