Secaira: Escribo y dibujo para despojarme de mis dolores

- 19 de septiembre de 2020 - 07:00
Cortesía

Lector empecinado de Borges y Vallejo, de Gil de Biedma y de Panero, Secaira ha decidido dar rienda suelta a una nueva forma de creación: el dibujo.

Juan Secaira (Quito, 1971) tiene las alegrías que se merece; la poesía se ha encargado de aquello desde que un buen día le confió todos -o casi todos- sus caprichos y secretos. Algunos libros dan cuenta de ello, pero esas alegrías también han tenido su contraparte en formidables adversarios: una neuropatía periférica, acompañada de migraña crónica ingobernable, arteriosclerosis y polineuropatía desmielinizante inflamatoria le han vuelto parte del cuerpo dolorosamente desobediente.

Su mano derecha ya no le hace caso, aunque él la obligó un tiempo a obedecerle pues el arte no puede esperar ni quedarse en la memoria; hay que escribir, hay que dibujar, hay que vivir. Ahora se apoya en la izquierda… y en el corazón.

Lector empecinado de Borges y Vallejo, de Gil de Biedma y de Panero, Secaira ha decidido dar rienda suelta a una nueva forma de creación: el dibujo.

"No he querido hablar mucho de lo del dibujo, lo cual se ha profundizado ahora con la pandemia", dice Juan, aquejado por una especie de comprensible desencanto, y quien ya realizó su primera exposición el año pasado, en la muestra colectiva El arte es dicha, en Quito.

Sus dolencias se han acumulado de tal manera que quizás esto -el dibujo- sea una manera de apaciguarlas o, por lo menos, de demostrar que no está solo, que, además de sus versos, los trazos coloridos también lo pueden defender en esta época en que “la muerte ha cortado nuestros días con tanta osadía, fiereza y egoísmo”.

Clasificar sus creaciones, dadas a conocer sobre todo a través de redes sociales como el Facebook, es una tarea harto compleja, porque reflejan una predisposición incuestionable a resaltar emociones íntimas, aspectos intangibles y tangibles que van desde una pareja transitando sobre las olas hasta la hierba crecida al descuido en un solar vacío, desde hombres barbados hasta mujeres con los pechos desnudos y lenguas de fuego.

Los rostros y las miradas predominan en casi todos ellos.

“Desde que comencé a borronear en cuadernos de dibujo y en papeles que encontraba por ahí, hasta el momento, que los hago en cartulinas de distintos tamaños, son cerca de seiscientos dibujos; muchos los he roto luego de un tiempo; otros los he ido mejorando o completando, y se ha convertido en una actividad intensa y llena de desafíos”, señala el poeta, quien ha investigado muy de cerca las obras de artistas como William Kurelek, Louis Wain y Josef Forster.

Salvador Moro, cantor, se suma entusiastamente a sus admiradores captando en sus obras la inmensidad de su alma y “un velo de alquitrán en la mirada”.

Fuera de las fronteras, el artista plástico venezolano Ender Rodríguez ha sido el primero en hablar de su poesía y de sus dibujos en un ensayo publicado en la revista de arte y literatura LP5.

“Sobre sus interesantes, misteriosos y de alguna forma empíricos dibujos, puedo comentar que me envuelven como un enigma. Es decir, desde que conocí sus poemas, más comprendí sus dibujos líricos, complejamente entramados y del alma”.

En consonancia con su sentir poético, Secaira, quien siempre ha sido renuente a valorar sus creaciones poéticas porque eso es asunto de los lectores, y quien tampoco se considera dibujante, comenta una de sus obras -una pelea de box- de esta manera: “Golpes de imaginación válidos para vencer los obstáculos de la vida; el egoísmo cae con el primer jab; las peleas se afrontan antes de subir al ring; las bellas contradicciones de la vida: Solos, pero no abandonados”.

Sobre si el dibujo ha reemplazado al quehacer poético, este admirador de Luiggi Stornaiolo que pronto publicará un nuevo libro de poesía (El confín de los apremios), es enfático en manifestar que “no, de ninguna manera; son pasiones distintas e irremplazables”.

Asegura que la poesía es su gran amor, la que lo “ha desbordado, cobijado, destruido y reconstruido desde cuando era un niño y borroneaba cuadernos sin saber con qué fin lo hacía. El dibujo es un compañero de viaje con el cual se pasa bien”.

Aunque su mano izquierda también ha comenzado a verse afectada, lejos de resignarse a las emboscadas del destino, optimista, el poeta manifiesta, categóricamente, que “podrán cortarme el movimiento, las alas y causarme dolores intolerables, pero no la posibilidad de volar con la mente”. 

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