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El Telégrafo
Rosalía Arteaga Serrano

Mercaderes del dolor

05 de abril de 2022 - 00:00

Las grandes tragedias humanitarias traen aparejadas secuelas brutales, inimaginables. Así como hay enormes dosis de solidaridad, lo hemos visto en el transcurso de este último mes, como una respuesta a la situación que viven millones de ucranianos sometidos a una guerra absurda, también se empiezan a conocer y a desnudar hechos terribles como la aparición de mafias integradas por delincuentes que se dedican a secuestrar niños y mujeres para traficar con ellos.

 

Aprovechan la indefensión en la que se encuentran las personas que han dejado atrás sus hogares, pululan por los sitios de frontera, se hacen pasar por miembros de organizaciones de voluntarios o personas que trabajan para organismos gubernamentales o internacionales, para engañar a personas angustiadas, sobre todo mujeres solas o con niños, que tratan de someterlos a explotación sexual o laboral, según lo han denunciado autoridades polacas, país por el que cruza el mayor volumen de personas que huyen de la guerra.

 

El drama de la guerra hace que muchas familias ucranianas conduzcan a sus niños y los encaminen hacia la frontera para que crucen el país y obtengan ayuda, sabiendo que la solidaridad del otro lado no se hace esperar, y luego regresan a su país a continuar luchando contra la invasión; esos niños solos, a pesar del cuidado de las autoridades, tienen el riesgo de caer en manos de mafias que los desvían con el pretexto de llevarlos a familias de acogida.

 

Lo que angustia y preocupa es en cómo se aprovecha del dolor de los otros para cometer actos delictivos, en cómo se abusa de la fragilidad de las personas para engañarlas y lucrar en su beneficio; esto nos pone a pensar en la maldad que puede enseñorearse de la actuación humana, y nos subleva frente a situaciones como las descritas.

 

 

El tráfico de personas tiene que ver con varios objetivos que van desde la prostitución, la explotación sexual y laboral, hasta el tráfico de órganos que atenta contra la vida misma de las víctimas.

 

Frente a estas situaciones el remedio es la organización, porque los delincuentes medran en el caos que se produce en este tipo de conflictos y son las autoridades locales las que se ponen al frente para frenar los abusos o detectarlos de inmediato y salvar a las personas que caen víctimas de este infame tipo de delincuencia.

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