Sus investigaciones y proyectos pedagógicos se basan en lo experimental y en lo lúdico

“Necesitamos una literatura infantil más libre y transgresora”

- 07 de junio de 2014 - 00:00
Gustavo Puerta Leisse, crítico de literatura infantil y juvenil. Ocupación: Director de la Escuela Peripatética de Literatura Infantil, docente y tallerista. Nacionalidad: Venezolana. Educación: Lcdo en Filosofía (Universidad Católica Andrés Bello).

Sus investigaciones y proyectos pedagógicos se basan en lo experimental y en lo lúdico

Gustavo Puerta Leisse (Caracas, 1975) pertenece a esa estirpe de hombres que suelen apostar por lo más difícil para luego transformarlo —a través de ideas y acciones— en algo sencillo, productivo y luminoso. Eso, desde luego, la literatura infantil lo agradece.

Con una vasta trayectoria como lector especializado, autor, tallerista y fundador de la Escuela Peripatética de Literatura Infantil (con técnicas experimentales basadas en el juego), fue uno de los invitados más esperados en el 9º Maratón del Cuento. Quito, Ciudad que lee, realizado por Girándula, hace pocos días, en la capital.   

El crítico literario (que desde hace 12 años vive en Madrid) también fue parte del Seminario Internacional Los Nuevos Flautistas de Hamelin: Encuentro Internacional de mediadores de lectura en los territorios de la infancia, donde participó con 2 conferencias: “A favor de la ‘poca letra’. El libro álbum y sus lecturas” y “Explicárselo, explicárnoslo. Los nuevos libros del conocimiento”, ambas con gran acogida por parte de escritores, ilustradores, editores, docentes, bibliotecarios y público en general.

Gustavo Puerta Leisse —cejas cargadas, mirada risueña— se desenvuelve con la facilidad de un niño que no tiene miedo a decir lo que piensa en un mundo de adultos. Quizá por eso sus reflexiones —en las que prima la libertad de creación, la calidad y la horizontalidad entre autor y niño— lo han colocado como uno de los especialistas en el género más destacado de la literatura iberoamericana. Hablar con él nos demuestra que el género infantil es mucho más amplio de lo que parece, y que sobre todo, aún queda un largo camino por recorrer.

Usted es uno de los especialistas en el género infantil que empezó desde muy joven. ¿Cómo inició su vocación por la lectura?
Desde niño me gustó mucho leer, y a los 12 años, cuando uno deja de leer libros infantiles y se va por lo juvenil, yo seguí leyéndolos. Después entré a una institución que se llama la Escuela del Libro, un espacio de lectura bastante importante en Venezuela, que a su vez tenía un club de lectores juveniles. Leíamos, discutíamos; aunque te confieso que era una razón poco académica porque había 17 chicas y 2 chicos (risas), pero en adelante se volvió todo más serio. Lo que empezó como un hobby terminó siendo mi oficio. He trabajado con grupos muy diversos, con traumas infantiles, con personas con otras perspectivas, y cuando llegué a España conocí a quien es actualmente mi mujer, que tenía una librería infantil, y allí comencé a trabajar el tema profesionalmente. Luego empecé a escribir una columna fija de crítica literaria en el Cultural, en el periódico El Mundo, a dar cursos de formación de maestros, a coordinar planes de lectura, y bueno, ahora estoy por aquí, esta es mi vida.

¿Cuáles fueron los ejes del taller que usted impartió a ilustradores dentro del Maratón del Cuento?
Bueno, el taller tuvo un componente teórico y otro lúdico-práctico. Cada día hablamos de aspectos de la literatura infantil (que al momento se encuentran desarrollando) como la relación con la cultura popular, con la tradición oral, etc.; o los libros de divulgación científica, de conocimiento, de juego, de transgresión. Vimos conceptos de infancia, pero fue más un taller de armar cosas, por lo que terminamos haciendo una especie de Almanaque Bristol, una propuesta más irreverente en el que incluimos, por ejemplo, un santoral profano.

“El género suele estar concebido para el consumo escolar y masivo, en vez de que prime la calidad”.


