Jorge Velasco Mackenzie, el maestro que supo ser tallerista

- 19 de marzo de 2015 - 15:43

La última vez que el escritor Jorge Velasco Mackenzie se encontró con Miguel Donoso Pareja, el plato que degustaron provocó una discusión entre ambos. Fue a fines del año pasado. Velasco sabía que —pese al célebre cuento que escribió sobre un cangrejo— a Donoso le encantaba el caldo de salchicha, así que lo visitó en su casa de Urdesa con ese detalle entre manos. Casi llegó a imaginar la conversación que tendrían al saborearlo, una charla que él define como “medio ontológica”: él sostenía que el origen del caldo era guayaquileño, mientras que el autor de ‘Krelko’ explicaba que lo inventaron los griegos.

El razonamiento del escritor octogenario tenía a La Odisea como argumento. En el vigésimo cuarto canto del poema épico de Homero, le recordó con su voz áspera, las tropas griegas celebran el triunfo de haber tomado Troya devorando tripas de cerdo rellenas de sangre. Salchichas, sonríe el autor de Tatuaje de Náufragos, sin dejar de sentirse abatido por el deceso de su colega y amigo.

Velasco Mackenzie, quien reside en Playas —lejos ya de la ‘ciudad de los manglares’— no sentía urgencia alguna por ir a la ceremonia en que las cenizas de Donoso Pareja terminaron en la mar, como llamó Hemingway a la compañera femenina que coprotagonizó una de sus novelas —The Old Man and the Sea—. Esperaba paciente a que alguien lo llevara porque prefiere recordar a las personas que ha querido mientras están vivas. “Si veo muerto a Miguel me quedará la imagen de él fallecido, quiero que me quede la imagen de él vivo”, suelta con un halo de nostalgia.

Un desembarco del escritor “con apellido de marca de whisky”, desde la ciudad condal, Barcelona, en 1982, viene entonces a su mente. “Ese año le pedí a Miguel que quería trabajar una novela en el taller que tenía en la Casa de la Cultura. Él se sorprendió un poco de mi deseo porque uno está aprendiendo todo el tiempo, eso es inagotable”, cuenta. Pese a las cejas que levantó este destacado discípulo, su maestro aceptó y en unos meses se publicó Tambores para una canción perdida.

Ilustración: Carlos Almeida

Después dirigieron juntos los talleres para difusión cultural auspiciados por el Banco Central, hasta 1986, cuando Donoso Pareja —marinero y exguerrillero maoísta que por más de una década se exilió en México— volvió al país de otro alumno ilustre, Juan Villoro, tras recibir la beca Guggenheim.

“Desde entonces —afirma Velasco— he estado todo el tiempo trabajando, soy un tallerista, me considero un escritor gracias a las enseñanzas del maestro Miguel”.

 

 ¿Cuál era la dinámica de los talleres en ese momento?

La primera y gran dinámica es considerar a la literatura como un don y una dificultad adquirida, el don puede ser la voluntad, la curiosidad, la actitud, ese tipo de cosas; y lo otro es que el tallerista vaya al taller y yo le ponga la dificultad, o sea, le demuestro que no es tan fácil porque mientras más alta es la dificultad, mejor será el producto. Más o menos como el salto con garrocha. El don sería practicar, las posibilidades de correr; y la dificultad es la barra esa que le ponen para poder saltar: el salto será mejor calificado mientras más alta esté la barra, así es en la literatura. Un espacio de estudio que requiere mucha reflexión, mucho trabajo.

Usted escribió en el ensayo ‘Take Man Donoso Pareja: ¿El Texto o la vida?’ que él concebía su vida como un gran texto, ahora, ¿qué conclusión tiene aquello dada su muerte?

El texto llegó a un final, un final con bastante reconocimiento, sobre todo ediciones, que es lo que podía esperar el escritor. En este país un escritor honesto creo que no escribe para hacerse rico, escribe para ser leído, si difunden su obra lo más que pueden, perfecto. Eso es lo que queremos, o quiero yo como escritor, y creo que Miguel pensaba lo mismo.


¿Cómo se mide la influencia o las enseñanzas de Donoso Pareja en la obra de cada uno de sus talleristas —entre quienes figuran Fernando Balseca, Pedro y Ubaldo Gil—?

Primero hay que considerar que el lenguaje es la única república que tenemos los escritores. El lenguaje es nuestra herramienta, es nuestro clavo, nuestro serrucho. Hay que tener el respeto y la consideración de que el lenguaje tiene esas características. El hecho de poder realizar textos mejores o peores es central, la consideración de que el lenguaje no solamente es una estructura de la comunicación sino que es un espacio expresivo. Los escritores tenemos un espacio expresivo a partir del lenguaje, no importa el género: poesía, cuento, novela o teatro. El lenguaje es lo único que podemos tejer.

Se ha considerado a Miguel Donoso Pareja como continuador de Pablo Palacio al transgredir ese lenguaje, esa república...

Yo no lo creo así. Palacio es otro tipo de literatura, tal vez por la trasgresión podría compararse pero no creo que hayan influencias, no se puede ser Palacio a cada rato.

Quizá es una comparación recurrente, superficial, como la que se hizo con Alfredo Pareja Diezcanseco...

Sí. Tampoco creo que haya una influencia familiar.

¿Cuál es el recuerdo más presente que tiene ahora de Miguel Donoso?

(Sonríe) Ese Miguel Donoso irónico, de excelente humor, de mal humor también, a veces, cuando no le gustaban las cosas, su nivel de exigencia y el hecho de considerar su oficio como eso, como un oficio, la literatura como un oficio. Tenía como objetivo un poco como profesionalizar el hecho de la creación.

 

 

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