Euler Granda, el riobambeño que fue la voz de otra poesía

- 24 de febrero de 2018 - 00:00
Residió la mayor parte de su vida en Quito, después de iniciar la universidad y dejar su natal Riobamba. En esta ciudad ejerció la escritura y la medicina.
Foto: Archivo / EL TELÉGRAFO

Perteneció al grupo de los tzántzicos. Empezó a escribir mientras estudiaba medicina en la Universidad Central del Ecuador. También se dedicó a la psiquiatría. Obtuvo el Eugenio Espejo.

Euler Granda nació en Riobamba el 7 de junio de 1935. Cuando terminó el bachillerato viajó a Quito a estudiar medicina, una carrera a la que consideró muy dura, de sacrificios extremos como  estar despierto desde las 04:00 hasta el siguiente día. Un día, un primo, con el cual se encontró en los pasillos de la Universidad Central le preguntó “Oye, ¿tú escribes?”.

Granda le enseñó sus textos breves, sus primeros poemas, los cuales fueron publicados en una revista de circulación local y constituyeron el inicio de un trabajo con el cual empezó a mirar más en las condiciones humanas y sus contradicciones que en sus enfermedades.

Después de residir en Quito por algún tiempo, se cambió a la Universidad de Guayaquil, allí terminó su carrera sobre la memoria y el hombre, en 1965. En esta misma universidad se graduó de Psiquiatría para luego empezar sus trabajos en el mismo hospital en el que murió aislado el lojano Pablo Palacio.

Después regresó a Quito y su vida se repartía entre la cátedra y las funciones que tuvo como médico y la escritura. Perteneció al grupo de los tzántzicos y en vida recibió homenajes, leyó en voz alta sus poemas y publicó alrededor de 17 libros.

Residió la mayor parte de su vida en Quito, después de iniciar la universidad y dejar su natal Riobamba. En esta ciudad ejerció la escritura y la medicina. Foto: Archivo / EL TELÉGRAFO.

Para Granda era fundamental que aquel oficio noble al que consideraba la medicina adquiera el compromiso del ejercicio en muchas otras facetas del quehacer humano. Él mismo creía que la mente es una esponja, que mientras más información recibe, más conocimientos alcanza, llegando al logro del anhelo estético en su personalidad.

En una entrevista que le hizo el escritor Luis Carlos Mussó este le pregunta, en medio de un encuentro fortuito que tuvo con el autor en el aeropuerto de Cuenca, que “¿hasta dónde llega lo telúrico y la antipoesía como rasgos dominantes en su obra?”. Que el hombre es unívoco, contestó Granda. “El hombre es indivisible, la resultante de lo ontológico y el entorno. Lo telúrico es el soporte de la experiencia humana, es la anastomosis entre el ser y el acontecer”, dijo Granda.

Agregó que “la poesía como súmmum, como esencia participa del todo. Está presente en toda manifestación pensada, hablada o escrita. El hombre pegado a la tierra, apegado al microcosmos y al macrocosmos. De modo que para mí lo telúrico no es sino la compenetración del creador. Lo telúrico está en todo y carga sobre sus hombros a todo el universo”.

La psiquiatría, una arma

Para el autor de poemarios como ‘Un perro tocando la lira’, una de las características de la poesía es la ubicuidad, “está en todo tiempo y en todo lugar: y en el pueblo va de mano en mano. Todo es cuestión de andar con el carcaj y la red de pescar”.

Consideraba a la psiquiatría como un arma aliada, como su red de pescar. Cuando Mussó lo interpela al respecto, Granda responde que “la psiquiatría es el tercer ojo que nos permite esculcar en los entresijos y en el subsuelo del ser humano. Es una disciplina que nos permite leer en el libro abierto de la vida y de la muerte. Nos permite decodificar las claves de estímulo - reflejo y sobre todo los dos polos de lo cognitivo, el rico espacio de lo emocional”.

Tras su muerte, este jueves 22 de febrero en Portoviejo, la gente a la que conoció en vida empezó a inundar las redes sociales con fragmentos de su obra y en un mundo, en el cual muchos autores mueren en el ámbito del olvido, Granda parece estar lejos de esa condena cotidiana.

Su obra fue recientemente homenajeada en ciudades como Riobamba, donde nació, o en Quito, en festivales de poesía. Su obra inauguró la colección El almuerzo del solitario, lanzada por el Centro de Publicaciones de la PUCE el año pasado, con la obra ‘Reaparición incesante’.

Para el cantautor Jaime Guevara, Euler Granda le abrió los ojos a muchos al arte concebido como un ángel de rebelión y ternura. “Fue un poeta que sabía sacarle el zumo de lo mágico a la ironía, al humor, a la rebeldía y al amor a prueba de mundo. Además fue un fervoroso militante de la izquierda -cuando todavía nadie distorsionaba las alas a la utopía- y un ilustre galeno al alcance del bolsillo popular”.

Para su paisano, Víctor Vimos, quien actualmente reside en Perú, en la obra de Granda hay una clave singular desde la que se puede leer, también su poesía y es su disidencia radical de las formas solemnes.

“Desde ‘El rostro de los días’, su primer poemario, Granda deja sentada su filiación con una búsqueda sostenida en el lado menos formal de la sociedad. No son suyos los temas que buscan el orden, la clasificación, la sentencia. Su vocación está en el conflicto, en el anonimato de los bolsillos vacíos, en el insomnio de los que ven clarear sin probar alimento. Ahí, en las voces que logra escuchar entre las tumbas, entre los fragmentos, aguarda la astilla de luz con la que incendia el silencio”, dice Vimos.

Para este autor, la poesía de Granda no pretende mesura, y surgida a inicios del 60 propone una ruptura radical con las formas canónicas de la poesía escrita, hasta entonces, por ecuatorianos. “Euler Granda no presta la voz para dar denunciando la injusticia ajena. Ese rol de poder, cualquier rol de poder le es incómodo. Siguiendo el destino de poeta, disuelve su voz en una fe irrestricta en el hombre. Poner en crisis constante su identidad es erigir una voz nueva, que no oprime, que no interpreta, que no explica: dice solamente, como se dicen las cosas de la infinita belleza. Esa es una sus marcas, con la que ahora nos deja huérfanos en el mundo”.

Cuando Luis Carlos Mussó le preguntó si es incorrecto leer su trabajo lírico como un llamado a la solidaridad. Granda respondió que lo era. “Es realidad, el mensaje de mi poesía no tiene intencionalidad de lo solidario, es más bien un desnudamiento del ser y sus conflictos, una disección del clima anímico y un rompimiento con las patrañas que suenan bonito pero que cada vez apesta más la podredumbre y además nada nuevo dicen”.

Granda fue de esos autores que recibió reconocimientos literarios por su carrera. Entre estos están las dos veces que ocupó el primer lugar en el Concurso Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño (1961 y 1996), el Premio Jorge Carrera Andrade del Municipio de Quito (1988) y el Premio de Poesía Jorge Luis Borges.

Fue además jurado del Premio Casa de las Américas y en 2009 el Gobierno Nacional le entregó el Premio Eugenio Espejo, el mayor galardón literario otorgado a quienes ocupan su vida a la labor cultural del país. (I) 

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