Ecuador es uno de los pulmones del planeta, pero la contaminación en ciudades como Guayaquil es como un cáncer, que contradice toda idea de naturaleza. El exceso de vehículos es evidente y los tubos de escape expulsan un humo tan negro como el alquitrán con el que Chevron ha contaminado la Amazonía. Hay quien erróneamente cree que conducir un buen carro es símbolo de progreso, y por eso abundan las furgonetas y los cuatro por cuatro, verdaderos monstruos metálicos que para lo único que sirven en la ciudad es para congestionar el tráfico. Porque, cuando uno camina para ir al trabajo lo miran como a un bicho raro, cuando lo raro es encender un motor para recorrer cien metros, contaminando el aire y engordando por la falta de ejercicio. Algunos preferirían pasarse el día tumbados, sorbiendo batidos y moviéndose en camas voladoras como en la película WALL-E, donde los últimos habitantes de la Tierra, obesos e inútiles, viven en una nave espacial después de terminar con la vida en el planeta. Y así podemos acabar efectivamente, si no mejora nuestra cultura cívica. Porque las riberas del Malecón del Salado, junto a la Universidad Estatal, parecen un basurero. Apenas hay papeleras, y no es raro ver cómo petroleros andantes terminan de beber un refresco y tiran el envase, o el vaso de plástico, al suelo. Al parecer, nadie les ha enseñado que ellos también forman parte del ecosistema.
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