Un artista plástico quiteño alcanza el “sueño chino”

- 02 de septiembre de 2018 - 00:00
El artista plástico capitalino en su atelier en Pekín, la capital de China. Ha pintado en ese país alrededor de 200 obras grandes y pequeñas. Este año ha producido alrededor de cinco trabajos.
Foto: Jimmy Tapia/ El Telégrafo

Leonardo Cevallos es el que lleva más tiempo en el Gigante Asiático. Allí consolidó su carrera de pintor. Fusiona la técnica ecuatoriana y la del país que lo acoge.

Luis Leonardo Cevallos Álvarez, de 53 años, espera en los exteriores de la estación del metro de Jiangtai en un día muy soleado y húmedo de Pekín.

El ecuatoriano camina, en camiseta y bermudas, hasta la parada para conversar sobre el desarrollo de su carrera en una tierra tan lejana y de clima tan distinto al de su natal Quito.

A Leonardo -como prefieren llamarlo sus allegados- sus padres le pusieron nombre de artista. Y, como si fuera un presagio de ellos, un día optó por la pintura (ocultamente de su progenitor).

Desde que llegó a China, hace más de dos décadas, se gana la vida de esa forma (aunque también ha hecho otros trabajos esporádicos).

Su larga estadía lo convierte en uno de los compatriotas con más años de residencia allí.

“Vamos a tomar un café o un jugo para conversar. Pero yo prefiero un jugo que no esté helado. Ya soy casi chino”, bromea sobre el hábito de los nacidos en esa nación de consumir líquidos tibios en esas altas temperaturas para mantener el equilibrio corporal.

Como en esta nación el transporte público es el principal medio para movilizarse, uno espera abordar otro metro para llegar a un centro comercial, pero Leonardo se detiene frente a un auto BMW blanco e invita: “Vamos en mi carro”. Luego recuerda: “Cuando vine yo solo tenía una bicicleta”.

El éxito de este compatriota de alguna manera se refleja en los precios de sus cuadros. Ha podido vender una obra hasta en $ 30.000 (la galería se llevó un porcentaje). Sus compradores son personas de un alto poder adquisitivo.
Leonardo, de cejas pobladas y estatura mediana, hace en el restaurante el pedido de dos bebidas en perfecto mandarín.

Aunque cuando recién llegó, en 1995, el idioma fue su mayor obstáculo.

Pero no dudó en subirse en un avión con destino a ese país tras ver un letrero en el Instituto Ecuatoriano de Crédito Educativo, el cual ofrecía una beca de posgrado en Grabado Tradicional Chino en la Academia Central de Finas Artes de Beijing. Anteriormente había terminado su licenciatura en Pintura y Grabado en la Universidad Central del Ecuador.

La muerte de su madre y de su hermano en la década del 90 lo empujaron, en un estado de tristeza, a marcharse.

Como todo los estudiantes extranjeros en China, tuvo que cursar clases de mandarín para realizar una prueba de suficiencia. Leonardo, dos décadas después, recuerda que no entendía nada.

“No soy bruto, lo que pasa es que no entiendo”, le escribía un papel a la docente, quien se reía de su ocurrencia.

Como no veía progreso, optó por otro método: tener una amiga china. “Pasaba todo el día con ella en la Universidad hasta que logré entender. No me daba vergüenza hablar mal. Hay que lanzarse y que te corrijan”, aconseja.

Finalmente, tuvo que escribir un trabajo de investigación al que llamó “Dos Manos”, el cual resume lo que ha pasado con su transformación. “La izquierda es Ecuador y la derecha China. Son la imaginación y la técnica”, explica.

Él mientras maneja por Pekín cuenta la transformación física de la metrópoli, la cual ha evolucionado como él. Los edificios altos reemplazaron a las pequeñas construcciones. “La ciudad olía a cemento. Las camas de las habitaciones universidad eran de madera y los colchones de paja”.

Ahora esos centros tienen grandes infraestructuras. En esa época, él se mantuvo creando.

A los tres meses pudo hacer una exposición y también pintó su habitación de la universidad de negro para deshacerse de su compañero de cuarto. “Tuve que pintar para ganar dinero y cancelar el alquiler de la habitación para mí solo. Vendí bastante”.  El país pasó por un boom económico.

Desde aquellos tiempos sus piezas también han llegado a colecciones privadas de Asia, Europa y América.
Los colores de sus cuadros son vivos, justamente lo que gustó a sus maestros y encanta a sus compradores. Su taller está a pocos minutos de casa, en el cuarto anillo de la capital.

En esa zona hay más artistas que tienen sus espacios para dedicarse a la fotografía, pintura y escultura. Un sitio silencioso, cuyo alquiler resultaría costoso en el mercado ecuatoriano:  60.000 yuanes al año.

El taller, de forma rectangular y dos plantas en el interior, tiene espacio suficiente para sus máquinas, cajoneras, mesa de trabajo, cocina y más.

Allí guarda piezas multicolores que ha creado en China y otras que está en proceso de terminar. Algunas están a la venta y otras no (por su significado personal). Muestra un cuadro dedicado a su familia ecuatoriana: “Este no lo podría vender”. También se le quiebra la voz cuando piensa en el Guagua Pichincha. En sus pinturas desfilan monos y elevados del Ecuador, mujeres asiáticas, flores chinas, dragones y otros personajes.

“Pinto mis vivencias y lo que pienso del mundo”, explica y recuerda que su arte era abstracto.
Todo su taller es una fusión de dos culturas distintas y distantes.

Pone música latinoamericana mientras comienza a cortar materiales y moldes con una navaja china.

Usa papel de arroz y tinta que solo venden en este país y emplea la técnica del grabado aprendido en Ecuador.
Incluso, gracias al arte conoció a su esposa y tuvo una hija con ella (ambas chinas). Ellas también aparecen en un retrato junto a él con una mano, que simboliza al Gigante Asiático.

Próximamente, entre el 6 y 10 de septiembre, participará en el V Festival Internacional de las Artes Ruta de la Seda, en Xiang, con algunos de sus trabajos. En ocasiones allí algunos compradores conocen su obra, aunque la mayoría de clientes llegan solos al taller por referencia de otros.

Sobre su futuro solo sabe que está bien en China, donde tiene su casa y una familia feliz. Aunque le gustaría algún día retornar al Ecuador. Recuerda que en Quito siempre le gustó subirse a las montañas y ver desde arriba el panorama para disfrutar de lo que hay más allá del horizonte. En este momento, en China, prefiere mantenerse en la cima en la que está su carrera. (I)




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