El Hipopótamo

- 17 de octubre de 2020 - 00:00
El Telégrafo

El 17 de septiembre de 1838, José Raymundo Rodríguez Labandera repartió tarjetas de invitación para que la gente asista al muelle, a la prueba del sumergible que lo llamó El Hipopótamo.

En Guayaquil, la Escuela Náutica abrió sus puertas el 1 de septiembre de 1823 con 22 alumnos pertenecientes a la primera promoción, cuya edad oscilaba entre los 10 y los 25 años. Según información encontrada en el libro Escuela Superior Naval Comandante Morán Valverde, sus principales momentos, escrito por el capitán de fragata Mariano Sánchez, INHIMA-2009, se sabe que algunos egresados de esta Escuela llenaron ciertas páginas de la historia nacional en razón de su valiosa trayectoria: dos presidentes, un obispo, insignes hombres públicos, un sinnúmero de altos oficiales de la fuerza armada ecuatoriana y uno en particular, el aspirante de Marina José Raymundo Rodríguez Labandera.

Tal como nos comenta la historiadora y periodista guayaquileña Jenny Estrada en su libro Marinos inventores, José Rodríguez, “un hombre de múltiples talentos”, era un diestro mecánico, matemático, músico, dibujante, agrimensor y grabador. En marzo de 1825, al presentar su retiro de la Armada de ese entonces, viajó a Perú, donde empezó con los planos y la construcción de un sumergible. Las autoridades peruanas no prestaron atención a este proyecto, por lo que retornó a su tierra natal y dedicarse a su taller mecánico y retomar el tema del sumergible.

Nunca se llegó a conocer si este inventor guayaquileño tenía conocimiento de los submarinos creados anteriormente: el Turtle (Tortuga), elaborado por el estadounidense David Bushnell en 1776; o el Nautilus, diseñado por el francés Robert Fulton en 1801. Sin embargo, se sabe que el 17 de septiembre de 1838, el mismo Rodríguez repartió las tarjetas de invitación para que la gente asista al muelle, a la prueba del sumergible que lo llamó El Hipopótamo. Este episodio se llevó a cabo el 18 de septiembre, en horas de la tarde.

Estaban como espectadores el gobernador de la provincia, general Vicente González, a la cabeza de las autoridades y un sinnúmero de curiosos que se embarcaban en botes y lanchas para ver de cerca cómo iba a funcionar el invento que partía desde la isla Santay. En efecto, El Hipopótamo empezó a desplazarse en inmersión por una distancia de 12 cuadras, acogiendo en el interior a dos tripulantes: José Rodríguez y José Quevedo, su compañero de prueba. Apenas se veía en la superficie la bandera nacional que flameaba sostenida en algo invisible, mágico. Lamentablemente en la trayectoria se rompió una de sus hélices y no logró llegar al muelle. Para curar sus apuros, el ingenioso guayaquileño hizo las reparaciones pertinentes para dos intentos posteriores, hasta que en el último se quedó varado y olvidado con el tiempo y la corriente del rio Guayas.

Sin saber que su invento sería el primero en Latinoamérica, este guayaquileño regresó a su taller mecánico a continuar con sus inventos: los juguetes de cuerda, un alambique para la producción de la infaltable aguardiente, una máquina para tejer sombreros de paja toquilla y una máquina para fundir tipos de imprenta. Pero un encargo del general Illingworth fue otro de los éxitos de Rodríguez Labandera. Fue una pierna ortopédica de madera para el comandante José María Vallejo, que perdió su extremidad inferior en la revolución del 6 de marzo de 1845. Esta pieza encajó a la perfección en la pierna amputada de aquel comandante; por esta razón, el inventor y su obra fueron motivo de reconocimiento y elogio del famoso cirujano de la época, el coronel de sanidad Juan Bautista Destruge.

En un artículo de la revista Ingeniería Naval, Madrid-2012, titulado “Los 10 primeros submarinos de la historia”, en el cual describe -en estricto orden cronológico- a esos diez inventos, empezando por el Turtle, 1776; el Nautilus, 1801; y, el Inctíneo, creado en Barcelona por Narcis Monturiol en 1859… Indigna que nuestro Hipopótamo, debiendo ubicarse en el tercer lugar en orden de tiempo, no conste en esta ingrata lista. Esto suma al poco interés que tuvo el Gobierno nacional de ese entonces para dar impulso al ingenio de Rodríguez. Sea entonces ésta, la oportunidad de sacar al Hipopótamo de las profundidades del olvido y saber que el Ecuador sí tiene personajes de gran talento. No todo es historia torcida. (I)

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