Arcentales: "No pude ser militar porque era muy pequeño, pero esto es lo que amo"

- 25 de agosto de 2019 - 00:00
Sidney Arcentales León, ingeniero agrónomo; creador de productos sobre la base de la Dulcamara.
Fotos: César Muñoz / ET

En 2002, a su esposa la desahuciaron y su último hijo empezó a convulsionar. A ella le dio de comer la Dulcamara y para el niño desarrolló un extracto con la planta. Ambos sanaron, entonces emprendió una campaña.

Las personas, por lo general, tienen un lugar favorito en donde les gusta pasar un buen tiempo pues se desconectan del día a día y se reencuentran consigo mismo.

Para el ingeniero agrónomo Sidney Arcentales, este lugar es su vivero, un terreno ubicado en el cantón Durán (Guayas), en donde tiene plantas de Dulcamara (Kalanchoe Gastonis Bonnieri), bonsáis, cacao, badea, uvas, moras y otras que las utiliza para elaborar productos naturales.

También hay un pequeño enrejado con gallinas y sus pequeños polluelos de pocos días de nacidos.
En este lugar se siembra y cosecha la materia prima que luego irá a un laboratorio para la elaboración de productos, como él los llama, nutracéuticos.

El amor y dedicación por las plantas la tuvo desde pequeño, cuando entre los tres y cuatro años de edad, una tía abuela (doña Goyita), mientras cocinaba, le daba las raíces de las cebollas y ajos para que las fuera a sembrar y todo le nacía. “Así que tenía ese don y disfrutaba mucho haciéndolo”.

Sidney Arcentales nació en Manta hace 50 años, ciudad en la que permaneció hasta los cinco años. Estuvo al cuidado de su abuelo materno pues su papá estudiaba en la Universidad Autónoma de México (es médico cirujano y anestesiólogo ya jubilado) y su mamá trabajaba en Estados Unidos.

Estudió la primaria en la Academia Militar Borja N° 3 en Quito y allá mismo hizo la secundaria en el Colegio Militar Eloy Alfaro. “Allí aprendí las primeras letras de lo que es la oratoria química que es mi pasión; aprendí a elaborar extractos, cremas”.

Su abuelo tenía una finca en Puembo (Quito). Al recordar su infancia sus ojos se iluminan pues estaba conectado de alguna manera -desde entonces- con lo que hoy es su trabajo: las plantas.

Allí permanecía por buen tiempo junto a 20 tipos de frutales, conejos, cuyes, vacas, pavos, patos, gansos.
“No pude ser militar porque era muy pequeño, medía 1,63 en 1987 y la altura en esa época (requerida en el Ejército) era 1,70 metros”.

No pudo vestirse de camuflaje pero ese color verde marcaría su vida. Alcanzada la mayoría de edad se casó y al poco tiempo tuvo su primer hijo, Esteban Arcentales, que ahora es médico cirujano.

Luego llegó Paúl Alexander, también es médico cirujano; después llegó Sidney David, quien es químico farmacéutico y su último vástago, Juan Sebastián, quien es chef becado en la Universidad San Francisco de Quito.

Dos enfermos en su familia

El primer contacto de este ingeniero agrónomo de la Universidad Central del Ecuador con la Dulcamara fue en 2002, precisamente porque su esposa en ese entonces enfermó gravemente y se le diagnosticó metástasis.

“Tenía hemorragias todo el tiempo (producto de miomas y quistes en los ovarios). No podía pararse, le dio anemia. Un médico le dijo que tenía tres meses de vida”.

Con ese diagnóstico, Arcentales tuvo que dejar Quito y radicarse en Guayaquil. Un día pasó por el Malecón 2000 y reconoció esa planta que antes la había conocido en la selva de Pusanga, cuando se construía el oleoducto Villano-Pusanga, donde trabajó en reforestación.

“En una casa había esa planta (Dulcamara) que no es ecuatoriana sino originaria del África; hay muchas variedades, todas son kalanchoe y son africanas; esta en especial viene de Madagascar”.

“Esta planta -continúa- se la usaba desde la época egipcia para curar inflamaciones y tumores”. Entonces al reconocerla le pidió al administrador del Malecón 2000 que le diera unos brotes.

“Los hice crecer e inmediatamente le empecé a dar a la mamá de mis hijos; a los tres meses le hicieron tomografías y ecografías y no tenía nada. Por tres meses le di un centímetro cuadrado puro de esta planta. Si se calienta al fuego se potencia 100 veces más su poder curativo”.

Sidney Arcentales pasa la mayor parte del tiempo en su vivero. Todos sus productos contienen kalanchoe, que la fusiona con otras variedades y especies.

Con esa vivencia y luego con lo que le pasó a su hijo Juan Sebastián, que a los ocho años de edad comenzó a convulsionar, Arcentales dejó solo de consumir y recomendar la planta en crudo y desarrolló un extracto, al cual llamó “Panacea”. Se lo administró a su hijo y, al igual que su madre, se sanó.

Desde entonces han pasado 17 años en que ha trabajado con sus hijos e ingenieros químicos en un laboratorio donde han desarrollado más de 70 productos, 46 de ellos cosméticos y los otros nutracéuticos. “Para alimentarse y regenerar las células”.

“Este (líquido) hizo que mi hijo dejara de convulsionar y comencé a dárselo a niños con epilepsia, microcefalia, autismo, síndrome de Down, parálisis cerebral infantil. Niños que no hablaban comenzaron a hacerlo y los que no caminaban ahora lo hacen”.

En Facebook se creó una página llamada “Testimonios Dulcamare”, donde mujeres, hombres y niños de la región hablan sobre la recuperación de sus enfermos.

Todos los fines de semana, Arcentales recorre ciudades para reunirse con los padres de niños con algún padecimiento y les da gratuitamente estas medicinas naturales. Claro está que no ha estado exento a críticas de personas y médicos escépticos pero continúa en su lucha por sanar a más personas. (I) 

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