Ser felices en época del coronavirus

13 de mayo de 2020 00:00

La pregunta que todos nos hacemos es si es posible hablar de felicidad en épocas de crisis y de rupturas generadas por la peste del coronavirus. El mundo aún se halla atónito, anonadado, sin preguntas ni respuestas. Estamos bloqueados y aún el pesimismo nos invade. Lo primero que pensamos es que en tiempos de crisis no se puede ser feliz.

Aristóteles, en su libro acerca de la ética, confiesa a su hijo Nicómaco, que el fin último de todos nuestros actos debe ser la felicidad, la eudaimonía. Esta, la concibe como vivir y hacer el bien. Pero cómo podemos hacerlo, diría la mayoría, en una época en que el mundo “se cayó”. Se derrumbaron los modos de pensamiento, la economía, las relaciones familiares, la organización del tiempo, la percepción del espacio y nuestra propia re-presentación como seres sociales y políticos. La reflexión acerca de la felicidad, aparecería como inocua y extemporánea.

Woody Allen, en su película Medianoche en París, en una de las escenas, relata el viaje junto a Hemingway, buscando en el pasado la felicidad. Pese al humor negro que caracteriza al cineasta neoyorquino, judío y psicoanalista, encuentra que todo pasado siempre fue peor. Abriéndose una ventana hacia el optimismo, encuentra que el futuro siempre será mejor.

Por ejemplo, las universidades deberán replantearse su visión y misión institucionales. Las carreras, profesiones y sus aptitudes y destrezas deberán revisar su estructura fundada por la revolución industrial y que hasta ahora no  ha sido evaluada ni redimensionada.

De igual manera, los modos de producción se verán redireccionados a fuerza de las circunstancias. El trabajo deberá ser instaurado sobre nuevas formas colaborativas y cooperativas por sobre aquellas fundadas en la competencia salvaje.

Para que el futuro sea mejor y seamos optimistas, deberemos adaptarnos al cambio y renunciar al rescate del modo de vida hasta ayer vigente. Deberemos someter a la duda todo aquello que le dimos por obvio y evidente.

Estamos frente a una segunda ola del Renacimiento que desplazará a la opinión establecida como verdad última y única. Todos los dogmas se han caído y no se buscarán crear nuevos dogmatismos. Para ser felices en épocas del coronavirus, nos toca iniciar un camino largo de reaprender lo aprendido. (O)

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