El arte quedó plasmado en paredes y en la memoria

04 de julio de 2019 00:00

Cobijada por árboles que dan sombra, el cantar de los pájaros y los rezos que provienen de la misa matutina, está una habitación en cuyas paredes hay plasmado arte: dibujos de mandalas, de árboles, colores que dan vida a ese espacio donde trabajaron pacientes con algún tipo de adicción que se tratan en el Instituto de Neurociencias, en Guayaquil.

En el camino hacia ese lugar sale al paso un hombre de cabello muy corto, contextura gruesa y mediana estatura, viste camiseta azul marino y de su cuello cuelga una credencial. Él se emociona al ver al fotógrafo y le pide que le saque una gráfica.

Esa escena es repetitiva. Él es uno de esos pacientes que, en algunos casos, convirtieron a este establecimiento en su nuevo hogar, no por voluntad propia, sino porque fueron abandonados por sus parientes. Y, en ello trabaja el instituto, en que estas personas sean reinsertadas en su hogar, del cual salieron por algún trastorno mental.

El panorama es rutinario para ellos, pero no para los recién llegados. Allí hay un bar donde propios y extraños degustan cualquier bocadillo. O simplemente están aquellos que prefieren caminar, como recorriendo esa vida pasada que ha vuelto a ser parte de su presente.

Y las tiernas escenas se reavivan en el parque, ese donde están los gigantes árboles. Allí dos pacientes, ya de avanzada edad, miran pasar el tiempo lentamente sentados en una banca. A veces intercambian palabras, a veces solo observan al resto o dejan que sus mentes sigan divagando. Los médicos que por allí transitan los saludan, son bien conocidos y queridos.

Así como son queridos por personas que, voluntariamente y con los debidos permisos y requisitos, acuden cada fin de semana a este instituto para llenar de amor a los que fueron olvidados. A esos que en un momento de lucidez se arreglan para esperar a la familia que nunca llega, a esos que optaron por las manualidades para que su tristeza sea menos dolorosa. (I)

Contenido externo patrocinado