Situación de Guayaquil en las artes: Una reflexión entre su centenario y su bicentenario

- 30 de octubre de 2020 - 00:00
Rodolfo Pérez Pimentel

"Así llegamos a nuestro Bicentenario, en el siglo XXI en medio de una pandemia en que hemos sobrevivido gracias al arte, con importantes esfuerzos colectivos...".

Y finalmente nos encontramos en nuestro Bicentenario. Guayaquil celebra sus 200 años de independencia de la corona española en medio de una nueva peste, la del covid-19, que ha provocado el confinamiento de los seres humanos a nivel mundial.

Desde los albores de su independencia, Guayaquil ha sufrido enfermedades como el paludismo, sarampión, viruela, sífilis, lepra, fiebre amarilla, por ello en este contexto reflexionamos sobre el papel del arte y la cultura para no perder de vista nuestra memoria, sino ponderarla y enriquecerla con los datos actuales. Y es que ese recuerdo de los sucesos acaecidos, el cómo los guayaquileños los enfrentaron revelan nuestro ADN.  


Siempre organizados desde la sociedad civil, compuesta por la conciencia colectiva de ciudadanía, que permite reaccionar ante eventos amenazantes a determinada calidad de vida y progreso social. Así fue la resiliencia ante adversidades, como los ataques de piratas y los incendios sufridos por los habitantes de esta ciudad, siendo creativos ante la incertidumbre.

Si nos remitimos al Centenario de la independencia, en 1920, Guayaquil recién había sido declarada libre del vector de la fiebre amarilla y era una sociedad en auge económico. Había salido del desastre de la epidemia y del gran incendio que la asoló en 1896, cuando la ciudad quedó arrasada y, sin embargo, en pocos meses reabrían los negocios (fondo hemeroteca Archivo Histórico del Guayas).

Desde 1912 se empezaron a preparar las gestas conmemorativas, así como se llevó a cabo ese nuevo eje urbanístico entre el Malecón de la ría hacia el estero Salado, con la Plaza del Centenario en su centro.

Era la ciudad moderna que se expresaba artísticamente a través de formas neoclásicas, dirigidas a alimentar la memoria de los guayaquileños sobre su gesta heroica de 1820. La Columna de los Próceres, en su centro, rinde homenaje a los pro-hombres que llevaron a cabo la tarea de nuestra emancipación regional. Allí se encuentra transcrita el Acta de la Independencia del 9 de Octubre de 1820, columna que se encuentra coronada por una escultura femenina erguida que, con su brazo extendido hacia arriba, sostiene la antorcha de la libertad.

En su base se yerguen las estatuas de Olmedo, Febres Cordero, Villamil y Antepara, y a su alrededor hay una serie de monumentos de raigambre clásica representando la historia, el patriotismo, la justicia y el heroísmo. Valores fundamentales base de la sociedad guayaquileña.

La arquitectura del Parque Centenario también la complementan estatuas de briosos corceles con sus aurigas desnudos, creados por el escultor catalán Juan Rovira, o las esculturas de Giuseppe Benduce replicando a Poseidón o la mujer que simboliza la dualidad entre la fertilidad y lo virginal. El ejemplo de la fuente de los leones resalta también esta corriente artística bajo estética dominante de la época.

El Paseo de los Inmigrantes en el Malecón también es otro ejemplo de urbanismo y estatuaria, donde se plasman los conceptos que ornamentan los albores del siglo XX en la ciudad. Financiado por una pléyade de recién llegados que encontraron en Guayaquil su casa grande, esta estatuaria permea el gusto estético de los habitantes, lo que se aprecia en los murales pintados en sus viviendas.

El Museo Municipal de Guayaquil, inaugurado en 1908 como tal, es la transformación del Museo Industrial de 1863. Su arquitectura de líneas rectas, con el gran mural de Jorge Sweet Palomeque, refleja la irrupción del modernismo tanto en la arquitectura como en las artes visuales. Esta institución Municipal se construye bajo presupuestos espaciales que le son necesarios para exponer el arte de manera digna y proactiva, apoyándose en conceptos museísticos del siglo XX.

En el 2004 Guayaquil inauguraba el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC), nuestra catedral contemporánea, sigue los mismos parámetros del crecimiento y desarrollo de Guayaquil, como museo del siglo XXI, con su contenedor forjado desde la identidad del comercio y la navegación Guancavilca. La balsa prehispánica descansa en las riberas del río Guayas, río y ría a la vez, que conecta a este puerto abrigado con el océano Pacífico.

Guayaquil tiene una actitud constante de mirar cada época desde una óptica modernista.  


En el siglo XX se dan los grandes movimientos artísticos en la ciudad, y como resultado de esta efervescencia de búsquedas conceptuales, tendencias sociales y experimentaciones propias de las artes visuales que tensan sus límites de expresión, se crean eventos como el Salón de Julio, de la Municipalidad de Guayaquil y el Salón de Octubre, de la Casa de la Cultura, Núcleo del Guayas.

