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El Telégrafo
Sebastián Endara

La vigencia de la lucha obrera 100 años después de 1922

15 de noviembre de 2022 - 00:00

La masacre de los obreros en Guayaquil de 1922 fue uno de los resultados de un proyecto nacional estatal levantado a espaldas de los intereses del pueblo. Nunca se condenó ese atropello que el poder desprovisto de diálogo y de alternativas, consumó como única respuesta en contra de las y los obreros, muchos de ellos vinculados a las perspectivas anarquistas, que convocaron el primer movimiento huelguístico de masas en la historia del Ecuador.

Pero me interesa destacar que ese movimiento que fue precedido por la auto organización y la auto educación de las y los trabajadores del puerto principal en donde fundaron por ejemplo, el Centro Rosa Luxemburgo, el primer centro de mujeres socialistas en Ecuador ligado a las ideas libertarias, o la Federación Regional de Trabajadores del Ecuador, estructura anarcosindicalista que, tal como dicen los estudiosos, usó la palabra “regional” de manera deliberada, pues la organización que surge en la defensa de derechos y las mejores condiciones de vida, no reconoce ni patrias ni fronteras, y es necesario recalcar y repetir que muchas de las conquistas y beneficios que en la actualidad tenemos como trabajadores, se las debemos a esas luchas del pasado.

La gran mayoría del pueblo ecuatoriano, en la medida que dependemos de nuestro trabajo, pertenecemos a la clase obrera que nos ha legado gestas de valor y dignidad maravillosas, y por ello es necesario refrescar nuestra memoria, cuidar las raíces que constituyen nuestra identidad, más allá de la pervertida acción de la política electorera y el show mediático que ha perdido de vista los horizontes políticos y éticos de la acción humanizadora de la organización social, constituida para alcanzar mejores días.

En este punto es necesario reconocer que el pensamiento realmente progresista ha venido de la mano de la lucha social, y el futuro depende de la conciencia crítica de la situación actual que sigue arrastrando esos problemas estructurales del Ecuador, que tienen que ver con un proyecto de país que no fue ni es inclusivo. Así se vuelve necesario, y hasta imperativo interrumpir el orden inequitativo para permitir el mejoramiento de las condiciones de vida, de seguridad, paz y de respeto a la vida de todos, tal como no lo muestra las lecciones de la historia.

Esa perspectiva genuinamente progresista debe, además, apuntalar la conservación del patrimonio natural y especialmente el cuidado del agua, que es sustento fundamental en la producción y reproducción de la vida.

Con estos y otros elementos surgidos del diálogo se puede construir la igualdad, sin imposiciones sino en liberad, aquella que pertenece al ámbito de la responsabilidad y la conciencia social, y que se construye precisamente en el uso de los espacios públicos y el ejercicio de la palabra, en el reconocimiento de la memoria y en la claridad que dotan las perspectivas plenamente democráticas, donde las personas son el centro y no el capital.

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