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Ecuador/Dom.13/Jun/2021

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Rosalía Arteaga Serrano

Vieja ONU versus nueva ONU

18 de mayo de 2021 00:00

Nadie puede discutir la necesidad de un organismo que aglutine a todas las naciones de la tierra, que sea incluyente, democrático y que evolucione como lo demandan las actuales circunstancias. Cuando las Naciones Unidas emergieron, de entre las cenizas que dejó la segunda guerra mundial, con su secuela de muerte y destrucción, el imperativo era la paz entre los países, evitar una conflagración mundial, que, además, dada la creación y desarrollo de las armas nucleares, podría significar el fin de la especie humana sobre la faz del planeta.

Parecería que ese objetivo se ha cumplido, no hemos tenido una tercera guerra mundial, persisten sin embargo una serie de guerras en diferentes regiones del globo, dramáticas, con su carga de horror, de desplazamientos, de destrucción, de muerte.

Además, como lo estamos viviendo en los actuales momentos, las guerras afectan de diferente manera, tienen rostros diversos, también matan y dejan en la indefensión. Me refiero en primer lugar a la guerra que debemos enfrentar contra el cambio climático, un efecto producido por la desidia de los seres humanos, el afán de consumo desmedido, la poca acción de los gobiernos.

Pero en esta reflexión quiero referirme, para ser consecuentes con lo que ahora mismo ocurre, a la pandemia del coronavirus y en cómo está afectando a las poblaciones mundiales, a los seres humanos de todas las latitudes, de todos los continentes, de todos los países, de todos los rincones de esta esfera terrestre.

Lo que está en peligro es la vida misma, cada ser humano se ha sentido vulnerable, lo que implica que también organizaciones como las Naciones Unidas tienen que estar atentas y hacer frente a estos nuevos desafíos, lo que tiene que ver con la necesidad de atender a estos retos que son a la par que globales también individuales y a los que hay que responder desde el lado de la ciencia, de las políticas locales y nacionales, pero  de igual forma atañen a las globales, a lo que la gobernanza planetaria debe prestar atención.

Se trata entonces de desafiar a la entraña, inclusive a la Carta Constitutiva de las Naciones Unidas, que debe dar un giro de atención hacia lo que es la realidad de las personas, no solo a los retos que implica ayudar a evitar una conflagración  mundial, sino mirar las perspectivas de las personas, mujeres y hombres que hacen parte de la sociedad, que sufren en su intimidad y en sus aspiraciones las constantes amenazas que se desprenden de la expansión de esta pandemia y de las que pueden sobrevenir, de la incapacidad de muchos gobierno de hacerle frente, de aportar con soluciones creativas para generar espacios de tranquilidad, de paz, de seguridad.

El enfoque de las Naciones Unidas debe ser redireccionado; si en sus orígenes fue el estado, ahora es el ser humano, el que se debate entre los imperativos de sistemas agónicos y las demandas de los jóvenes, los millennials, lo que hacen los de la generación Z, frente a lo que hacíamos los calificados como los niños de la postguerra o los baby boomers. El mundo avanza a pasos agigantados, vertiginosos, con las demandas que implica el avance de la robótica, la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la genómica, y si bien pensamos que los valores intrínsecos a la calidad de seres humanos deben preservarse y están contemplados en los derechos humanos de primera, segunda, tercera de cuarta generación, es necesario repensar las actitudes y los sistemas.

Por ello mi propuesta tiene que ver con ese redireccionamiento de la Organización de Naciones Unidas, su renovación, regeneración, ese “reinassance” que es indispensable, si quiere enfrentar con éxito los desafíos del momento y los que sobrevendrán en el futuro. Esa renovación tiene que ver con la focalización de las necesidades del ser humano en el mundo del tercer milenio, sin dejar de pensar en los derechos colectivos, en los de la comunidad que se desprenden del mundo global en el que nos desenvolvemos. La mirada global es necesaria, la que viene de lo local y hasta de los individuos es un imperativo.

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