Por ahí desfilan las grandes tendencias, al igual que en el Salón Mariano Aguilera de Quito. Jóvenes artistas nacionales pasan por ahí, muchos de ellos vienen y hacen de esta su ciudad pequeños centros de arte que emergen para el reencuentro de los artistas luego de la dictadura de Castro Jijón, como el “Café Galería 78”, del sociólogo Juan Hadatty Saltos y su esposa, la economista Melania Mora.

Se da una suerte de red de emprendimientos particulares para retomar la vida a través del arte y sus hacedores. Se constituyen galerías de arte como la de Neda Prpic y posteriormente, hacia el último tercio del siglo, la de Madeleine Hollander, de gratos recuerdos para la memoria de nuestra ciudad.

La vanguardia se ve expresada en la Escuela de Guayaquil, estudio-propuesta de Juan Hadatty Saltos a la que el MAAC todavía debe su materialización, para alimentar la historia de esta querida ciudad, llena de jaleos pero palpitante de vida, generosa y desinteresada como sus hombres y mujeres que de ella manamos y que a ella se llegan.


El arranque del Realismo Social en el siglo XX se plasma en estos lares de distinta formalidad a la serrana. Rendón Seminario y Araceli Gilbert dibujan al montubio costeño dentro de su entorno rural, pero sin una actitud de rendición sino con gallardía, orgulloso de su trabajo en el que basa su hombría.

Enrique Tábara pinta al marginal citadino, al igual que Luis Miranda con sus dulces señoritas de prostíbulos y cantinas de Chanduy. Pero ninguno se queda allí, sino que en esa búsqueda formal de componer y pintar migran hacia composiciones rítmicas, abstractas o neofigurativas, como el caso de Manuel Rendón que mantiene esos empastes puntillistas que la propia retina mezcla, heredados del París que lo formó, la abstracción constructivista de Araceli que se vuelve una ciudadana del mundo y trae al Ecuador corrientes constructivistas, y los empastes experimentales de Tábara que transita desde lo precolombino a otras composiciones formales compuestas de patas, árboles o insectos, que no son más que un pretexto formal para sus búsquedas de nuevos planteamientos sobre el lienzo o aún en objetos.

Miranda le fue fiel a la figuración, desde composiciones más mecanizadas como “Cementerio de carros” pintado en Nueva York, a sus más coloridas expresiones de nuestras bananeras costeñas.

Alba Calderón de Gil, esmeraldeña de nacimiento, es la verdadera representante del Realismo Social en Guayaquil. Casada con Enrique Gil, el grande de la literatura, de los “cinco como un puño”, terminó cediendo su arte a la revolución. Mientras, Judith Gutiérrez, casada entonces con Miguel Donoso Pareja, le es fiel a su natal Babahoyo a través de una pintura ingenua, naif hasta cierto punto, que nos recuerda y retrotrae al Paraíso Terrenal y a la inocencia perdida del ser humano.


Ellas engrosaron la “Escuela de Guayaquil” con la fuerza femenina dentro de los contextos sociales que las cobijaron, y a los cuales también reaccionaron con sensibilidad propia. En escultura y gestión cultural merece relievarse la figura de Yela de Klein, mujer centenaria que acaba de fallecer y que fue el mejor ejemplo de la actitud de la artista guayaquileña que lucha por los suyos, el arte y los artistas.

A Guayaquil llegan César Andrade Faini (Quito) con sus colores terciarios y composiciones barrocas, Estuardo Maldonado (Pintag) que, dejando su temprana figuración, ingresa a culturas ancestrales atraído por la cultura Valdivia y termina en sus “inoxcolor” geométricos donde abstrae y juega con la S precolombina. León Ricaurte (Pastaza) con sus ensamblajes y Humberto Moré con su Signología Funcional.

Eduardo Solá Franco, pintor guayaquileño, es un caso aparte, un renacentista epigónico en sus muchas facetas de expresión, que anduvo la mayor parte de su vida fuera de sus lares patrios, sin perder esa esencia del Guayaquil en su ruralidad, tanto como retratando a la sociedad que lo rodeaba. Su pintura es una añoranza y búsqueda del tiempo perdido que, a veces, el actual joven pintor Roberto Noboa me lo recuerda.

En los 60' tenemos jóvenes como Félix Aráuz, con sus grandes cabezas que recuerdan los efectos de la Talidomide; José Carreño, con sus pájaros tropicales que le abrieron la ruta a París; Rosevelt Cruz, eterno ganador de salones de Julio con sus composiciones abigarradas de vibrantes colores, y Hernán Zúñiga, con su Barroco Guayaco que tanto ha calado hasta el día de hoy.


Hay escultores como Manuel Velasteguí con sus ensamblajes y mármoles como los quijotes o “una masa pide pan”, o Mauricio Suárez-Bango, con sus móviles en materiales frágiles y autóctonos. Antonio Cauja irrumpe con fuerza en la talla de sus mármoles más o menos figurativos. En esa generación me toca insertarme, con composiciones donde predominan grandes empastes abstractos que pronto se nutrirán de nuestra ancestralidad, para pasar a la reflexión sobre la condición femenina, ese género que no es únicamente el reproductor de la especie sino que sus representantes son constructoras sociales.

