Feriado Bancario, un signo con dolor

27 de marzo de 2013 - 00:00

Un cuento no siempre comienza en grandes palacios ni rodeado de piedras preciosas; a veces, se encuentra oculto en un cajón y empolvado de sueños.

Revisando mi diario descubrí una vieja historia que volví a recordar mientras lo leía:
“Estaba con mis amigos, en aquella plaza de juegos y memorias, cuando vimos al gordo Fernando que estrenaba bicicleta nueva.
—Miren lo que me compró mi papá —dijo Fernando chillando el pito de su voz en nuestros oídos. Nosotros nos quedamos calladitos.
Al llegar a casa mi papá nos preguntó: —Chicos ¿Qué ocurre?
—Hoy el gordo Fernando nos vino a presumir su bicicleta —le contestó Pedro algo disgustado.
—Cuando era niño, mi mamá solía decir: “Para tocar el cielo necesitas trabajar en la escalera”.
—¿Desean una bicicleta? Lo mejor de este mundo, no es fácil ni es gratis —nos contestó mi papá.
Decididos y con ganas de hacer nuestro sueño realidad, preguntamos:   
—¿Qué haremos para conseguirla?
—Les abriré una cuenta de ahorros, ahí podrán guardar el dinero de sus recreos y trabajar para comprar su bicicleta. Poco a poco harán la escalera, luego solo tendrán que subir por ella —nos respondió papá.

Todos los días guardábamos el dinero del recreo y en las tardes, Pablo, podaba jardines; Pedro, paseaba y bañaba perros; Diego, vendía helados; Cecibel, hacía collares y yo ayudaba a doña Carmita en el bar del colegio.

Cada semana le dábamos a mi papá las ganancias para que depositara lo ahorrado en nuestra cuenta. Luego, algo cambió.

Durante varias noches vi a mi papá dando vueltas, con la mirada perdida mirando a través de la ventana; de repente, anunciaban en el noticiero que la vida y la suerte ahora se jugaban a cara o cruz.

Confundidos, frente a ese hombre de acero con el llanto oxidando sus tiesas mejillas, no atiné más que a preguntarle: “¿Qué pasa papá?”
Sentando a mis amigos en el sofá, con voz quebrantada nos dijo:
—A alguien se le ocurrió congelar su dinero en el banco, hoy tenemos otra moneda, el dinero que ganaron con su esfuerzo ya no sirve para la bicicleta, ya no vale nada.
Nunca sabremos cómo pasó. Todo lo que teníamos ya no estaba, se lo llevó quién sabe quién; nuestra bicicleta, nuestro sueño. Nuestra escalera quedó pequeña. Pusieron el cielo más lejos.  

Nosotros sentimos que el llanto crecía como libre caudal. Entonces, yo reclamé:
—Papá me enseñaste a luchar para tocar el cielo, a confiar, a soñar y ahora no tengo nada en las manos; ¿Dónde quedó el sudor de nuestra frente? ¿Dónde quedaron las ganas de luchar? ¿Adónde fue a parar nuestro tiempo? ¿Quién se robó nuestro sueño?

Mi papá sin poder sostener su mirada en la mía, solo pudo decir:
—Les enseñé el valor de un sueño, su precio y las ganas de luchar. Les dije cómo transformar su tiempo en escalera al cielo; pero jamás les enseñé que para soñar tienes que pensar en quién confías tus sueños. Nunca les dije que debían saber que si le dan el poder a la persona equivocada también se arriesgaban a que sus sueños sean el juguete de aquel que se hace llamar “presidente”.

Dejando una lágrima sobre la hoja de mi diario recordé cómo un día mi padre, con vergüenza, sentía impotencia de no poder culpar a nadie, porque fue él quien con esfero en mano le dio el poder a quien destruyó lo más valioso de su vida: la confianza de su hija.

Meritxell Riofrío, Loja 16 años

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