Pasaporte para un tal Simón

- 30 de agosto de 2018 - 00:00

Patillas largas, pantalón pulcro y chaqueta que otro tiempo debió ser brillante, el joven acaba de llegar del monte Sacro de Roma donde ha hecho una promesa sobre el futuro de estas tierras indómitas, llenas de mosquitos. Lo acompaña un tipo algo viejo, de mirada astuta. Dice llamarse Simón Rodríguez y está algo chiflado por la educación.

Diga su nombre, le espeta el hombre del uniforme gris, mientras le pide el pasaporte con los escudos nebulosos: Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco, exclama el mozuelo sin dejo de aristocracia porque, un poco más allá, lo mira su otro preceptor que también hace fila, Andrés Bello, quien le enseñó bajo los chaparros de las sabanas la profundidad de la condición humana.

Un poco alejado, se encuentra su amigo Antonio José de Sucre, lleva también patillas largas y sus cabellos son ensortijados. Van camino hacia Quito. Qué raro, dice alguien más atrás, al mirar una bandera tricolor que flamea sobre un asta. Sí, que extraño, soñé una bandera así, piensa Francisco de Miranda, que lleva un morral de los llanos de Apure. Cae un poco el sol y la espera es larga. Solo en la memoria están las arepas pepiadas y el lenguaje suave de esa geografía que fue nombrada así porque sus casas con pilotes se les figuraron a los hombres de carabela que se parecía a Venecia.

En el centro de control alguien se ha colado para vender espejos. Se escucha una voz de voces: “Cuando el amor llega así de esta manera / uno no tiene la culpa”. Es el viejo Simón Díaz, con traje blanco y sombrero, acompañado de Soledad Bravo y José Antonio Abreu que saca su violín. Aplaude entusiasmado un joven Rómulo Gallegos. Está también Teresa Carreño que se une a los cánticos y ya quisiera tener su piano. A la distancia, sus otros hermanos se han adelantado por estos parajes que Alexander von Humboldt trazó en sus mapas y que no deberían tener fronteras, como los pájaros. Estas tierras tienen volcanes y ríos prodigiosos donde –como se figuran los viajeros– podrán un día continuar caminando al sol por estos desiertos, con los ojos claros. (O)