Julián Herbert: “La literatura es un don y un látigo para autoflagelarse”

- 07 de septiembre de 2018 - 00:00
El autor mexicano Julián Herbert fue uno de los invitados internacionales programados para el primer día en la FIL. Hubo una mesa dedicada a su obra.
Foto: catedraabierta.udp.cl

El mexicano, autor de la novela Canción de tumba, es uno de los invitados a la FIL. Hoy estará en una mesa sobre los territorios borrosos en los géneros literarios junto con la argentina Ariana Harwicz y el dominicano Frank Báez.

Julián Herbert disfruta salir de Saltillo, la capital del estado de Coahuila, en el norte de México, solo porque sabe que va a volver. Este escritor es uno de los autores invitados a la Feria Internacional del Libro de Guayaquil (FIL).

En la primera mesa en la que participó, una de las que inauguraron el encuentro literario que se desarrollará hasta el domingo en el Centro de Convenciones, leyó un poema autobiográfico que escribió hace casi 20 años, cuando tenía 27.

El autor de libros como el premiado Canción de tumba o el reciente cuentario Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino, cree en la literatura como una forma de don con el cual al mismo tiempo es posible autoflagelarse.

De allí que su objeto literario no sea retratar la violencia ni convertir a la escritura en una forma de embutir evidencias del narco al estilo de comida para microondas.

Su literatura cuenta historias de amor donde se filtra de manera inevitable la violencia que lo rodea.

Antes de empezar su diálogo en la FIL de Guayaquil, reconoce que parte de su alegría tiene que ver con estar en la ciudad natal de quien considera su abuelo literario, el escritor Miguel Donoso Pareja. Cuando tenía 13 años, Herbert era un lector asiduo de literatura del siglo XIX.

Pensaba que los escritores no existían más, que no era posible vivir de la literatura hasta que un día llegó a la Biblioteca Harold Pape, de Monclova, y se enteró de que entre sus proyectos literarios había encuentros con escritores. “¿Sí existen?”, se preguntó.

Entonces le respondieron que no solo que existían sino que además había lugares donde la gente se puede formar para ello y ejercer el oficio durante toda su vida.

Durante su estancia en México, Donoso Pareja sacó de la capital sus talleres literarios para llevarlos a otros lugares del país, como el norte, donde reside Herbert. “Yo vengo de un pueblo muy pequeño y de una clase muy baja”, recuerda el escritor.

Para Herbert, la actitud de escritores como Donoso Pareja fue vital para su formación como escritor, porque de otra manera, no hubiera tenido las cosas que tuvo.

“Muchas personas que me dieron esta idea del mundo, que está relacionada con compartir el oficio, llegar a otros grupos sociales”.

En una entrevista concedida a este diario, el autor concluye: “Así fue como crecí y me formé”.

A pesar de escribir con furia y con tristeza, Herbert no cree que la literatura sea exclusivamente para la catarsis. Se fía de ella desde la experiencia estética. Parte de sus lecturas intensas de 13 años al escritor inglés Oscar Wilde le configuraron en la cabeza una idea de belleza del lenguaje, de la sonoridad.

“Es curioso –dice Herbert– porque tengo muchos desacuerdos ideológicos con Oscar Wilde, pero estéticamente, desde el lenguaje, me identifico”.

El también autor de poesía, como Cristo no te ama (traducido al alemán por Timo Berger), explica cómo concebía la creación literaria: “Para mí, desde el principio, se trataba de aprender un oficio, como un carpintero aprende a hacer una mesa que no quede chueca, que esté bien hecha. A los talleres iba a robarles los trucos a los escritores”.

Para Herbert, el hecho de deshacerse de las historias de violencia como tema central responde a un interés por sacarlas del foco –en el que todo parece igual– para contar la historia de humanos que sienten, aman y que se enamoran...

Ahora mismo se está embarcando en la escritura de una historia de amor que ocurre entre una mujer que enviuda y un hombre con una vida sexual muy activa, que ama de vuelta a esta mujer que aún guarda duelo por su hijo y por su marido, asesinados por el narcotráfico.

Otro de sus proyectos actuales es la historia de un chico de 15 años que debía acostarse temprano una noche porque a la mañana siguiente tenía una prueba de fútbol y si jugaba bien le darían una beca para ir a Estados Unidos.

Antes de dormir, le pidió a su madre ir a abrazar a un amigo cercano porque era su cumpleaños. En el momento en el que cruzó la calle un comando armado los confundió, los levantó, asesinó y quemó.

“No quiero corporativizar esas historias, pero me han cambiado la vida. Entonces, ¿qué hago? No quiero abusar de las historias de los demás, pero las llevo dentro”, reflexiona Herbert.

Para el mexicano, el ser escritor hace que las historias que toca se interioricen.

“El mundo está hecho de semillas, todo lo que me rodea son semillas. Las historias que cuentas de algún modo se convierten en tuyas y luego del lector”, explica. Y añade que la razón es que “todo está conectado”.

Para Herbert, el reto radica en tomar decisiones. “Lo que está cabrón, lo que es rudo para uno como escritor es saber elegir qué hacer con cada persona, o la frase con la que estás conectado, y elegir lo mejor posible para la existencia del oficio al que te dedicas. Creo que cuando eres escritor te dan un don, y con el don te dan un látigo para autoflagelarte”. (I)  

Trayectoria

Julián Herbert (1971)

Es novelista, poeta, ensayista, cronista, músico y académico; fundador del colectivo de arte interdisciplinario Taller de la Caballeriza. Con Jorge Rangel, desarrolló Soundsystem en Provenza, una performance de electropoesía.

10 Cuentos incluye su último libro, Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino, editado en 2017.

Actividades en la FIL

Hoy, a las 18:00, Herbert hablará con Ariana Harwicz y Frank Báez acerca de los territorios borrosos en los géneros literarios.

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