Si a los hijos les cuesta hablar de sexo con sus padres, lo más probable es que, de paso, también les resulte inconcebible que estos puedan mantener relaciones sexuales con el mismo vigor que ellos. No solo es impensable para los hijos que sus progenitores disfruten del sexo, sino que, en muchos casos, ni siquiera se admite que tengan deseos carnales. Una de las razones para negarles a los padres el derecho a mantener relaciones íntimas parece estar ligado con la persistencia de los tabúes que generan aún los temas ligados con la sexualidad.
En realidad, los seres humanos no pueden ser fragmentados en determinados períodos de existencia, nacen y llegan al final de sus vidas como seres sexuales. La sexualidad humana es, de hecho, un fenómeno sociocultural que está influido por la calidad de las relaciones interpersonales, el contexto en que nos desenvolvemos y por la integración que hemos hecho de las experiencias vividas. La identidad, el deseo y comportamiento sexuales son componentes esenciales de nuestra sexualidad.
Los sexólogos insisten en que el disfrute de una relación amorosa no cambia por el paso de los años. El placer sexual es una experiencia deseable y válida para cualquier ser humano, porque genera bienestar. Entonces, ¿por qué preferimos guardar silencio cuando se trata de entender que nuestros progenitores, no importa la edad que tengan, también tienen encuentros íntimos y tan satisfactorios como los tienen sus hijos y por qué no, sus nietos?
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