María Magdalena en tierra de mandingas

- 20 de septiembre de 2018 - 00:00

El país, siempre, estará en deuda con su memoria. Acaban de morir dos íconos de estas tierras indolentes, signados -hay que decirlo con voz fuerte- por la desidia, que solo sirvieron en muchos casos para la foto de ocasión: Carlos Rubira Infante y María Magdalena Pavón, a quienes los medios tradicionales siempre ignoraron porque no entienden a la cultura popular.

El primero, más reconocido pero nunca lo suficiente, nos legó el amor al terruño, porque una estrella de la fama no es más que una ilusión para los incautos. La otra murió casi en el olvido, a no ser por ese proyecto de sueño que fue Taitas y Mamas.

María Magdalena, declarada como Patrimonio Vivo de Ecuador, junto a sus hermanas Rosa Elena y Gloria, tuvo que padecer cuatro estigmatizaciones: negra, mujer, pobre y de la periferia (nacida en Chalguayacu, en el Valle del Chota). Lo primero, herencia de los jesuitas, quienes trajeron a la fuerza a los esclavos extraídos de África y que tras su expulsión dejaron a los pueblos más pobres del país después de haber tenido 132 haciendas (4 grados geográficos); segundo, mujer que no pudo acceder por el machismo a la Banda Mocha; tercero, pobre como los pueblos afrodescendientes con el añadido del racismo y, por último, no vivió en la metrópoli sino que era de un pequeño poblado encandilado por la ciudad. Pero allí estaba su resistencia: sin instrumentos, María Magdalena imitaba al contrabajo, su hermana a la trompeta y la otra la voz.

Gloria, quien padece de bocio por falta de sal yodada, en la actualidad vende las escasas frutas de su chacra en el mercado de Otavalo, Rosa Elena, como si los jesuitas jamás se hubieran ido, tiene las llaves de la iglesia donde está el santo de la Compañía de Loyola, Francisco Xavier, prepara los bautismos y es curandera, como si los mandingas estuvieran más vivos que nunca. María Magdalena, de 77 años, era partera y depositaria de milenarias sabidurías. Ahora está en la tierra de los ancestros, de los leones y de los tambores de Mama África a quien la humanidad debe tanto, pero casi nunca reconoce. Ahora, llueve en Chalguayacu. (O)