Los mechayas de Urcuquí
Por las tardes, mientras recogían el arado, los campesinos me contaban sus antiguos saberes. Había llegado para investigar durante cuatro meses a las famosas brujas voladoras, del triángulo de Mira-Pimampiro-Urcuquí, pero con el tiempo aparecieron otros relatos. Lo más sorprendente de vivir en el lugar sucedió una madrugada. Un lejano rumor, un cántico. Al entreabrir la ventana: el cura del pueblo junto con dos beatas que cargaban a una virgen esbelta.
En el Jueves Santo se observaba a los santos varones y a las vírgenes coloniales, además de los romanos con rostros de capulí y los últimos animeros de Imbabura. Comparto esta leyenda que no la había escuchado nunca:
El ruido de la acequia parecía perderse en la noche cerrada. Apoyado en un cayado imprevisto, un vecino de San Blas de Urcuquí se abría paso por los surcos. A lo lejos, el viento parecía estrellarse entre las montañas y volverse hacia los pastizales.
Al frente, la oscuridad como un presagio. Sin aviso, una ráfaga de luces mínimas pasó por sus ojos. Destellos como grandes luciérnagas. Más de una docena de centellas que se movían vertiginosas, pero que también se detenían para reanudar un vuelo que ora era a ras de suelo, ora por la cabeza del aturdido campesino. Los fuegos, del tamaño de un puño cerrado, ascendieron por el aire. El hombre estaba hipnotizado. Recordó vanamente una historia, pero sus ojos seguían al torbellino de resplandores. Otra vez, el concierto de luces golpeaba al viento. Iban en una hilera magnífica, como si siguieran una ruta. Antes de esfumarse, pasaron tan cerca del espectador que si alargaba su mano habría atrapado una esfera.
Al otro día, mientras relataba su experiencia en el poyo de la casa, cerca de la iglesia, un hombre viejo le dijo: eran mechayas. Son como fuegos fatuos. Mecheros de las noches funestas. Al atraparlos –aunque sea a uno– se convierten en saquitos de oro. (O)
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