Carlos Gamerro: "Borges tenía prejuicios contra los indígenas"

- 25 de junio de 2018 - 00:00
Marco Salgado / EL TELÉGRAFO

El autor de la novela Las Islas ha sido invitado a dos ferias del libro ecuatorianas en menos de un año. Cuestionó la forma en que las librerías enfrentan a los lectores y también le hizo una crítica a Jorge Luis Borges, muy cerca del auditorio que se llenó para escuchar a María Kodama.

La tercera y cuarta visitas del escritor argentino Carlos Gamerro a Ecuador se dieron para dos encuentros literarios que han tenido un desarrollo inusitado. En septiembre de 2017 estuvo en la Feria del Libro de Guayaquil y, la semana pasada, fue invitado a la Feria del Libro de la PUCE.

El autor entra al Centro Cultural de la Universidad Católica con la tristeza de haber visto perder a la Selección Argentina de fútbol en su partido frente a Croacia. Se sienta sobre un sofá negro, toma café, voltea la mirada hacia una pila de títulos y suelta: “ocurre algo grave en el mundo editorial de la lengua española...”.

¿Un problema de las librerías?

Que no diferencian a los best sellers de la literatura de calidad, digamos. En el mercado anglosajón, por ejemplo, uno entra a una librería y tenés un sector que es de ficción y otro de los más vendidos. En el uno encontrarás lo que es la buena literatura y, en el otro, una distribución por el tipo de tapa o letra. Así el lector no se confunde.

Y no suele haber best seller en el género del cuento...

Solo en novela. Todo es muy distinto a lo que pasaba en los años 60 y 70 con el boom literario, allí los best sellers eran los mejores autores: García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa. Ahora hay una confusión entre todo porque al tratar de vender lo más popular como si fuera buena literatura, el cuento queda un poco segregado.

¿Por qué no hay esa guía?

Hoy se decide en una mesa qué autor se va a vender. Se dice “este va a ser nuestro producto” y todos caen presos o víctimas de ese sistema —sin querer sonar tan melodramático—; las agencias literarias tienen autores que producen el dinero y los venden como buenos por eso. No tengo nada contra los best sellers pero me parece mucho más honesto el mercado anglosajón que los separa tajantemente. Deben ser géneros con formas de venta diferenciadas.

Ha dicho que en el ensayo hay comodidad y la ficción conlleva un riesgo. ¿Cuál prefiere?

La segunda, que es un lugar donde vivir. Ahora venía en el avión y cuando dejé de leer o mirar películas me fui al mundo de mis personajes porque estoy escribiendo una novela. A la noche hice igual. Una de las ventajas o recompensas que tengo cuando escribo ficción es que al irme a dormir, en lugar de pensar en mis problemas, pienso en los de mis personajes; es mucho más entretenido. El ensayo, en cambio, surge del par de ideas que vienen cuando camino por la calle o cuando me estaba duchando esta mañana. Esto tiene que ver con cierto encanto y el desafío de estar en riesgo.

¿También es cuestión de oficio?

Y de trabajo. Cuando estoy pensando en un ensayo no me tortura si encuentro o no la manera, sé que si trabajo ocho horas en ello, voy a producir tanta cantidad de páginas. Y si me propongo trabajar durante esas horas por día durante un mes haciendo ficción, por ahí no me sale una sola línea decente. Eso es más frustrante y agotador, pero es una incertidumbre, aventura que lo hace más intenso. Es la posibilidad de fracasar.

A eso se suma que la corrección política impone límites morales, pero no ataca a las reverencias...

Uno puede comprobar en literatura que es mucho más letal el homenaje que la sátira y la parodia. Hay algo vivificante en el humor. La sátira sirve para sacar lo que ya está muerto de ciertos mitos, sean los que envuelven a Eva Perón o al Che Guevara. Yo a ellos les di con todo y quedó un núcleo admirable, vital en su acción. Resisten y si uno no los ataca un poco solo queda lo congelado, el mármol o bronce, y en la literatura eso no funciona porque no tiene vida.

La sátira es muy productiva...

La palabra es esa. Yo trabajo con mitos nacionales y latinoamericanos, como la Guerra de Malvinas. Me han dicho que mi literatura es desmitificadora; no, es remitificadora: me gusta encontrar el núcleo productivo de los mitos, su corazón y hacer que aparezcan de nuevas formas. El homenaje congela lo que ya está y del alguna manera lo mata. Basta ver lo que pasa con el Che Guevara en Cuba: ¿A qué joven puede llenarlo de fervor revolucionario su veneración y culto, tan dogmático y estereotipado?

Y también ha cuestionado el racismo de los mitos indígenas...

Lo traté en algunos capítulos de Facundo o Martín Fierro, un libro que toma su título de Jorge Luis Borges, que empezó a decir en los años 70 que si hubiéramos canonizado el primero en lugar del otro, viviríamos en un país mejor. Lo dijo en momentos en que volvía una guerrilla, Montoneros, con la cual parecía que la barbarie de raíz indio-gaucha regresaba. Borges tenía muchos prejuicios contra los indígenas, decía que no habían contribuido en nada a la cultura americana, no solo a mi país. Es una barbaridad, tenía sus taras y obsesiones, no era tan genial en esto porque todo lo que girara alrededor del peronismo lo ponía un poco fanático. Lo que caracteriza al racismo en Argentina es que a partir de la Segunda Guerra Mundial su discriminación hacia los pueblos originarios ya no se articula como discurso sino como prácticas silenciosas. El nuevo discurso es mascullado e inconsciente y resurge de vez en cuando porque no se ha incorporado la cultura indígena. (O)  

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