La poesía de Medardo Ángel Silva sobrevive en las voces de un pasillo
Hace 100 años en las páginas de este diario se anunciaba que el poeta Medardo Ángel Silva se había quitado la vida. Habían pasado apenas cuatro meses de que empezara a trabajar en la redacción, a dirigir los Jueves Literarios y de que creara la sección “Al pasar” con el seudónimo Jean d’ Agreve, el mismo con el que ya había firmado algunos poemas también publicados en este diario, años antes de su bienvenida formal.
Su primer artículo en “Al pasar” se llamó “La ciudad delincuente”. Silva transitaba la ciudad de noche, en sus ambientes suburbanos, en sus lógicas marginales. De allí que su poesía guardara un proceso místico, que más tarde se fortalecería con la hipótesis de su suicidio.
Un siglo después de su muerte hay varias versiones de esta. Hay quienes dicen que fue asesinado: “cómo va a lanzarse un disparo detrás de la oreja, cómo un poeta puede suicidarse sin dejar una carta”, dijo en su momento Abel Romeo Castillo, quien dirigía el periódico en esos años.
100 años después, con las dudas sobre su muerte y su obra, un grupo de artistas e instituciones educativas llegaron al pie de su tumba en el Cementerio General de Guayaquil.
Le cantaron “Con el alma en los labios”, versos que Julio Jaramillo convirtió en un pasillo para la memoria colectiva de una ciudad que aún no ahonda en su obra. (I)
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