Son las 20:00 de un día de semana cualquiera, tres mujeres vestidas con licras ajustadas caminan, como todas las noches, tomadas de la mano y de forma horizontal sobre la calzada de la ciclorruta, en la vía a la Costa. El ciclista que viene detrás de ellas lleva encendida una luz fuerte y activa el pito pidiendo paso, pues todo el ancho de la ruta (2 m) está ocupado por las mujeres. Nada las conmueve. El grito estruendoso: “permiso”, finalmente las obliga a soltarse las manos, pero despierta la furia de las musas de Botero, quienes no comprenden su abuso y más bien insultan al “malcriado”.
Más adelante, un hombre de cabellos largos y despeinados pasea a dos perros, uno a cada lado y con las correas bloquea la circulación. Nuevamente, el ciclista pita pidiendo permiso y las mascotas son movidas hasta el parterre, donde debieron estar desde el primer momento. El espacio exclusivo para bicicletas, construido en 2014, recorre desde Puerto Hondo hasta Portobello, en la zona urbanizada, en el extremo oeste de Guayaquil; aunque del otro lado de la carretera también hay ciclovía y llega hasta la parroquia rural de Juan Gómez Rendón (Progreso).
De un tiempo para acá, en el espacio exclusivo para bicicletas, al menos en la zona de las urbanizaciones, las bicicletas -valga la redundancia- ya no se ven, su espacio está ocupado por señoras que salen a pasear, por domadores de mascotas, por parejas primerizas que caminan con los coches de sus bebés, por enamorados que expresan su amor en medio de la ruta e incluso por motocicletas repartidoras de productos.
El ciclista avanza. A la altura de la urbanización Portofino, un grupo de al menos 10 personas ocupa toda la calzada, todos esperan un bus, lo pueden hacer fuera de ahí, pero al parecer se sienten más cómodos sobre el carril exclusivo para bicicletas. Nadie se inmuta ante la luz o el pito. Nadie permite el paso. La opción que le queda al ciclista es sacar los pies del pedal y abrirse paso entre la gente. Al llegar a las salidas de la vía a la Costa hacia el carril de servicio, a la altura de Puerto Azul, el deportista se topa con los accesos más peligrosos de toda la ruta.
Aquí pese a que la señalética es clara, ningún conductor respeta la prioridad del ciclista o del peatón. “Así no se puede”, lamenta Rafael, otro ciclista, quien optó por practicar su deporte favorito en el carril de seguridad de la carretera principal, aunque en ese caso los choferes lo consideren a él como el absurdo. (I)
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