La fortaleza de Obama no está en su candidatura
En contra de ese lugar común (y como tal vacío de contenido), un presidente en ejercicio no tiene todas las de ganar una competencia electoral: su gestión está a la vista, su desgaste y exposición es diaria, la oposición actúa a mansalva, etc. Así es la política, si no pregunten al ex presidente español Rodríguez Zapatero y comparen con lo que hace el ex candidato permanente de la derecha española y ahora jefe de Gobierno de ese país, en la peor crisis de su historia.
Cuando se escucha al actual presidente de EE.UU. en su condición de candidato parecería que la dimensión que adquiere su gestión es otra y no la que, para bien y para mal, denuncian sus detractores y su contendiente. Barack Obama ha sostenido una administración en una crisis económica mundial, es cierto. Y lo ha hecho con unas concesiones y generosas políticas a los mayores conglomerados económicos, también es cierto. Pero ha sido gravitante a la hora de no conceder todo el aparato estatal al sector privado y hacer del Estado el nervio de la salida a esa crisis.
Obama no es un gran candidato, es un buen presidente dentro de la lógica de la política doméstica del mayor imperio en deterioro.
Tampoco ha sido un gran aliado de las mejores causas de todos los pueblos del planeta. Al contrario, en su cuenta lleva acciones y ejecuciones extraterritoriales que pesan como una marca más en el largo historial estadounidense.
Sin embargo, frente a su rival hay unas consideraciones políticas que afrontar: la derecha ultra reaccionaria de ese país quiere volver a controlar el Estado para garantizar los mejores negocios tras esta crisis, que será solventada en gran medida por el propio Obama; quiere hacer del Medio Oriente su gran base militar para acabar con Siria, Irán, Irak, Corea del Norte y todos los países que se opongan al control sobre ese espacio geográfico.
Sin descontar para ello la agresividad en sus relaciones con Rusia y China, aunque sean camufladas de cortesía y amistad. Y quiere ganar las elecciones para afirmar en América Latina una política al estilo de Álvaro Uribe y para “sofocar” la emergencia de más y nuevos movimientos progresistas y de izquierda que no se van a someter a sus políticas, y menos a sus afanes hegemónicos.
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