Un rescate a través del lente visto por otro lente

11 de diciembre de 2012 - 00:00

Con “Argo”, Ben Affleck, el nativo de las zonas obreras de Boston, amigo personal de Kevin Smith y Matt Damon, demuestra que lo suyo es la dirección y que lo logrado en “The Town” no fue ningún accidente, sino un interesante paso adelante en su carrera en la industria.

Solo hay un montón de malas ideas, y por esta vez el trabajo de la CIA será elegir la menos mala  de ellas para llevarla a cabo y rescatar a seis estadounidenses refugiados en la casa del embajador canadiense. Era el tiempo de la famosa crisis de los rehenes en Irán, cuando asumía el poder el Ayatollah.

La “mejor mala idea”, y la más viable para rescatarlos, según el experto en “exfiltración” Tony Méndez, es fingir ser el equipo de producción de la película de ciencia ficción “Argo”, que visita Irán buscando locaciones exóticas para rodar. Lo más extraño es que la coartada cuaja y Méndez logra la extracción de los seis estadounidenses en lo que hasta el día de hoy se considera una de las mejores aventuras de cooperación entre gobiernos.

Claro, todo esto lo conoce el público apenas desde 1995, cuando Bill Clinton devolvió a Méndez su estrella secreta, el máximo honor de la CIA. Y no solo eso, fortalecemos el conocimiento sobre tan peculiar hecho político, como debe ser, con una película, que no podía llamarse de otra manera sino “Argo”, dirigida y protagonizada por Affleck, que alguna vez soñó con ser uno de los New Kids on the Block.

Con apenas otros dos créditos como director, “Gone Baby Gone”, protagonizada por su hermano Casey Affleck, y “The Town”, estelarizada por él mismo y John Hamm, Affleck ha ganado más confianza y madurez tras la cámara para lograr un filme cuyo ritmo narrativo es justo el adecuado para contar una convulsa pero intrigante historia política contemporánea.

El éxito le llega apoyado en figuras actorales del cine y la televisión, como Brian Cranston, John Goodman, Alan Arkin, Víctor Garber, Zeljko Ivanek, Kyle Chandler, Richard Kind, Philip Baker Hall, por nombrar a los más identificables. Sin contar con el preciso uso de material de archivos noticiosos de la época de la crisis de los rehenes en Teherán.

Todo es verosímil en “la película dentro de la película”. El maquillista John Chambers (Goodman) y el legendario productor Lester Siegel (Arkin) ponen su nombre y experiencia para que el personaje de Affleck, Méndez, se pueda hacer pasar por el productor de un megafilme de ciencia-ficción que llega con un guión, storyboard, financiamiento, cobertura mediática y plan de búsqueda de locaciones o scouting en progreso.

Luego viene la parte militar o de espionaje, que Méndez domina a la perfección: la falsificación de los pasaportes canadienses para que los seis estadounidenses se hagan pasar por el equipo de producción que supuestamente entró al país árabe apenas hace dos días, cuando en realidad llevan meses en la embajada canadiense en Teherán, mientras todo el país los busca para apresarlos, juzgarlos y condenarlos a muerte.

Los hace practicar día y noche para que se aprendan cada pequeño detalle de sus personajes como el equipo técnico del filme “Argo” porque, si ellos se lo creen, todos les creerán y saldrán del país convulsionado a través del aeropuerto. Méndez también tiene una historia personal: una esposa de la que está separado y un hijo con el que habla por teléfono, pero que representa todo para él. Incluso le inspira el plan de la falsa película para rescatar a los estadounidenses que lograron escapar de la toma de la embajada de su país en Teherán, donde trabajaban.

Los rehenes permanecen retenidos sin esperanza alguna de rescate, ya que es el Departamento de Estado el encargado de toda operación de extracción de personal. Los niños y mujeres leales al gobierno revolucionario, que se está asentando en Irán, permanecen dentro de la legación diplomática estadounidense pegando los fragmentos de documentos destruidos para tener en sus manos la lista completa del personal de esa embajada y sus fotos.

Cada cosa que Méndez hace, con apoyo del embajador canadiense, sus amigos en Hollywood y sus nexos de la CIA, está medida estrictamente en un marco temporal del que no puede salirse, es decir, todo debe ser perfectamente cronometrado y efectuado tan al detalle que los mismos sujetos a ser extraídos y él deben creerse toda la película. El apoyo de Sahar, el ama de llaves de la embajada canadiense, también es decisivo, ya que ella miente a los guardias de la revolución sobre el tiempo que han permanecido en casa del embajador los seis asilados.

Las tomas son de vital importancia para “Argo”, sobre todo aquella al final en que Méndez duerme abrazado por su hijo de 10 años y un paneo por las repisas de la habitación muestra una serie de figuras de acción de ciencia ficción, y entre ellos, un único dibujo sobreviviente del storyboard de “Argo” que el agente de la CIA guardó para recordar su exitosa misión, ya que el resto de material sobre el falso filme debió entregarse para ser archivado y embodegado en las oficinas de la CIA, como material clasificado. Los demás dibujos fueron un regalo a los guardias de la revolución que dieron el último OK para que Méndez y los seis pudieran abordar el avión que les permitió por fin salir del Irán dominado por el antiamericanismo.

La dirección de Affleck lo pone en liga con  otros dos personajes que son los más reconocidos por sus roles simultáneos de actor y director: Clint Eastwood, en el sistema de estrellas de Hollywood, y Woody Allen, en la escena del cine más independiente norteamericano. Sin olvidar al más exitoso predecesor de todos ellos: Orson Welles en “Citizen Kane”.

La película es un thriller básico de espías con todos los elementos para mantener al público al borde del asiento, una alta dosis de intriga política, suspenso sobre el éxito o fracaso de la misión de rescate, tensión por las relaciones personales entre Méndez y los seis, y pavor ante la posibilidad de que los iraníes los descubran. Affleck se ha esmerado porque cada escena tenga un sentido completo y una autonomía sintáctica tan clara que “Argo” es una historia audiovisual que puede leerse desde varios frentes, enriqueciendo siempre el sentido para el espectador.

No hay que equivocarse, “Argo” no es una historia de héroes, y tal vez el Méndez de Affleck sea muy parecido a la caracterización que el mismo actor hizo de Jack Ryan; sin embargo, el filme se adhiere a la retina de quien lo observa sin dar tregua a las ganas de cada vez saber más de lo que va a pasar.

Cada segundo es cautivante y cada minuto es una historia por desarrollarse, lo que no solo se logra en el guión y la fotografía, sino, sobre todo, con el ojo del director. Está claro que el producto que se ofrece es de primera calidad, cine grado A. Pero más importante que eso es que se presenta un fragmento desclasificado de la historia moderna, solo para la interpretación de cada uno.

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