La historia y las nuevas memorias

- 13 de octubre de 2018 - 00:00

Imaginar días mejores para la sociedad no solo significa pensar en el futuro, sino -y sobre todo- pensar en crear nuevos pasados. La creación del pasado es un ejercicio de autonomía y de emancipación, en la medida que la configuración del pasado es objeto de una memoria que deviene como producto de una voluntad política explícita que nos indica qué debemos o no debemos recordar.

De ahí que una ruptura epistemológica, una ruptura de los fundamentos del saber, que intente transformar la realidad y su proyección al futuro, pueda emerger legítimamente desde la adecuada gestión del recuerdo.

El pasado, entonces, es más que nunca un objeto de la imaginación que no se reduce a la reconstrucción de los hechos sucedidos, tampoco, para ser preciso, a anticipar su ocurrencia ni como determinismo ni como profecía, sino fundamentalmente a precisar el valor y su importancia para el flujo de un proceso deseado, que no puede estar inspirado sino en la ampliación de las libertades y la emancipación de la dominación.

Memoria e imaginación interrumpen el presente y su esquema planteado por el desarrollo colonial, patriarcal, eurocéntrico, racista, lineal, sin fin ni finalidad, y lo retuercen en una espiral simbólica para cuestionar su monótona obsolescencia e investigar el fundamento de su exigencia y de su racionalidad instrumentalizada y al servicio de la productividad del capital asentada en la explotación de la vida, posponiendo indefinidamente la adquisición de la felicidad -a pesar de que se cuenta con los mecanismos tecnológicos para acercarnos como sociedad a ella-, y se la reemplaza con sucedáneos que aumentan paulatinamente la crudeza de la enajenación, la desconexión, el individualismo y la deshumanización hasta el paroxismo que nos hace pensar que en esta vía, a pesar de su dureza, todo tiempo pasado fue mejor. (O)

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