En los años 80' emerge la Artefactoría, promovida por el curador Juan Castro. Conformada por jóvenes artistas que andaban en su propia búsqueda de expresión plástica y conceptual, desde el documental y cine a la pintura misma, como Paco Cuesta y Jorge Velarde.

Vale la pena mencionar la conceptualidad de Marco Alvarado en su pintura y la gran instalación de Marcos Restrepo buscando lo sensorial dentro del arte en la exposición curada por Matilde Ampuero, en 2016. ”¿Es inútil sublevarse? La Artefactoría: Arte y comentario social en el Guayaquil de los 80”, que presentara en el MAAC y propusiera a este grupo para el premio Mariano Aguilera.


En los 90' Larissa Marangoni irrumpe en la escena artística con elementos contemporáneos en composiciones conceptuales que tensan la experimentación y el concepto mismo de sus expresiones visuales. Su experiencia en residencias artísticas se enmarca muy bien dentro del trabajo social que lleva a cabo en Aprofe.

Pamela Hurtado es otra pintora que avanza con firmeza en la exploración intimista de su feminidad y la naturaleza.

En la primera década del 2000 descubrimos a Verónica León, artista visual machaleña muy ligada al MAAC y a Guayaquil. Hoy en Dubái, vivía en París cuando, en el año 2005, presentó en el MAAC “De agua y de cristal”.

En 2015 nos representó en la Bienal de Venecia con su muestra “Agua y oro: espejos negros apocalípticos”.

Así llegamos a nuestro Bicentenario, en el siglo XXI en medio de una pandemia en que hemos sobrevivido gracias al arte, con importantes esfuerzos colectivos de artistas pintando en tiempos de covid, aglutinados y curados por Hernán Zúñiga, o el de Abdón Segogia “Retratando Sobrevivir” que ya lleva el reto de casi 250 integrantes que se han juntado a este proyecto y que se prolongará hasta diciembre.

Artistas como Patricia León trabajan incansablemente y postean sus emprendimientos como “Ciudad Cacau”, sus productos artesanales en base al cacao, que le sirve también de soporte a sus expresiones visuales.

En el Museo Presley Norton podemos apreciar, presencialmente ya, su singular instalación interactiva que nos remite a este producto emblemático de 200 años de pervivencia en nuestro medio.

¿El arte para qué? es una preguntan que se la oye a menudo, sin embargo palpamos que a través de él vivimos, crecemos y sobrevivimos en el tiempo cuando nos negamos a morir. Y no solamente los hacedores de arte sino aquella sociedad que se volcó a las redes sociales para beber de él, buscando entretenimiento y encontrando la llenura de un vacío vital. El mundo virtual irrumpió con fuerza, y llegó para quedarse.

La tecnología digital ya era parte de los Salones de Artes Gráficas del Museo Nahím Isaías, desde donde sus curadores Hernán Pacurucu, ecuatoriano, y Víctor Hugo Bravo, chileno, han tensado esta técnica a límites contemporáneos insospechados. “Imagen vibratoria, bajo el paraguas de su reproducción” y “Energía mecánica (post imagen)” fortalecieron también horizontes conceptuales tanto como la experimentación tecnológica digital sobre matrices.

De esta manera la propuesta impulsada por el Museo Nahím Isaías, desde 2017, sigue el camino de los objetivos de los museos, como es el ser promotores del cambio social a través del diálogo de los colectivos ciudadanos, contribuyendo al almacenamiento de su memoria, en vínculo permanente con sus repositorios.

Actualmente, en la EOD–MAAC y sedes asistimos a la consolidación de un proyecto en el cual se reflexiona sobre tendencias artísticas a nivel mundial, como Poéticas y desplazamientos, dentro de Bienal Nómade, con la exigencia curatorial de Hernán Pacurucu (Ecuador) y Víctor Hugo Bravo (Chile). Su constante observación de la calidad, en cuanto a la expresión de planteamientos conceptuales que se originan y transfieren en la gráfica, tensa aún más los conceptos del intelectual como mediador con las masas y su interacción para una transformación social.

De esta manera se ponen sobre el tapete conceptos como el de resistencia, en relación con la reproductividad técnica, con la advertencia de que esto no sirva de soporte a gobiernos fascistas como instrumento de dominación.

La memoria que nos ha identificado como guayaquileños, conformados dentro de esa guayaquileñidad en las artes visuales, se encuentra hoy activa, tanto en los asideros del pasado inmediato del último siglo como el constructo social actual que igualmente avanza dentro de parámetros de vanguardia plástica. Artistas e instituciones nos reinventamos dentro del reto que supone el futuro de esta gran ciudad. 



* Artista visual / Magister en Arqueología 

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