El retrato de una Argentina sumida en el miedo y el silencio es el que se aprecia en el filme Rojo (2018) de Benjamín Naishtat. La historia gira alrededor de un abogado –Darío Grandinetti–, su familia, la vida en una pequeña ciudad en la pampa, donde, pese a que quiera exhibirse un aire de paz y tranquilidad, resuena sutilmente la violencia y la muerte.
El argumento de la película acontece en la mitad de la década de 1970, cuando se respira aires de inestabilidad política y se preanuncia un golpe de Estado. Naishtat no hace un filme histórico y tampoco detalla el contexto político, pero bastan ciertos trazos para darnos cuenta que hay intolerancia política, persecución contra miembros de familias ligadas a la izquierda, desapariciones forzadas y asesinatos que quedan en la impunidad.
La película inicia con un plano general de una casa saqueada a plena luz del día. Con ello Rojo viene a abreviar, de modo metafórico, el estado de una Argentina asaltada por fuerzas que el peronismo en su momento había articulado para deshacerse de la izquierda. Y con ello, la apropiación indebida y fraudulenta de bienes –que luego se replicó con la dictadura, con el robo y adopción ilegítima de bebés–. Un cliente que emplea al abogado para apoderarse de la casa, usando el testaferrismo, tiene que ver con ese otro aspecto.
Sin embargo, tal cliente a la vez nos conecta con la memoria de un incidente que tiene el abogado con un comensal en un restaurante. Este, enloquecido, grita “fascistas” a todos, agrede al abogado y pronto se suicida. El problema es la desaparición de este individuo apodado “el hippie”. Naishtat, con ello, representa a una ciudadanía, esa que se resiste a los embates de una política mal habida, denunciando una especie de fascismo cotidiano. Rojo, en efecto, es una representación de cómo una sociedad hace oídos sordos al estado de cosas, se convierte en cómplice silencioso del abuso del poder. Puesto que “todos” quieren convivir en paz, incluso se quiere conjurar el pasado, exhibiendo que el “salvajismo” fue dominado por la fuerza.
Rojo resalta en su tratamiento estético, en su fotografía de tonos ocres, en su ritmo que transmite la sensación de suspensión y de intranquilidad permanentes. Su final abierto puede desconcertar. Con todo el director, se conoce, ganó el premio como mejor director en el Festival de San Sebastián, al igual que Grandinetti y el propio director de fotografía Pedro Sotero.
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