Sara y el mendigo Simón marcaron la vida de Cabral

12 de julio de 2011 - 00:00

Facundo Cabral no se consideraba un músico, sino un contador de historias, un oficio que, según él,   venía de Simón, aquel vagabundo que conoció en Mar de Ajó (un balneario de la provincia de Buenos Aires) cuando tenía 17 años. Cabral lo decía en cada sitio que visitaba, en el lobby de algún hotel o directamente en el escenario.

La noche del 3 de junio de 2008 relató esa anécdota, quizás, por enésima ocasión en su vida, pero aquella vez fue en el Teatro Centro de Arte guayaquileño. Llevaba el mismo ‘look’ de sus últimos años: chaqueta café de cuero, camisa ‘jean’ algo desabotonada y pantalones de la misma tela, más un bastón para apoyarse y las gafas redondas a lo John Lennon que sobresalían entre su cabellera y barba nevadas por los 71 años que entonces tenía. 

“Un vagabundo me saludó: ‘Hola, príncipe’. Pensé que me estaba cargando’. Se llamaba Simón, era un médico judío. Se había cansado de su vida mediocre, dejó a su familia y se dedicó a caminar. Tendría la edad que yo tengo ahora. ‘¡Hola príncipe!’. ‘¿Cómo príncipe?”, le respondí. ‘¿Y cómo llamas al hijo del Rey?’. Señaló el cielo, casi me desmayo. Le creí y eso me cambió la vida”, decía Cabral, quien no solo conoció a Dios aquella vez, sino que sostenía una conexión profunda, muy cómplice  con Sara, su madre fallecida en 1984. De ella siempre habló en sus recitales y aquella vez en Ecuador no fue la excepción. Lo hacía con un “mi madre decía...”.

“Mi madre decía: cuando el Señor me llame, quiero llevarme a mis amigos. Ella siempre quiso compartir lo mejor (se refería a la vida eterna) con la gente que quiso. Y Dios le hizo caso. A la semana siguiente falleció su mejor amiga y otros allegados”, dijo aquella noche ante unas 700 personas que tuvieron el privilegio de ver a un tipo directo que alguna vez fue encerrado en un sótano del Palacio de La Moneda por desafiar en un noticiero chileno a Pinochet con un “Vengo a decirle al dictador lo mismo que le dijo Moisés al faraón: ¡Deja en libertad a mis hermanos!”. Privilegio de ver a un hombre sencillo, que acompañado por una guitarra de palo, soltaba extractos de canciones que se mezclaban con mensajes que, a ratos, lo asemejaban a un pastor evangélico, sin serlo, pero citando parábolas.

Ese 3 de junio Cabral, nacido el 22 de mayo de 1937 en Balcarce, reflexionó sobre cómo el materialismo puede cegar al ser humano.

“Un día, Dios convertido en hombre (Jesucristo), se le apareció a un zapatero, quien necesitaba ayuda. Jesús le dijo que podía ayudarlo. El zapatero le pidió un millón de dólares y Jesús le pidió sus piernas a cambio. El zapatero dijo: ‘¿para qué quiero un millón si no podría caminar?. Jesús le ofreció 10 millones a cambio de sus manos, pero el zapatero no aceptó porque de qué le serviría tanto dinero si no podría utilizar sus manos. Jesús le propuso 100 millones a cambio de sus ojos, mientras que el zapatero replicó: ¿para qué quiero 100 millones si no podría nunca más ver a mi esposa e hijos. Jesús le respondió: ¿Ves cuán millonario sos y no te das cuenta?”, relató Cabral para presentar aquella vez “Vuele bajo”, la canción que él consideraba como de cuna y que decía:  “El hombre ambiciona/ cada día más/ y pierde el camino/ por querer volar...”.

Cabral, quien reconocía la influencia folclorista de Atahualpa Yupanqui, a menudo decía que era “un triunfo de Dios” porque siempre salía airoso de las adversidades, desde su propia infancia como el abandono de su padre. Doña Sara fue quien se hizo cargo de él y de sus seis hermanos. Juntos vivieron un éxodo por varias localidades argentinas, desde Buenos Aires hasta la Patagonia durante nueve años. “Era como Moisés (quizás de ahí lo de  ‘No soy de aquí, ni soy de alla’)”, recordaba.

De su progenitora, el también Mensajero de la Paz (desde 1996) aprendió a soportar las adversidades como su cáncer, la muerte de su esposa e hija en un accidente aviatorio, y más.“Madre, en esos años duros nunca te vi llorar. ¿Qué hacías en lugar de llorar? ‘Vos lo tenés que saber’, me contestó. ‘Cantaba’”, era una de las tantas reflexiones que Cabral compartió durante sus 74 años de vida y aquella vez en Ecuador.

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