Siete piezas y colecciones del museo devorado por incendio

- 03 de septiembre de 2018 - 16:50
Un hombre muestra un cartel en el que se lee "Cultura en luto" frente al Museo Nacional de Río de Janeiro.
Foto. EFE

Un total de 20 millones de piezas formaban el acervo del Museo Nacional de Rio de Janeiro, hoy convertido en una metáfora de la calamidad financiera que atraviesa ese estado, golpeado por numerosos escándalos de corrupción que han carcomido las cuentas públicas.

Con más de dos siglos de historia, el Museo Nacional guardaba en su interior un invaluable patrimonio, con colecciones que incluyen animales disecados, utensilios indígenas, momias y fósiles de diferentes periodos históricos.

A continuación seis tesoros históricos que se perdieron con el incendio:

Luzia, "la primera brasileña"

Luzia, el esqueleto más antiguo encontrado en Suramérica, "murió", al menos de forma simbólica, sostuvo la presidenta del Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (Iphan), Katia Bogea.

Con cerca de 12.000 años de antigüedad, el fósil humano fue hallado en el estado de Minas Gerais en 1974 y corresponde a una mujer que falleció entre los 20 y los 25 años de edad.

A partir de su cráneo, un equipo de la Universidad de Mánchester (Inglaterra), dirigido por Richard Neve, realizó una reconstrucción digitalizada de su rostro, que sirvió de base a una escultura sobre su hipotética figura.

Gigantes prehistóricos

El Museo Nacional era conocido por la riqueza de su departamento de paleontología, con más de 26.000 fósiles, entre ellos el maxakalisaurus topai, un esqueleto de dinosaurio descubierto en Minais Gerais. Este vivió durante el período Cretáceo (hace más de 80 millones de años).  

Además, numerosos especímenes de otras especies extinguidas (perezosos gigantes y tigres dientes de sable).

Colección egipcia

El museo también poseía el mayor acervo de cultura egipcia de América Latina, como el féretro y la momia de la cantante-sacerdotisa Sha-amun-en-su (alrededor de 750 aC), siendo una de las únicas del mundo aún cerrada en su sarcófago, magníficamente decorado.

También había el ataúd del sacerdote Hori (entre 1049 a 1026 a. C.), que fue el guardián del harén real de un faraón, llegando hasta ser dañado por una lluvia que destruyó los tejados del museo. Además, también había la tapa del ataúd de Harsiese (unos 650 a 600 aC) y estatuillas, estelas funerarias y amuletos.

Gente nativa del mundo

Los artefactos de pueblos indígenas brasileños, como tikuna, tukano, paresi, nambikuara, kadiwéu y otros también estaban en el museo, además de objetos de pueblos africanos y también del Pacífico, como polinesios, melanesios y neozelandeses.

Ecos de la realeza

El Museo en sí era un tesoro. Antigua residencia de la familia real portuguesa y luego de la familia imperial brasileña, el Palacio de San Cristóbal tiene una extensión de 11.400 m2, de los cuales 3.500 m2 se destinaban a salas de exposiciones.

Inaugurado hace dos siglos por la realeza brasileña, fue el escenario escogido por la princesa Leopoldina, mujer del emperador Pedro I, para firmar la declaración de independencia de Brasil en 1822 y también acogió la primera Asamblea Constituyente que marcó el fin del imperio en Brasil.

Colección de zoología y herbario

El área de zoología reunía, con fines científicos y educativos, una exposición y acervo con 6,5 millones de especímenes de  taxidermizados, como aves, crustáceos, insectos, moluscos, escorpiones y arañas. Los ejemplares eran únicos, pues algunos están extinguidos, y servían de base para las publicaciones científicas.

Además, su herbario, con una muestra de 550.000 plantas, fue creado en 1831.

Bendegó, el sobreviviente

Lo que sí que sobrevivió al fuego fue el meteorito Bendegó, el mayor encontrado en el país, que, a diferencia de otras piezas, es resistente a altas temperaturas.

Con 5,6 toneladas de peso, la piedra fue hallada en 1784 en el estado de Bahía (nordeste) y fue trasladada al Museo Nacional de Río de Janeiro en 1888 por órdenes del emperador Pedro II.

Hecho de hierro y níquel, el meteorito tiene cerca de 2,20 metros y se encontraba justo en la entrada del museo. Se convirtió en un símbolo de resistencia al ser encontrado, sin mayores daños, después del incendio que destruyó todo el edificio. (I)

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