A propósito del lenguaje inclusivo

- 25 de agosto de 2018 - 00:00

Entre los muchos datos que la actualidad imprime en el cuerpo social figura sin duda la cuestión del llamado lenguaje inclusivo. Esto es: las propuestas para que el habla reemplace el uso del universal masculino por vocablos cuyas letras no ignoren la diversidad de respuestas frente al enigma de la relación sexual: vaya como ejemplo el uso del todes en lugar del todos. Desde ya la iniciativa ha cosechado apoyos pero también críticas, algunas propias del carácter retrógrado de los nostálgicos del orden patriarcal, pero otras que merecen toda su atención.

Por caso quienes opinan que el carácter heteróclito, errático e impredecible de la lengua hace imposible la imposición de cambios surgidos de alguna intencionalidad premeditada por más digna que la misma sea: los cambios –dicen– se dan de manera natural.

Argumentos no les faltan, basta recordar la peregrina iniciativa de Gabriel García Márquez: “Jubilemos la ortografía, enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites y pongamos  racionalidad en el uso de los acentos”, propuesta que por atentar contra la bella irregularidad que los siglos depositaron en la lengua mereció todo tipo de críticas, por cierto muy bien fundamentadas.

Sin embargo, quienes dicen que los cambios en la lengua se dan de manera natural olvidan que el reino de lo humano se ha desprendido de la naturaleza precisamente por obra y gracia del lenguaje, esto es: la ley del incesto, ese imperativo moral que al desalojar el instinto hace de la sexualidad una incógnita siempre renuente a soluciones definitivas o roles estereotipados.

Es decir, una voluntad traducida en cuerpos de deseo que violentan el sentido común, desde el seductor e irreverente decir de los poetas hasta los dialectos y modismos que resisten los mandatos de la lengua oficial, para no mencionar las frases lanzadas como si nada que luego el lenguaje adopta. De esta forma, el todes bien puede resultar de una voluntad social y política de larga data.

Basta citar el movimiento femenino de Las Preciosas que en la Francia del siglo XVII acuñaran la expresión “Me falta la palabra”, testimonio de la inconsistencia del lenguaje para alcanzar el real que sin embargo cierne y altera: el enigma de la relación sexual que la rica equivocidad de la lengua atesora a pesar del cinismo de tóxicos discursivos como la posverdad.

El tiempo dirá si el lenguaje inclusivo se muestra apto para acompañar e incidir en los cambios sociales que la decadencia del orden patriarcal provocan, cae en el olvido, o sucumbe como sinónimo del capricho individualista en que “cada uno hace lo que quiere porque el Otro no existe”. (O)

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