Segundo acto del Arte en la Calle tuvo teatro, fotos, música, danza...

18 de julio de 2011 - 00:00

Con cerca de dos horas de retraso debido a una constante amenaza de lluvia, el segundo acto masivo del Festival Arte en la Calle se inició a las 16:45 del pasado sábado, en las calles Galavis e Isabel la Católica, del barrio capitalino   La Floresta.

En plena intersección, con la vía cerrada al tránsito vehicular, en medio de un pequeño grupo de curiosos que fotografiaban, se levantó la escultura Ola Formato CD, del artista Javier Bustos: una instalación construida con cientos de discos compactos sobre una estructura de alrededor de tres metros de altura, que aludía a una gran ola marina. El color tornasolado de los discos y el reflejo que producían convirtió a la pieza en el objeto artístico más atractivo del encuentro, sobre todo en las primeras horas de la tarde.

Los transeúntes empezaron a llegar, atraídos además por las artesanías, ropa alternativa y los artículos que se exhibían en los quioscos enfilados sobre una de las veredas, y por los murales pintados en la pared de la escuela Quintiliano Sánchez, donde se observaron  obras de los artistas Mo, Bego Salas, SAM3, entre otros. Primó el colorido, los juegos cromáticos, las referencias insistentes a los motivos urbanos y el uso de ciertos trazos que coqueteaban con el cómic japonés.

En el otro extremo de la calle, el grupo Las Ilaloas, compuesto por mujeres cuenteras y danzantes, narraba historias sobre la relación del ser humano con la naturaleza, con canciones de cuna, arrullos y ritmos ancestrales africanos y norteamericanos: “Mashi, mashi, mashicuna, ven y cántame una nana (…) Lucerito de los cielos, ven y dame la vida...”.

Sus voces a capela, al principio, se reforzaban por los golpes contra los tambores. La narración se ilustraba con sonidos guturales, tal vez muy predecibles y especulares, no obstante, algunos de los presentes aprovecharon para sentarse sobre el adoquinado, otros se acostaron frente al grupo de artistas, pero al final de la intervención, un baile colectivo, más bien tímido y poco duradero, los levantó y cerró la primera actuación de la tarde.

Algunos aprovecharon los espacios de tiempo entre cada acto para mirar las fotografías e ilustraciones ganadoras. En ellas, se vio una gama de propuestas visuales que destacaron nuevamente  recursos gráficos para representar a la ciudad y vincularla con la sensibilidad del habitante citadino, en un claro intento de humanizar la cotidianidad. 

Hubo poca asistencia del público, hasta que empezó a caer la noche. Durante el acto teatral del colectivo Humor y vida, con su obra Crepitaciones, que incluyó también danza y música alrededor de una hoguera, el espacio convocó a la mayor cantidad de asistentes. El performance fue, en cambio, un trabajo de exploración alrededor de la vida humana y la necesidad de hacerse de lo material. ¿Cuánto necesitamos realmente para existir? Tan solo lo que cabe en una cesta... Sin embargo, la mayoría de quienes llegaron a esta esquina quiteña acudía  para ver minutos después en el escenario a Miss Goulash, Biorn Borg y a los guayaquileños Niñosaurios.

Fue, precisamente, el concierto de cierre de la jornada, lo que más atrajo al público, a pesar incluso de la llovizna que por fin se desató. Temas de Miss Goulash como Soledad y Geisha (este último suena ya como canción promocional en el portal  de MTV UK) formaron parte de la primera salida, matizada por la entrega de una ejecución vocal atrevida y glamorosa, tanto por sus quiebres agudos como por un timbre feminoide que es ya una marca del trío quiteño. La propuesta cobra contraste y se torna agresiva por las bases punk en el bajo, la batería, la guitarra y los pedales de efectos.

El segundo turno fue para los Biorn Borg cuyas canciones se replicaron en los coros de la gente, lo cual emocionó visiblemente al bajista, Toño Cepeda, quien levantó el puño para luego llevárselo al pecho en señal de agradecimiento a la respuesta de un auditorio que se había acostumbrado a la garúa y al frío.

Luego de que terminó el tiempo asignado para la banda, un coro de voces irregulares emergió de entre el sonoro golpeteo de los aplausos para reclamar un bis. Niñosaurios, finalmente, subieron al escenario para soltar su descarga de rock porteño. Empezaron agradeciendo a las agrupaciones quiteñas que los precedieron, promocionaron camisetas con su imagen y permanecieron arriba hasta poco antes de las 23:00, cuando ya los quioscos estaban vacíos.

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