Sobre el criterio técnico

- 03 de abril de 2019 - 00:00

A quién no le ha pasado, sobre todo en espacios burocráticos, que en determinada discusión, cuando alguien afirma en última instancia que un procedimiento es técnico, o que una decisión ha sido tomada bajo criterios técnicos, parece que, lejos de establecerse los márgenes de la certeza, se establece la clausura de la posibilidad del diálogo. En mi criterio esto ocurre porque, siguiendo a María Teresa Andruetto, todas las relaciones humanas están mediadas por la política, es decir atravesadas por diferencias de poder, y por ende, no hay ningún punto de vista técnico que no responda a una concepción política. Por otro lado, la destrucción de la política en cuanto negociación de diversos criterios epistémicos, se apoya paradójicamente en la imposición del criterio técnico como ideología final de la certeza. Esquema típico en tiempos donde el progreso unidimensional es la bandera de una democracia tecnocrática que abandona el juicio en función del cumplimiento de metas impuestas y absolutamente miopes, que no comprenden lo que significa el pensamiento crítico y no soportan la interrogación. El tema es que nunca se abandona la política y la ideología del criterio técnico en su versión irracional produce la negación del valor de la técnica como herramienta del pensamiento, para erigirla como un aberrado fin último que termina en el fetichismo de lo técnico y el rechazo de la argumentación. Desde esta perspectiva la ideología del criterio técnico es un peligro para la democracia y el ejercicio de la ciudadanía, pero también revela sus profundos límites. Si consideramos que en el mundo científico la idea de verdad absoluta en normalmente cuestionada, pues la ciencia (y lo técnico) apenas se acercan a un momento del conocimiento de la realidad siempre cambiante y condicionada históricamente; es francamente absurdo que la tecnocracia quiera imponer su lógica totalitaria siendo apenas un elemento entre otros para la toma de decisiones apropiadas. Como afirman teóricos, como Cox, existen formas más potentes de organización que decirles a otros lo que tienen que hacer, y eso pasa por interesarse en la palabra del otro, sus saberes y la posibilidad de generar consensos, y así abandonar de una vez por todas esa sensación bestial pero efímera, de poseer la razón gracias a la simple imposición del poder. (O)

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