La ficción, ese parche que sirve para entender la historia
La historia se aprende, bien o mal, durante la secundaria. Y muchas veces se queda ahí, inamovible, atravesándonos para siempre. Se enseña como un conjunto de hechos que nunca nadie va a desmentir. Y entonces, generaciones creyeron que Abdón Calderón llevó con la boca –por que había perdido piernas y manos– la bandera patria durante la Batalla del Pichincha. En realidad (aunque recibió cuatro balazos en el frente) nunca fue desmembrado y murió de disentería dos semanas después. Pero más allá de que de un hecho se pueda desdecir –el aprendizaje entiende a la historia como un libraco construido con documentos interminables–, hay un nivel que pocas veces nos tomamos el tiempo de considerar: lo que en literatura llaman lectura analógica, que trata de hacer una reflexión valorativa sobre lo que se ha leído, visto, escuchado... entendido.
Son pocos los historiadores que se detienen a verlo así. Es un gesto más común de autores que ‘destrozan’ la historia: en su novela El conquistador, Federico Andahazi desentrañó los misterios de la civilización azteca contando cómo un mexica se lanza al océano para descubrir Europa y conocer en España al mismísimo Cristóbal Colón; en Watchmen, Alan Moore cambia la historia del siglo XX: Richard Nixon se perpetúa en el poder gracias a una invencible superioridad nuclear (con la que ‘gana’ la guerra de Vietnam), pero aun así, EE.UU. y la URSS viven al borde de la medianoche en el reloj del juicio final. Un hecho diferente –por pequeño o grande que sea– no cambia las cosas mientras la naturaleza humana siga siendo la misma. Y tal vez por eso es tan importante darle un nuevo relato a la historia, y contarla a través de la ficción: acaso la comprendemos mejor a partir de sensaciones que de hechos.
Así parece haberlo entendido el poeta, ensayista y novelista colombiano William Ospina. Entre 2005 y 2012, el autor publicó su Trilogía del Amazonas, tres novelas de documentación exhaustiva en las que la imaginación se toma licencias solo para darle vida a aquellos que habitaron nuestro continente antes que nosotros. En su última novela, El año del verano que nunca llegó, Ospina usa el mismo método. Porque la ficción es el parche que sirve para acabar de entender esa cosa infinita e informe que es la historia.
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