¿Alguien sirvió así a sus mandantes?
Negligencia, falta de solidaridad y desprecio por las desgracias que persiguen a los pobres y desvalidos del país, son algunas de las manchas en la piel de ciertos profesionales ecuatorianos. Es como si la parte animal que conservamos en los genes se hiciera evidente cuando más necesitamos unos de otros para enfrentar los problemas diarios.
Recientemente ocurrió con la declaratoria de alerta naranja en el perfil costero ante la amenaza del fuerte oleaje que avanzaba desde el sur del continente. Los reclamos se produjeron porque no ocurrió una desgracia tras la expectativa; como si las emergencias se activaran cuando los hechos están consumados. Además, pretendieron reclamar indemnizaciones por supuestas pérdidas millonarias durante el feriado del 10 de Agosto.
Ya estamos acostumbrados a los extremos. El martes pasado, por ejemplo, el Presidente de la República visitó sorpresivamente el hospital Abel Gilbert Pontón, de Guayaquil, para supervisar la atención a los pacientes, la provisión de medicinas, el servicio de mantenimiento y limpieza de las instalaciones. Y lo que encontró fue es lo más cercano a una antesala de la muerte: enfermos amontonados en salas y pasillos, ausencia de medicinas en las perchas (pero en realidad estaban en cajas, y en un lugar indebido), suciedad en los pisos y paredes, médicos desmotivados por la demora en el pago de sus sueldos y quejas de pacientes y familiares porque -hasta que llegó el Jefe de Estado- nadie los había escuchado. Entonces arremetió contra los fariseos pintados de blanco, quienes siempre tienen en la punta de la lengua una excusa y alguien a quien culpar de sus propios errores. Uno de ellos, incluso, afectado por la ceguera política, se permitió incomodar con una grosería al Presidente. ¿Sabrá este practicante de medicina que es la primera vez en la historia del país que un mandatario supervisa personalmente la correcta utilización de los recursos del Estado, asignados esta vez, en forma extraordinaria, para la emergencia en salud? Probablemente no.
Hay una frase utilizada por nuestros abuelos: “Obras son amores y no buenas razones”.
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