¿Hay vida después del progresismo latinoamericano? (I)

- 06 de abril de 2016 - 00:00

El progresismo latinoamericano, con sus variantes menos o más radicales, soporta las turbonadas reaccionarias de aquellos grupos sociales decididos al ‘cambio de época’, pero al revés. Hay que considerar las líneas de tensión política, por la izquierda las organizaciones demandantes de ‘profundizaciones’ del acto político para dificultar el retorno al neoliberalismo, tienen el discurso bien aprendido y elocuente, pero sin cuaderno de marear para salir del escenario de tormenta; por la derecha, está listo el Armagedón para barrer todo lo que huela a progresismo. Aquello de la ley del péndulo es perfecto solo en la física y nada que ver en la política, por una razón: necesita un punto fijo, aun si hay desplazamiento del conjunto. O quizás ya colapsó en el intuitivo corazón del electorado esa división clásica entre izquierda y derecha. Este jazzman continuará lecturas y observaciones para confirmar o aplacar la sospecha.

Los efectos sociales de la derrota ya es posible observarlos y cuantificarlos en Argentina, Brasil y Venezuela; la analogía perfecta es ‘como fiera con hambre’ y ni los aliados en el derribo del progresismo en esos países están indemnes, porque la causa es ideológica (o pensamiento político) y se materializa en lo económico, no al revés. Los críticos del progresismo ecuatoriano (no tienen por qué ser opositores) saben que borrar y empezar de nuevo en este tiempo de definiciones no funcionará, porque la narrativa cultural reaccionaria se muestra implacable. Por ahora.

Algunos porqués necesarios y explicativos: inconsistencia político-ideológica del movimiento progresista conductor (algo dice Lenín Moreno en su carta), lo anterior le dio (todavía ahora) un horizonte equívoco de adversarios que nunca lo fueron y más bien se perdieron valiosos aliados; la incompetencia de ciertas autoridades locales del progresismo traslada culpa a toda la geografía política y la contundencia de problemas irresueltos rebajan el valor de los argumentos.

Nuestra activa simpatía con el progresismo latinoamericano se explica con estas líneas de Fernando H. Azcurra y Modesto Emilio Guerrero, en su análisis titulado ‘Revolución o derrota, por qué retroceden los gobiernos progresistas’: “En América Latina de los últimos 15 años, la suma de (esos) cambios logró frenar y contener en términos relativos la expansión del neoliberalismo”. Con esos cambios se cometieron errores, algunos incomprensibles y otros por atolondramiento de algún líder. Una equivocación grave, desde aquello que se entiende por izquierda, es enjuiciar al progresismo como ‘bueno’ o ‘malo’ sin comprender que es un proceso, con tramos defectuosos y otros plausibles. El proceso progresista “permite conocer su naturaleza histórica, transitoria, parte de un momento de condiciones nacionales e internacionales favorables que lo permitieron y de proyectos políticos y líderes que se atrevieron a aprovechar esas condiciones”. (O)

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