La victoria de Junín, Canto a Bolívar

01 de diciembre de 2013 - 00:00

La victoria de Junín/Canto a Bolívar, de José Joaquín de Olmedo, se editó originalmente en 1825, en Guayaquil. Se imprimió luego en Inglaterra y Francia, así como en toda América Latina. Aunque fue citada por estudiosos y especialistas españoles, no fue publicada en España.

La edición actual, bajo el cuidado de Raúl Vallejo, está llena de estudios y datos colaterales de enorme valor para comprender al poeta y al Libertador.

Uno de los trabajos más significativos es el que se titula Olmedo cantautor de la independencia.

En él se nos recuerda que “Bolívar y Olmedo, el guerrero y el poeta, fueron legisladores y hombres de Estado”.

Protagonistas ambos de un momento épico de la Patria naciente: el uno como héroe de la guerra de independencia transformado en héroe de un poema, el otro como poeta de esa lucha que hizo del guerrero el héroe mítico del canto que lo celebra.

Olmedo, en efecto, celebra la independencia, pero también la vive, es un activista de ella, por eso es justo subrayar que no solo la aplaude sino que es, sin duda alguna, su cantautor porque también la hace, la realiza.

No es, entonces, únicamente su cantor sino “un su autor”, usando un giro expresivo chapín, esto es guatemalteco.

La primera edición de este volumen (Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, estudio introductorio, cronología, selección de cartas y cuidado de texto de Raúl Vallejo: prólogo de Fernando Iwasaki: ediciones 12 calles, España) data de 2012.

La que estamos comentando es la segunda y tiene el sello de la Corporación Editora Nacional, Quito 2013.

Es muy práctica y didáctica la “Cronología de la vida y obra de José Joaquín de Olmedo”, que deviene un elemento facilitador de la lectura global del volumen.

La correspondencia entre el Libertador y Olmedo muestra, por su parte, la sencillez y sensibilidad del guerrero, su ninguna prepotencia, incluso su sorpresa de ser objeto de ese canto que lo exalta.

Pasado el tiempo y tras una campaña mediática encaminada a convencernos de que somos un país de ganadores –mientras nos desmembraban territorialmente y apenas pudimos ser campeones mundiales de cuarenta (la caída en la serranía), un juego de naipes que solo se practica en Ecuador- quedamos peor que la novia de mosquerita, que era muy joven pero, pobrecita, estaba en la mierda.

Así nos convertimos en los conformistas de la mediocridad cotidiana, ridículos, felices porque quedamos penúltimos en 100 metros planos, corriendo contra 100 metros en subida.

En medio de todo, Emelec no pudo coronarse campeón en su estadio y ante su gente, a pesar de la gran ventaja de puntos que tiene sobre los demás equipos.

¿Se le bajó el voltaje al equipo eléctrico?

No, replica uno por ahí, seguramente emelecista. Y añade que así es el fútbol, que cuando la esférica no quiere entrar, no entra.

Será campeón, no hay duda, y solo es cuestión de días, interviene otro con cara de enchufe, eléctrico sin duda, a quien acompaña un interruptor.

Mientras tanto nos protegemos con nuestra adefesiosa cursilería (¿qué cursilería no es adefesiosa?) y nos creemos la mamá de los pollitos porque casi le pegamos al gordo del miss Universo, y celebramos, of course, y así vamos patrás, de casi en casi hasta quién sabe cuándo y sin el casi.

El fútbol es así, caprichoso, y las mujeres, que generalmente odian el fútbol, son como este, caprichosas. Los hombres, en cambio, son como el público, veleidosos, que no es lo mismo pero da igual. Capricho viene del italiano y es un deseo vehemente y repentino de apoderarse o de hacer algo sin motivo aparente. El veleidoso responde a un estímulo que lo afecta, estímulo que no es fácil de ubicar ni de medir pero existe.

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