En temporada baja “hay que ajustarse el cinturón”

- 23 de junio de 2019 - 00:00
Durante la temporada baja, los operadores turísticos de la comuna Ayangue esperan por horas a personas interesadas en realizar paseos o sesiones de buceo en alta mar. Ellos aguardan a los visitantes de la Sierra, que llegan en julio.
Fotos: Mario Valiente Velásquez / ET

De diciembre a mayo, los comuneros aprovechan la temporada alta para ahorrar; fuera de época, deben buscar alternativas para completar la mesa y subsistir.

“En el mar la vida es más sabrosa’’, dice la conocida frase. La realidad es que esta aplica solo para quienes se encuentran de paso por la costa. Para quienes hicieron del mar su hogar y sustento, la “sabrosura’’ depende de la estación.

Si bien las grandes ciudades costaneras como Salinas o Manta mantienen un flujo constante de viajeros durante todo el año, esto se debe en gran parte al amplio catálogo de servicios que tienen para ofrecer.

Pero para los habitantes de las pequeñas comunas de Santa Elena, donde los servicios son aún precarios y deben apostar al llamado “turismo de paso” para ganarse la vida, hay que saber domar las estaciones del año.

“Le llamamos turismo de paso porque la gente no se queda, solo come, compra algún recuerdo y se va”, dice Darwin, quien se dedica a la venta de tortillas y maduro en la curva de San Pablo.

Esta comuna es punto de referencia para quienes vacacionan por las playas de la conocida Ruta del Spondylus, una vía que atraviesa las costas de las provincias de Santa Elena, Manabí y Esmeraldas.

El pueblo es conocido por ser el más grande paradero gastronómico de la Ruta.

Decenas y decenas de cabañas rústicas copan la playa y permiten saborear los frutos que el mar tiene para ofrecer, al tiempo que se disfruta de la panorámica.

En la Cabaña de Pablo -una de las más visitadas- el mesero Byron se preocupa por el ínfimo número de clientes que ha visitado el negocio en el mes de junio.

“Es que ya comenzó la temporada baja, el feriado del 24 (de mayo) fue el último de la temporada, de aquí cada vez vienen menos turistas”.

La reconocida discoteca Lost Beach, en Montañita, cierra entre semana al finalizar la época playera (foto).

Dice que para quienes se dedican a la hotelería y el turismo, se debe aprovechar la temporada alta para “hacer plata” porque una vez que el clima cambia, los turistas llegan a cuentagotas y “hay que ajustarse el cinturón”.

“En época playera fácilmente se supera los 100 clientes en un día; ahora si se llega a veinte es mucho”, lamenta.
Para captar la mayor cantidad de comensales, Byron se pasea de un lado a otro al pie de la carretera. Con menú en mano aborda a cada vehículo que detiene la marcha.

“Tenemos pescado frito, camarones, calamar, langosta, con cabaña y hamaca al pie de la playa”, promociona. Como él, otra veintena o treintena de voceadores se pelean cada potencial cliente.

A pesar de las promociones, en la arena no se observa más que una pareja de extranjeros que hallan agradable el clima nublado y el frío.

La temporada baja no solo afecta a los pueblos dedicados al turismo.

Don Roque Villón, pescador de la comuna Libertador Bolívar, aclara que “todos salimos afectados. Nosotros vendemos menos pescado y tenemos que dejarlo más barato, por ejemplo”.

Para poder sobrevivir, desde junio hasta septiembre divide su tiempo entre la faena en el mar y como taxista pirata.

Su jornada se inicia a las 4:00. A esta hora zarpa en su lancha para conseguir la pesca del día. Luego de unas cuatro horas de faena, vuelve, pone su fibra a buen recaudo y sale a recorrer la carretera en su Chevrolet Corsa, color rojo.

“Mi señora se encarga de limpiar y vender el pescado, mientras yo salgo a hacer el resto de la plata para el día”.

Al ser informal, dice que debe ofrecer un mejor precio para que los viajeros acepten. Mientras la tarifa regular para un viaje desde Valdivia hasta Ayangue es de $ 5, él acepta solo $ 3.

En Ayangue, el buceo, la pesca deportiva y la comida son el principal ingreso económico de los comuneros. En temporada alta se pueden apreciar los barcos ir y venir repletos de turistas. Ahora, los botes permanecen anclados en la orilla mientras sus operadores deambulan por la playa tratando de convencer a los contados visitantes.

“Hay días en los que no sale ni un solo tour. Así es esta época; fíjese, los bares permanecen cerrados, los restaurantes solo abren a la hora del almuerzo al igual que las tiendas”, dice José Roca, vendedor de granizados que -sin un rayo de sol en el cielo- augura mala jornada.

Son apenas las 16:00 y, aún con plena luz del día, quienes se dedican al alquiler de carpas empiezan a recoger sus sillas y parasoles.
“Fuera de temporada a las 05:00 de la tarde esto se queda desolado. Por suerte ya falta poco para el mes de julio que empiezan las vacaciones en la Sierra. Ahí vendrá algo más de turistas”, añade.

Al ver al último bañista alejarse de la arena, José mira su reloj y se detiene a observar las nubes por un momento. “Con el cielo así no voy a vender nada”, se lamenta antes de subir derrotado a su triciclo para emprender la partida. (I)

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