Es inevitable: los desastres naturales, como el terremoto que sacudió las costas de Manabí, el sábado 16 de abril, tienen siempre, en grados diversos, un impacto en la conducta de la población que los sufre, e influyen de distintas maneras en la vida que sigue después de su ocurrencia. Gran parte de las reacciones psicológicas después de un evento catastrófico no siempre son catalogadas como enfermedades mentales, sino respuestas propias (depresión, tristeza, angustia) ante los hechos experimentados y se manifiestan, sobre todo, en las primeras semanas.
Aunque es una respuesta previsible, como señalan los psicólogos, la ayuda y el acompañamiento psicológico son fundamentales. En Ecuador, como en otros países donde han ocurrido desastres naturales, con frecuencia, se pone en segundo plano la atención psicológica, porque lo primordial es salvar el mayor número de vidas posible.
Lo urgente es rescatar a los sobrevivientes y después atender las secuelas que ha dejado el terremoto. En el área de salud mental, estas consecuencias cobran mayor intensidad los días subsiguientes al desastre, pero perduran en la memoria colectiva.
Una crisis, como la que viven en estos momentos los habitantes de las diferentes provincias afectadas por el terremoto, es un punto de viraje que tiene consecuencias físicas y emocionales. Es un período limitado de desequilibrio psicológico, precipitado por un cambio repentino y significativo en la situación vital de las personas y por eso resulta impostergable la atención en salud mental.
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