Un gigante en 125 palabras

- 07 de mayo de 2016 - 00:00

La narrativa, en esta época de vértigo, apela a la brevedad. En este tiempo de 150 caracteres o de Twitter, curiosamente, adoptamos una manera de escribir más anglosajona, lejos de cierto barroco que nos es propicio. Está el cuento famoso de Augusto Monterroso titulado El Dinosaurio: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Como siempre, no hay nada nuevo bajo el Sol. Esta disputa ya estaba presente en el mundo antiguo y ha moldeado a Occidente, desde hace 2.500 años. Así como no hay que unirse a los filisteos, siempre es preciso volver a los griegos. El libro El camino de los griegos, de Edith Hamilton, explica las diferencias que podemos encontrar entre el mundo judeo-cristiano y los helenos. El ejemplo es adecuado porque las dos visiones representan la misma idea.

En el Sermón de la Montaña podemos leer: “Pedid, y se os dará, buscad y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla. Y al que llama se le abrirá”. Ahora veamos cómo expresa Esquilo el mismo pensamiento: “Los hombres buscan a Dios y buscándolo lo encuentran”.

Dice Hamilton: “No se añade una sola palabra. El poeta consideró que esta afirmación, tal como está, era adecuada para la idea, y no sintió ningún deseo de elaborarla ni adornarla”. Julio César fue preciso al dirigirse al Senado romano tras la Batalla de Zela: “Vine, vi, vencí”.

En este sentido, también con esta influencia, está esta frase de Séneca: “Para bien obrar, el que da debe olvidarlo luego y el que recibe, nunca”. Hasta las comas son precisas. Miguel de Cervantes lo decía así: “¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecérselo a otro que al mismo cielo!”.

Estas reflexiones vienen al caso porque, hace tiempos, inicié un proyecto de microleyendas de Ecuador. Obviamente, la tarea es ardua, porque es más difícil escribir un relato mínimo que largarse, tal es la palabra, con descripciones y ripio. Solo he avanzado una, que se llama ‘El gigante y las lagunas’, de Imbabura. Refiere a un mito cosmogónico de los caranquis, señorío étnico que construyó 5.000 tolas y cuyo centro de poder probablemente era el sector de Angochagua, donde hay cerca de 150 tolas, dentro de la hacienda Zuleta.

Junto con los amoríos de las montañas Imbabura y Cotacachi es parte de su génesis, palabra que tiene origen griego. Sin más, la comparto en 125 palabras.

Hace mucho tiempo, antes de la llegada de los hijos del Sol, vivía un gigante. Era tan enorme como su orgullo. Decidió recorrer las lagunas tras su profundidad. Metió su enorme pie en Yahuarcocha, que se llamaba Cochicaranqui, y rió mucho: sus aguas únicamente le llegaban a los talones.

Después fue al Imbacocha o lago San Pablo. Sus carcajadas retumbaron en el aire porque apenas se mojó las piernas.

-Son simples charcos, se dijo, y se recostó en una colina.

Un día, llegó hasta un ojo de agua. Se oyó un grito mientras un remolino lo envolvía. Trató de asirse al Taita Imbabura y fue tanta su fuerza que dejó una inmensa grieta. El gigante nunca supo que la escondida laguna se llamaba el Cunrro. (O)