Cuenca, la hospitalaria

03 de noviembre de 2013 - 00:00

Cuenca, conocida como la “ciudad de los cuatro ríos”, cumple este día 193 años de independencia.

La urbe llega a la celebración con su nombre posicionado en el ámbito internacional en los últimos años.

En ese sentido, se puede destacar reconocimientos como el que le otorgó la Asamblea Nacional al declararla Ciudad Universitaria, o la mención realizada por la directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Mirta Roses Periago, quien la catalogó como Ciudad Saludable.

Este último calificativo obedece a que en su sector urbano posee una cobertura del 99% en relación al servicio de agua potable y de 96% de alcantarillado.

No obstante, el título más apreciado por sus habitantes es el de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), que en 1999 declaró a su centro histórico como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Los extranjeros contribuyen al crecimiento de la urbe

A lo anterior se añade que gran cantidad de ciudadanos extranjeros, sobre todo jubilados, la hayan convertido en su lugar de residencia últimamente.

“Es mi nuevo hogar, es mi nueva casa porque los cuencanos nos han acogido”, comentó la estadounidense Regina L. Ponteza, radicada en la capital azuaya.

La tranquilidad que ofrece Cuenca en comparación con otras ciudades es uno de los aspectos que destacan los inmigrantes.

De acuerdo con estudios realizados por la Cámara de Comercio, más de 4.000 estadounidenses retirados viven en la ciudad, ubicándose en lugares cercanos a los ríos y al centro histórico.

Tampoco es difícil encontrarse en las calles con personas provenientes de Colombia, Perú, Chile, México, China o Pakistán.

Según datos de la Regional 6 del Ministerio de Relaciones Exteriores, en lo que va de 2013 se han tramitado 766 visas, entre temporales y permanentes.

De estas últimas, la mayoría pertenece a colombianos y estadounidenses. Un total de 77 y 337, respectivamente.

Paulina Ortiz, funcionaria encargada de la coordinación de esa entidad, manifestó que en este mismo período se han regularizado las visas para personas originarias de otros 47 países.

Introducción de costumbres

Todos afirman haber sido bien recibidos en la tercera ciudad más poblada del Ecuador y, por eso, la mayoría intenta retribuir con servicios, e incluso creando plazas de trabajo en la zona.

James Evans, por ejemplo, es un estadounidense de 40 años que actualmente tiene un restaurante ubicado en la calle Luis Cordero, entre Juan Jaramillo y Honorato Vásquez.

Evans comentó que hace más de ocho años llegó a Cuenca como viajero y que al ver su belleza y tranquilidad regresó a su país para proponerle a su familia volver a Ecuador para establecerse.

Actualmente laboran ocho cuencanos en su local. Ellos manifiestan sentirse satisfechos por tener una oportunidad de laborar en el establecimiento.

Por su parte, el mexicano Juan Manuel Ramos ha intentado insertar en la urbe la cultura y gastronomía de su país.

Los 10 cuencanos con los que trabaja en su restaurante han aprendido a preparar diferentes platos de comida y brindan un servicio muy “a la mexicana”.

“De Cuenca me motivó la calidad de su gente y su cultura. Es una ciudad hermosa, porque está rodeada de ríos, algo que me parece muy llamativo”, señaló Ramos.

Asimismo, en la urbe existen locales de comida que resaltan el arte culinario colombiano, como el de Jannet Echaverry y Javier Muñoz, quienes abrieron un negocio hace tres años y medio.

La tradición en el vestido va desapareciendo

Uno de los íconos de esta ciudad es la chola cuencana y su vestimenta, cuya presencia en los últimos años ha disminuido por sus altos costos. María Quinde afirma ser una chola de cepa y que a pesar de que sus hijos le han pedido que deje de usar la falda y blusa tradicionales, ella las luce orgullosamente en la plaza Rotary (centro).

Quinde lamentó que la indumentaria de la chola cuencana haya dejado de ser una pieza de vestir diaria para convertirse en un símbolo de identidad que es usado solo en festividades.

“Las jóvenes ya no quieren utilizar la vestimenta. Solo se la ponen para desfiles o bailes y somos pocas las mujeres en la ciudad que seguimos usándola”, expresó.

Inés Cumbe, propietaria de un local de tejidos, lleva más de 40 años vendiendo estas prendas. Ella dice que su alto costo ha provocado que hoy en día sean pocas las mujeres que aún caminen ataviadas con estos coloridos atuendos.

“El traje más sencillo vale unos 400 dólares y los más elaborados de 800 a 1.000 dólares”.

Cumbe añadió que la tela usada para elaborar las polleras no es muy costosa; no así el bordado que lleva en los filos. La elaboración de estos detalles le toma entre 15 y 30 días, dependiendo del diseño y el tamaño.

La mujer dijo que vende unas 10 polleras al mes, principalmente a personas que llegan desde las zonas rurales.

“Se las comercializa a personas mayores, porque las jovencitas dicen que prefieren usar vestidos más modernos”, manifestó Cumbe. Asimismo, aseguró que en mayo, por ser el mes de las madres, es la época en la que más vende estas prendas.

La productora textil finalizó diciendo que lucha para evitar la desaparición de esa señal de identidad.

Alexandra León, administradora de otro local, ubicado en la calle Tarqui, señaló que las polleras anteriormente eran hechas de una tela llamada texlon y actualmente usan terciopelo porque es de mejor calidad y, por ello, más costosas.

Según León, en su almacén tienen unos ocho pedidos a la semana.

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