Un mito de San Blas de Urcuquí

- 13 de diciembre de 2018 - 00:00

Al caer la tarde, los abuelos del pueblo, tras dejar el arado, cuentan sus antiguas historias. Son leyendas de épocas de brujas voladoras, de procesiones del averno, de duendes traviesos que suelen esconderse en las quebradas para espiar a muchachas de ojos grandes y de cabelleras lustrosas.

San Blas de Urcuquí tiene un parque apacible y, con paciencia, se puede encontrar estos mitos que pueden perderse cualquier día. Es el Ecuador profundo que pocos conocen, porque creen que las luces de oropel de los centros comerciales son los únicos referentes.

En las pequeñas comarcas, el ritual de la palabra aún sobrevive. Esta es una mitología recogida durante varios meses de convivencia. Seré sincero, nunca la había escuchado y está relacionada con el fuego:

El ruido de la acequia parecía perderse en la noche cerrada. Apoyado en un cayado imprevisto, un vecino se abría paso por los surcos. A lo lejos, el viento parecía estrellarse entre las montañas y volverse hacia los pastizales. La neblina caía ocultando las torres de la iglesia.

Al frente, la oscuridad como un presagio. Sin aviso, una ráfaga de luces mínimas pasó por sus ojos. Destellos como grandes luciérnagas. Más de una docena de centellas que se movían vertiginosas, pero que también se detenían para reanudar un vuelo que ora era a ras de suelo, ora por la cabeza del aturdido campesino. Los fuegos, del tamaño de un puño cerrado, ascendieron por el aire. El hombre estaba hipnotizado por esas llamas circulares. Recordó vanamente una historia, pero sus ojos seguían al torbellino de resplandores. Otra vez, el concierto de luces golpeaba al viento. Iban en una hilera magnífica, como si siguieran una ruta. Antes de esfumarse, pasaron tan cerca del espectador que si alargaba su mano habría atrapado una esfera. Al otro día, mientras relataba su experiencia en el poyo de la casa, cerca de la iglesia, un hombre viejo le dijo: eran mechayas. Son como fuegos fatuos. Mecheros de las noches funestas. Al atraparlos -aunque sea a uno- se convierten en saquitos de oro. (O)