“En la literatura infantil valdría la pena que viésemos
al niño sin incurrir en versiones ñoñas”.
¿Y en qué consistió ese santoral?

Básicamente, en santos de objetos o de personas. Por ejemplo ‘San Dedo pequeño de los pies’, quien es el santo inadvertido porque solo te das cuenta de él cuando te golpeas. De manera que la idea era hacer una propuesta que no sea conductista o con los típicos temas moralistas de qué está bien o qué está mal. Mi percepción es que, en este momento, la literatura infantil es muy homogénea y está muy vinculada a lo escolar, a lo didáctico, por eso nos planteamos la posibilidad de hacer otra literatura.

¿Una literatura más libre?
Mucho más libre, más lúdica, más creativa, más transgresora. Esa es mi percepción basada en un mercado editorial mundial y sobre todo de origen español, que es el que se exporta y se expone en cada uno de nuestros países. Los grandes ausentes del mercado actual son los creadores independientes, que conciben al niño como un lector sensible, crítico e inteligente. La literatura infantil no solo está creada para que los niños lean, principalmente es un canal de comunicación artística. Todos los adultos involucrados, desde el escritor hasta el crítico, pasando por el maestro o el editor, deberían preocuparse por compartir con el menor esta dimensión estética.

En su condición de tallerista, usted ha sido testigo del mundo literario infantil en Sudamérica y España. ¿Cuál es su diagnóstico general del tratamiento del género en estos países?
En general, la literatura infantil tiene una presencia fuerte, pero el canal de creación y difusión —como te decía—  tiene que ver con la escuela, y eso hace que el género sea totalmente didáctico. Esto la distingue de tradiciones de otros países donde el centro de la literatura infantil es la biblioteca o en la relación padre-hijo antes de dormir. Cada práctica, cada comportamiento, genera un tipo de literatura infantil muy particular. Efectivamente, no todo es didáctico en la literatura infantil iberoamericana, pero es el modelo imperante, el modelo que viene determinado por grandes editoriales, en los cuales se crea una literatura de consumo escolar que busca tratar problemas sociales, transmitir determinados valores, una literatura hecha para ser evaluada. Frente a ese modelo literario, yo soy bastante crítico y suelo decir —para disgusto de algunos— que muchos niños dejan de leer, precisamente, gracias a ese tipo de literatura.

¿Y aquí en Ecuador?
Durante el Encuentro vi gente con mucho, muchísimo talento. Quizá falta lectura, falta trabajo en algunos casos, pero efectivamente hay un talento muy interesante, que si se lo toman en serio podrían contruir cosas realmente valiosas.

¿Está en contra de ese modelo vertical donde el adulto piensa por el niño, convirtiéndolo en un lector pasivo?
Así es. Si te fijas, la literatura infantil viene de 2 grandes cauces: por un lado está la literatura popular, que se encuentra, por ejemplo, en las canciones de juegos de palabras, donde la mayor parte son historias crudas, macabras, pero muy lúdicas (piensa en los cuentos de Los Hermanos Grimm que muchas veces parecerían ser políticamente incorrectos). Es decir, hay una parte popular que es maravillosa y que es más oído que nada. Y hay otra parte que se ha utilizado como instrumento para ‘domesticar’ al niño, para hacerlo bueno, que no le pegue a los otros, que coma con los cubiertos, que deje el pañal (estoy ridiculizando  un poco, pero por ahí va). Es una ley en la que el adulto ‘sabe’ lo que le conviene al niño, y utiliza la literatura para endulzarlo un poco y transmitirle ese conocimiento.

¿En definitiva, qué es lo que valida a la literatura infantil?
En general, toda literatura tiene que ver —más que con un destinatario al cual influir— con la libertad de creación, con el contenido. Por eso, hay que renunciar a los enfoques paternalistas; valdría la pena que viésemos al niño sin incurrir en versiones estereotipadas ni ñoñas. Es como cualquier artista: ¿Por qué crea? Porque tiene algo que contar, y da la casualidad que yo se lo quiero contar a un niño. Solo ahí se rompe la estructura vertical, la autoridad del adulto, y todo se vuelve un diálogo, una legítima búsqueda.

Foto: Andrés Darquea│El Telégrafo

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